miércoles, 28 de marzo de 2012

PONENCIA XAVIER OQUENDO

La poética de una generación de mujeres que escriben poesía:
De Ileana Espinel a Catalina Sojos

Por Xavier Oquendo Troncoso

Dieciocho años separan a Ileana Espinel de Catalina Sojos, según sus nacimientos. La primera nació en 1933, y es, sin lugar a dudas, uno de los cánones poéticos en la poesía escrita por mujeres en el Ecuador. Catalina Sojos, nacida en 1951, ha concebido uno de los discursos poéticos más consolidados y logrados de los últimos años.

Los dos nombres son los límites generacionales de este trabajo sobre la poética de mujeres. Entre Ileana y Catalina hay una generación completa y bien diferenciada (Espinel publica su primer libro en 1957; Sojos lo hace en 1989: treinta y dos años después). Dentro de este período de tiempo, existen algunas obras importantes, fuera de estos dos nombres.

Debo aclarar que solo me referiré a mujeres que han escrito poesía, y al referirme a ellas, lo haré como poetas. Sin llamarlas, en buen castellano: poetisas, debido a que la palabra siempre me ha sonado despectiva y anacrónica.

Para entender la poética de Ileana Espinel, debo acercarme a la figura de Aurora Estrada y Ayala, poeta nacida en Guayaquil, en 1901 y fallecida en 1967. Sin duda alguna ella es el referente ineludible de las poetas que comenzarán a escribir en los años 50 y 60. Estrada es considerada una voz femenina renovada que emerge de lo inédito del postmodernismo con un discurso total. Atrás se queda Dolores Veintimilla y esos poquísimos poemas poblados del polvo de un camino romántico. Aurora es una de las precursoras de un lenguaje poético rico en novedades y de impecable lenguaje figurado:

Es como un joven de la selva fragante
/.../
en su carne morena se adivina pujante
de fuerza y de alegría un mágico venero

Por entre los andrajos su recio pecho miro:
tiene labios hambrientos y brazos musculosos...
(El hombre que pasa)

Hay en su poesía una gran influencia descriptiva, extraída de la figura continental de Alfonsina Storni (Suiza-Argentina, 1892-1938). La poeta consiguió destapar de contado el verbo real de su canto lírico y desembocar en un dibujo de hombre antilírico y erótico.

Las voces de Escudero, Carrera Andrade, Gangotena, Mayo y Zambrano forman una suerte de conexión generacional con Aurora Estrada, poeta tan relegada como querida. Sus libros, que deberían reeditarse con suma urgencia, para medir su peso dentro del canon, son muestras de un finísimo lirismo en donde se comienza a ver el gesto vanguardista del discurso: Ella vendría a ser la primera en despedazar el poema de “cardos y malvas”. La primera en “Torcerle el cuello al cisne”.

Estrada dio cimiento a un nuevo discurso, más directo, menos abigarrado, con más audacia, con desenfado, consiguiendo una nueva poética, que era visualizada, peligrosamente, por las fauces de un postmodernismo trasnochado, que no acababa de acabarse, y que su enorme halo conservador y afrancesado, se quedó en el aire del lenguaje figurado. Aurora, entonces, era el camino.
La poeta Sara Vanegas enfrenta a la poesía de Aurora Estrada así:


…rica, profunda, existencial… nos da una poesía de la sensualidad, cuyo máximo referente es el amor, en una suerte de panerotismo (influida seguramente por la obra de Delmira Agustini). Sus mejores textos son justamente los amorosos y eróticos, en los que alcanza intensidades muy grandes, logrando así convencernos y encantarnos. La poesía de Aurora es más bien recatada, leve, plena en evocaciones y sugerencias y por lo tanto menos concreta, menos lúdica…

ILEANA ESPINEL (Guayaquil, 1933-2001) publicó Club 7 –coautora- (1954), Piezas líricas (Guayaquil, 1957), La estatua luminosa y Poemas escogidos (Caracas, 1959), Triángulo -coautora- (Guayaquil, 1960), Arpa salobre (Caracas, 1966), Generación huracanada -coautora- (Guayaquil, 1969), Diríase que canto (Guayaquil, 1969), Tan solo trece (Guayaquil, 1972), Poemas escogidos (Guayaquil, 1978), y, Solo la isla (Quito, 1995).
Seguidora en estirpe poética de Doña Aurora Estrada y Ayala, Ileana, en su ciudad, dejó, para las generaciones posteriores, un trazo de finísima poesía, recuperada por Sonia Manzano, Maritza Cino y Carmen Váscones.
En Junio del año 2000 se publicó en España su “Breve Antología” (Alandar, Cuadernos de poesía No. 12, Barcelona), preparada por el poeta español Francisco Lucio, quien en el prólogo que encabeza dicho libro dice:
…antes de su aparición (de la de Ileana) apenas podía el Ecuador presentar más nombre de importancia, entre las mujeres poetas, que el de la posmodernista Aurora Estrada, después de la revelación de Ileana Espinel, aunque no sea tanto por la vía de la influencia directa cuando por la del ejemplo poético; es decir por la vía de la ejemplar dedicación a la creación de una obra poética del más alto rigor…
Fue Lucio quien puso a relucir la figura poética de este mito de las letras: templado y parco. En la antología figuran sus más conocidas “piezas líricas”, aquellas que se dejan leer a pulso y a las que el poeta brasileño Carlos Drummond de Andrade se referiría como una alta y emocionante revelación de poesía.
Ileana escribió poco, siempre cuidó el verso, como si se tratara de una escultura de cristal, en la que hay que pulir y pulir hasta conseguir el brillo perpetuo. Sus poemas (consonánticos y estróficos) son de la mejor factura lírica que ha dado el Ecuador en este siglo, en la voz femenina. Espinel siempre fue muy exigente con su producción. Su verso es figura de la síntesis, un rasgo que muy pocos poetas lo han conseguido. Su precisa versificación se reparte en las catorce líneas del "mimado" soneto clásico. Pocos poetas contemporáneos han sabido dominar lo estrófico y la consonancia, frente a la vanguardia. Espinel maneja una imagen severa que desemboca en la ternura (hermosísimas antítesis que han sido las formadoras de su estilo). La tenaz ironía y el sarcasmo, que sacude al lector de sus versos, deja un sabor a nostalgia feliz.
El ritmo en la poética de Espinel es, primeramente, inconfundible. Después, cadencioso, y aunque tiene algún desvío hacia figuras románticas y anacrónicas, esas formas, también, son símbolos de su ironía y, por lo tanto, recursos de firmeza en su palabra.
Las contradicciones (paradojas de patética suavidad) se exponen en versos de impacto:

Podría ser la luz, mas es tan solo
el madero que flota del naufragio
(Imagen del amor).

Ella es firme ante las formas clásicas y el discurso vanguardista. He aquí un terceto endecasílabo que dibuja lo expuesto:



La soledad del árbol sin ramaje,
la del viento que sopla en el paisaje
donde concluye la ilusión de todo.
(La soledad postrera)

Pero su mayor importancia dentro de la lírica nacional no es solamente por sus aportes significativos a la renovación del verso clásico, sino por una extraña temática que se dejó ver en sus más logrados poemas: La poesía de la enfermedad. Y esta es una poética novedosa en nuestra lírica. En estos textos, la voz poética está enferma, siente agonía, y entonces la muerte prematura es el seguro camino. Esta poesía hipocondríaca nos conduce al recurrente tema de la soledad. La de Ileana es una poética muy personal. Considero que su poesía necesita ser reconocida en su exacto valor. Los poemas más extraños y más íntimos de su obra, son aquellos en donde se hace alusión a la medicina que la voz poética canta como si fuera una musa o un cisne modernista.
El soneto “Valium 10” termina diciendo:

¡Ah, pequeña pastilla milagrosa
Que levantas mis nervios de su fosa
Con un responso de dopada fiesta!

O su originalísimo poema “Dislate con pastillas”, que es uno de sus “clásicos”, dice:

Pertranquil
Esencial
Pankreoflat
Flaminón
Peridex
Baralgina
Tioctán
Persantín
Buscopax
Ingapirina
Mosaico adocenado
Del templo drogadicto
Que oficia diariamente
En mis entrañas
(todo para que el hígado
El insomnio los nervios
El músculo cardíaco
Los dedos que hormiguean
Retracen los relojes
Que marcan sin remedio
El infallable paso vencedor de la muerte).
La lírica de Ileana siempre fue grandilocuente. Una lírica que empezó despidiéndose. Volviéndose eco de la muerte en carne viva. En viva imagen. Los motivos poéticos cambian en ella. Hay veces que su poética regresa a ver el camino común de la poesía social, y entonces, aunque tratando de huir del fácil cartel, cae en él, y cae con razón, porque la época lo ameritaba (y lo sigue ameritando aún). Aunque esa poesía se entierre en el olvido, la poesía de Ileana es una novedad, cuando, con esa chispa de humor corrosivo y negro, con esa ironía punzante de fauces desgarradoras, extrae enormes zarpazos de estupenda lírica humorística, que se enlaza con tristísimos versos, en donde se deja ver la preocupación del oficio y de la época. El poema “El practicismo práctico” se enmarca dentro de este sendero brillante que aún no se descubre a cabalidad en Espinel:



El practicismo práctico sugiere que me case
con un buen comerciante
/.../

Mi madre de mi alma
está de acuerdo en esto.
Y lo mismo mi abuela,
mi tía,
mi cuñado,
mis dos lindos hermanos
y todos los amigos de mi querida gente...

De la raíz más honda del practicismo, brota:
"Ileana, un comerciante... ¡Un comerciante, Ileana!".
Pero Ileana,
la tonta,
la lírica,
la loca
se casa
-si se casa-
con un poeta pobre.

De enorme visión crítica, y gran lectora de poesía hasta el día en que murió, Espinel siempre desarrollo una poética de las cosas. Diría más bien de los hechos que tienen que ver con la vida, pero con lo ideal de la vida.
Su poema “balance mortal”, un texto con sórdidas imágenes que expelen como figuras patéticas de indudable calidad, se dejan leer en este texto:

Alma y carne gimiendo
un féretro esperando
a veces sin almuerzo otras veces sin cena
para honor de la glándula que engorda mi osamenta
tres litros diarios de agua de boldo para el mal
que detiene mis pasos
que siembra mi antológica mi suave piel nevada
de verdes rosas lívidas

Contemporánea a Ileana Espinel fue Saranelly de Lamas, que nació en Riobamba en 1933 y falleció en 1992. Publicó tres poemarios: “Revenat” (1961), “Orfeo y otros cantos” (1971) y “Crónicas para un lugar desconocido” (1982). Su poética es cosmopolita. No hay reverencia postiza hacia nada. La ruptura a lo establecido es una posición un tanto recurrente frente a un verso muy sostenido y de intenso vuelo poético.
Hernán Rodríguez Castelo reconoce, en esta autora prácticamente desconocida, que el poema “Soliloquio” es un texto de un “intenso y alto lirismo”. Y Rodrigo Pesantez Rodas, al referirse al mismo poema comentado por Rodríguez, afirma que:

“Soliloquio” es uno de los más perfectos poemas escritos por mano y alma de mujer en todo lo ancho y largo de nuestro proceso literario… Poema antológico de nuestra lengua castellana.

A continuación fragmentaré dicho poema para que el mismo se deje notar en su continente lírico.

Eurídice de Orfeo siempreviuda,
Ya sin carnal investidura.
Como al principio del principio,
Sola.


- Descárname, tú, mi siempreamado;
Revélame rescoldos por estrellas,
Que por no ver tu sola lágrima
Todo lo entregaré, todo lo cedo:
El beso, la espiga y el camino.

Concédeme el pañuelo de tus manos,
Cáliz mío de greda,
Para enjugar el llanto que no miras
Por este otoño sin hojas y sin ramas;
Que hasta el viento
Se ha marchado con las cuencas vacías…

Luego de esta poética de ruptura y novedad, hacía falta alguien que sirva de puente y conexión para las nuevas formas (y tal vez, para los mismos temas). Con Ileana Espinel se ha demostrado que los temas convencionales pueden ser rotos a favor de una nueva voz. Y esto se dio, y con creces, con la poesía de Ana María Iza y Violeta Luna.

Eran los años 60. Época de definiciones. De grandes cambios y hechos que conmueven. Los artistas y la política se unen -por lo tanto se sacrifica una de las dos-. La revolución cubana, Mayo del 68, Fidel-el Che-Camilo, las paredes pintadas de poesía, los Beatles-Jon Lennon-"yesterday", el bolero, el amor libre, la utopía en la puerta de la historia, los sucesos en cadena. Chile-Allende-Neruda. La Rusia y la USA en busca de la despolarización. Tiempo para escribir con pasión enfermiza. Tiempo para ganar, para sonreír, para llorar... para perder, para volver al poema.

En este camino generacional, es digno mencionar a Argentina Chiriboga (Esmeraldas, 1940), poeta y novelista, que publica en 1992, "La contraportada del deseo", un libro con mucho de interesante en el tema erótico, ya que la poeta retoma la magia y misticidad del pueblo negro, y los recrea en la poesía, creando atmósferas variables de gran ritmo:

En puntillas llego
a la hamaca de los sueños
donde Changó
te diluye en deseos.
En este territorio
de quietud
registro
tu enmarañada selva
abierta para el tacto...

Ha publicado también “Con su misma voz” y “Capitanas de la historia”, pero su mítica poesía con ritmo y figura de la negritud se ha ido de su poética.

Sin ninguna duda, los dos nombres de mujeres que pesan en la generación de los 60 son Ana María Iza y Violeta Luna.
Ana María, nace en Quito, en 1941, publica a los 20 años su primer libro: “Pedazo de nada” (Quito, 1961), al que le siguen “Los cajones del insomnio” (Quito, 1967), “Puertas inútiles” (Quito, 1968), “Heredarás el viento” (Quito, 1974), “Fiel al humo” (Quito, 1986), “Reflejo del sol sobre las piedras” (Quito, 1987), “Herrumbre persistente” (Quito, 1995), y “Papeles asustados” (Guayaquil, 2005). De su poesía, asombra, en primer término, el ritmo que tienen sus versos.
La poesía de Ana María Iza es dolorosa, pero ella sabe cuando la vida le juega con el dardo delicioso de lo irónico. Pocos poetas como Ana María, para manejar ironías delicadas, punzantes y antagónicas. Este texto de su último libro lo confirma:


Acompaña a la mosca la pata.
A la estrella otra estrella.
Al hueco lo redondo.
A la teja otra teja.

A la taza la oreja.
A la oreja el zarcillo.
A la cama la almohada
Y si ya no hay almohada,
Un sueño sin camisa.

A la lengua el lenguaje
Al pasaje el turista
A la dicha lo alegre.
A mí,
La gota de agua
Que se escapa del grifo.

Ana María es poeta autobiográfica. Nos demuestra con sus versos una existencia al modo vallejiano, con duras cuestas y un amor atormentado. Su lenguaje es anticríptico y concreto, directo e irónico, mordaz y descarnado, bello y feísta al mismo tiempo.

Sus dos últimos libros: Herrumbres persistentes y Papeles asustados han variado de su primera poética que sufren transformaciones:
Entre sus nuevas claves de estilo y de temática, están:
- La convocatoria pertinente y repetitiva a sus héroes o agresores, presentes en sus poemas, a los que ama u odia, a los que compara y discrimina, a los amigos o enemigos de su temperamental postura de poeta: Por sus poemas desfilan figuras como Dalí, Claudia Schiffer, Calígula, Tongolele, Napoleón, Carreño, Mozart, Sócrates, Jim Morrison, Dick Turpin, Nefertiti, Cleopatra, Liz Taylor, Afrodita, Dulcinea, Amstrong, Sinatra, Robinson, Hitler, Nerón, Atila, Sade, son parte del verso de Iza. De ellos nace una suerte de discurso transtextual que se adentra en su poética renovada.
- Las ironías y contraposiciones paradójicas, que a lo largo del texto van convergiendo con lo irónico del mundo, del paisaje, o de la voz poética, destruyendo así, bellamente, la sintaxis convencional. Dice, por ejemplo:
* Pobre pobra
* Larvas larvisísimas
* Mi-au mi ausencia
- Alteraciones fonéticas con palabras de una misma raíz con distintos prefijos y sufijos, para diferenciar significados:
* Que tigre/ la tigresa colgante de la nada/ Redoma redomada calcinada en los ejes
* Un pedazo de casa anotó en una hogaza
* Mella contra la armella/ la mella de sus medallas
* Segundo seguidos por seguidillas
* Ataca la toca
- Los morfemas rítmicos, que terminan en sufijos iguales o parecidos, y que son extensiones de un morfema principal, que dan mayor ritmo y fuerza al texto -una de las claves vallejianas, aquella de "Mi burro peruano del Perú"- (Si bien es cierto en muchos poemas se pierde el ritmo interno, por la gran cantidad de sonidos cacofónicos que alteran el curso del poema:
* Aldea aledaña
* vagabundo y buganvilla
- El parafraseo irónico y vulgar, para acabar de construir la gran ironización versada, con la técnica de los "lugares comunes":
* Si mi negrito viviera otro gallo me cantara
- Las palabras homónimas y el juego de significaciones expuestas unas tras de otras:
* la piel de la nutria sus encantos/ nutría
* Si un nombre sin nombre
* La caprichosa sintaxis, que le ha vuelto cambiante en su estilo de puntuación, con las palabras sueltas, como abordando un concepto sin explicativos, sino solamente la imagen como conceptualización:
Por ripio corazón espejos
* Bellas imágenes no han dejado de hacer presencia en su poética:
• El arco sobre el iris de la playa
• La montaña en sombra desteñida
• Cuelgan paisajes azules/ los ojos de las montañas
• Entablando conversación/ con las tablas/ los huecos de las polillas/ escuchan mejor que las palabras
• Metáforas del sol los alcatraces/ sobre el papel mojado del océano
* Sus poemas son piezas sueltas de un libro total, es decir, Ana María Iza no trabaja a los poemas como partes de un andamio, para la construcción de un poema libro, si no más bien, que sus textos se dejan ver como figuras indivisibles.
Su poética ha tocado todos los temas que se han vislumbrado en la contemporaneidad, por ejemplo:
• la poética de su poética:
Cae sobre la máquina la cabeza del sueño
No te rindas! le grito
Un verso nacerá esta madrugada;
• Su obsesionado amor por el mar:
El Comunicador Social insiste:
-Por qué tanto mar en sus poemas...?

Y es tan intensa la sal que su pregunta
se volvió estatua
y mi respuesta estrella.
• El pasado como una poética punzante:
Pájaros carpinteros mis hermanos
construyeron panales
de agujeros
/.../
Mamá... Dónde está el Paco...?
No hizo los deberes

Donde estamos todos...

Para qué nos brillamos
hasta sangrar los dientes...!
• Y el discurso de una existencia dura y de un doliente amor que aún sangra:
Porque soy heredera de la nieve
y el frío,
aprendí a hacer hogueras
frotando mi corazón contra las piedras.

El humor también ha sido incorporado a su discurso. Un humor corrosivo, a prueba de imágenes cursis o varadas en el tiempo, se dejan ver poemas socarrones, divertidos y terribles, como este:

A una escuela de monjas me enviaron,
como un papel en blanco dentro de un delantal.
Allí me enseñaron las primeras mentiras
y un deseo infinito de sentarme a llorar.

El abecedario era sencillo,
del tamaño de una hormiga era la a,
pero yo la hallaba difícil,
porque la monja era una letra
que no me entraba.

No encajaba en mis sueños,
me sabía a dentífrico,
más que una monja me parecía un cirio,
un gnomo,
una madrastra,
una araña,
un suplicio...
(Agrias mariposas)

O este otro, donde ella es el asunto de su burla:

Yo
chofer de land rovers
y de coches de bebés.

Ex-violín,
media nylon
con los puntos idos
para siempre.

Yo jaque mate
de mi propia partida de ajedrez (...)

Yo
incapaz de sentarme encima de una rosa
me arrepiento en el alma
no haber aprendido corte
y confección.

Cabe entonces recordar lo que dijo el poeta Miguel Ángel Zambrano, en 1961, sobre su poesía:
Ana María Iza habla espontánea y sencillamente sin rebuscamientos ni complicaciones. Sí, en realidad, dice lo que le viene en gana y lo dice con soltura, sonriendo, con cierta picardía sutil, como quien no dice nada y sabe que está diciendo cosas preciosísimas.

En la Antología norteamericana “Entre el silencio de las voces” de Alicia Caviedes Fink & Ted Maier se encuentra antologada la poeta Ruth Bazante Chiriboga. Considero que los poemas escogidos en dicho libro son los que dibujan, efectivamente, su poética. Bazante siempre ha trabajado una poesía desde la conciencia social, pero no ha conseguido frutos lo suficientemente libres del cartelismo para tener una real significación en la poesía escrita por mujeres. Sin embargo, en dicha antología, se han escogido poemas de finísimo y deslumbrante erotismo.
Dichos poemas son, efectivamente, el camino de la poética de Bazante, en donde la gran carga lírica se expresa en una voz poética sumergida en el amor y en el cuerpo poseído por el instinto y, más que nada, por las palabras que dejan caer sendas cascadas conceptuales que revitalizan a esta voz que no ha sido reconocida en su poética de verdadero erotismo:




Ah, Vulcano mío bestia mía herrero mío
Toma mis vertientes mis llanuras de amor;
Bébeme, absórbeme, cólmame, sucúmbeme;
Labra con tu fuego la canción infinita
Que eternice la vida deshojando el minuto.
Cúrvate en mí, viérteme tu color vibrante,
Llena mi cesta con tus frutos maduros,
Busca en mi cuerpo la hondura del agua,
Estállame las venas en ardientes luceros.
Ah, varón infinito que mi ansiedad socavas,
Me empujas a extrañarte desde siempre,
A desatar mis nudos que atan mis vertientes,
A quebrarme amorosa en tus planicies.
(Vulcano mío)

Sus libros “Grito dentro, grito fuera” (1987) y “El manual de las cicatrices” (1988), fueron aplaudidos por Hernán Rodríguez Castelo, como trabajos de gran valor en nuestra lírica.

A Violeta Luna le distingue la simplicidad. Aquella simplicidad que Borges gritaba desde su Arte poética, en la que, como un eco templado de Heráclito, solo quiere mirar el río, y quiere ver todas las aguas que cambian. Nada más. Con ello ya se ha hecho el milagro de la poesía. Esto es la complejidad de lo simple. Y para llegar a ello uno debe exigirse paciencia y humildad.

Nacida en Guayaquil en 1943, su niñez y adolescencia vivió en los fríos parajes del mágico San Gabriel en la provincia del Carchi.

Algo digno de admiración en esta poesía, es la forma de enfrentar a las palabras. Violeta Luna (como muy pocos poetas) abastece a su poesía, sin regañadientes, con la pureza de nuestro idioma. No ha recurrido en ningún momento de su sendero poético a neologismos noveleros o a onomatopeyas imprecisas. Es una poesía impecablemente castellana. No ha dislocado al lenguaje ni ha trastrocado su original postura.

Su estilo personalísimo ha tocado el punto de la metáfora hasta volverlo uso común. Estamos frente a una poética de las cosas, de las formas y de los sentidos. En esta poesía la voz poética deja de ser y pasa a ser otra forma, otros hechos, otras figuras. Ser otro u otra, como escribió el monstruo de Rimbaud cuando se dio cuenta que su yo no era el preciso. Él era otra forma de vida, en sí mismo. Así, la poesía de Violeta Luna se vuelve una encrucijada. Un crucigrama entre el cuerpo y el alma:

Fui luz siendo tiniebla,
campana siendo golpe,
durazno siendo espina.
/.../
Un día sin ser yo fui todo aquello.
Ahora soy yo misma y en tu vida
no puedo ser ni el agua ni el pescado.

El humilde oficio del poema. El solitario mundo del poeta y ese desagradecido mundo que tiene a su alrededor, es otra preocupación de Violeta. Este oficio de la escritura se vuelve oficio inútil, pero intenso, con el que se debe luchar contra las fauces monstruosas de lo light y lo manido, con el toro cachudo del lugar común, con el aire que es sabido y consabido, con la vida que nos lanza hacia lo cotidiano y sórdidamente real.
En el poema Un disparate noble, se deja ver su preocupación:


La poesía, amigos,
es un trabajo duro,
más duro que sembrar albaricoques,
más duro que clavar una bisagra,
más duro que hacer suelas,
más duro que hacer panes.
Por eso si escribo garabatos
y en esos garabatos hay verdades,
no crean que deliro
ni que bebí ginebra.
La poesía, amigos,
es la mejor tarea...

En el poemario Con el sol me cubro, Violeta Luna quiere reafirmar su condición de mujer no ciudadana, de indocumentada sumergida en el ambiente andino, en donde su voz persigue las figuras del páramo y la campiña, siempre florecida y recta en sus imágenes. Lo dice literalmente Conozco más que nadie este paisaje. Y se nota que no es amenaza su sentencia, porque la poeta se reafirma en su condición de buscadora del tesoro de la tierra, del campo, diciendo que Yo solo puedo hablar de mi paisaje/ de mi esperanza tonta.

El antiurbanismo, en esta poesía, se intensifica en Memoria del Humo, tal vez, el más ambicioso y memorable trabajo de su empresa poética. En él se identifica claramente este eje transversal de su palabra. Una voz madura que se come el paisaje en dentelladas de luz y de misterio y que juega con el lector a encontrar espacios en ese halo de vida que es el recuerdo de las atmósferas primeras, en donde fue niña, y fue terriblemente feliz. Felicidad que ya no vuelve a ver más que en las hojas, en las flores, en la fragancia y en los aromas de aquellos tiempos que han quedado en el almanaque de la niñez, dibujada en un paisaje enorme, infinito, al que se regresa solamente cuando el frío del amor demanda con sus garras.

El trigo me recibe como hermano,
la hierba como hermana,
y el polvo de la tarde con más polvo.

Esta poesía busca y se refugia en el pasado, en donde ya no se mueve nada más que los recuerdos que salen a invadir el corazón de la poeta como un rocío matutino que embellece el paisaje del páramo. La voz poética que habita estos versos quiere encontrar en el pasado las respuestas totales de la vida presente y del incierto y no esclarecido futuro, en donde no hay una niña que juega en la campiña (Llegar a la niñez de chocolate,/ al tronco donde escriben las abejas); una niña que mira en las cosas el hogar feliz, donde era más suave vivir ( Ayer todo era bueno./ La vida era barata como el agua./ No había atentados a la luna/ ni ruines negociados con la tierra./ Ayer era distinto…”); donde no había más requisito para entrar al mundo y ser feliz (Rebusco el sol de entonces,/ mi mundo de cartón, de cera y agua/ en donde Superman me confortaba/ y un cuervo me llevaba hacia Mandrake…).

Enrique Ojeda en su estudio sobre la Obra crítica y poesía de Violeta Luna dice que

hay algo muy original en la poesía de Violeta Luna y es el uso, efectivo como valor lírico, de los elementos del folklore nacional. No son muy numerosos los casos pero consiguen un notable impacto poético porque casi todos son rememoraciones tocadas de nostalgia de su propia infancia o, cuando menos, de costumbres que han ido desapareciendo.

El amor le duele a Violeta. Su mejor poesía está amparada en el amor doloroso, en ese dulce y diáfano amor que se vuelve punzada tenaz en el cuerpo y en el alma; así, como los versos dolientes de Alexandre o las delicias tormentosas de la Pizarnik. En Violeta se aposenta ese fulgor descollante de la soledad bárbara de Olga Orozco y la reflexión sobre el amor paciente que no llega, que no se deja ver desde una ventana por donde Emily Dickenson miró pasar por las veredas el dolor de sentirse mujer y no sentirse amada; y no ser el mundo, aunque el mundo se le caiga encima.
Violeta y el amor tienen una guerra constante. Y el amor es una constante guerra en esta poesía en donde uno vibra, mientras la voz poética se diluye en taleguitas de amor: Ahora es el amor un punto negro/ debajo de un renglón escrito en blanco.

Su mejor poesía, la más intensa e impecable, está escrita bajo este continente subyugante del amor que duele, de la cicatriz que sangra:

Las uvas son más uvas en la rama,
el pan es más seguro en la mazorca,
los ojos miran más en cada sombra
y el amor es más amor en lo imposible.

La otra cara de esta moneda de amor se halla en el poema Los tiempos jubilosos de su poemario Las puertas de la hierba con una serie de poemas del amor gozoso. En nuevo territorio (Seattle) y con un nuevo formato, la poeta se lanza a pescar nuevas impresiones.
Curiosamente nacen, en esta etapa, poemas alegres y vitales: Y estoy alegre/ porque al final vencimos al invierno. Ha encontrado un rumbo distinto para afrontarlo en su discurso. Hoy vienes a mi alma/ para vivir allí/ como en tu propia casa dice esta voz distinta que se ha contentado y que ya no busca tanto las imágenes brillantes, sino, más bien, un límpido discurso de amor: Y aunque la piel se gaste/ yo quiero retenerte. Las escenas de amor de este poema brillan por directas: Qué pasa con nosotros/ que no podemos irnos de nosotros, llegando, inclusive, a la diáfana intención erótica en donde el paisaje y el lenguaje se desnudan en una poesía pura:

Con esta luna nuestra
se vuelve cada noche una cascada.
Con ella se iluminan mis renglones,
mis rosas de madera,
mis pájaros de nylon.

Sin embargo, el amor de Los tiempos jubilosos se consuma en el desarraigo. En el poema se deja notar que ese amor crece en otro espacio (Seattle), en donde ya no está el sabor de la patria amada, de la patria conocida, de la patria sentida desde niña:

Yo busco en estas calles
las huellas escondidas de mi gente,
esa perfecta línea de mi tierra...

Tal vez, la clave principal de su poesía esté en sus imágenes. Pocas veces, en una obra poética escrita en nuestro país, he hallado imágenes tan sorprendentes. Su poesía está poblada de luminosas frases poéticas, en donde las cosas dejan de ser las cosas y pasan a materializarse en la lengua hasta grados de absoluta sublimidad estética.

Tal vez
debajo del somié que compartimos
se harían el amor las telarañas

Mirar en las ortigas
la blanca menstruación de la mañana


Mi pelo parecía
un caballo de miel en la mañana

La carrera poética de Violeta Luna es una de las más parejas y consistentes de la literatura. No ha habido un profundo desmayo ni un decaimiento en sus labores. Posiblemente el aire (1970), Ayer me llamaba primavera (1973) y La sortija de la lluvia son cuadernos repletos de poemas de amor doliente, decorados con ese bucolismo de pastor posmoderno. A lo largo de estos poemarios el ritmo interno de la poeta se va condensando hasta que se fija en un verdadero canto. Corazón acróbata (1984), un poemario triste pero firme dentro de la vanguardia generacional. Memoria del humo (1987) es, sin duda, su libro capital, donde el amor, la niñez y los recuerdos se encuentran.

Victoria Tobar es una poeta sumergida en el provincianismo y es otra pieza fundamental de la poesía escrita por mujeres. Nacida en Ambato en 1943, su poesía fue publicada en los años 80. Sus libros son Y de repente (1983), De victorias y derrotas (1991) y Palabra cómplice (1995). Una suerte de recopilación antología hizo la editorial Paradiso en 1997, con su libro La rosa, la victoria y viceversa. La selección y el estudio introductorio fue realizada por el poeta cubano Alejandro Querejeta.

Su poesía es absolutamente desacralizadora y de ruptura. Su obra ha tejido textos que llegan a ser incluso ingenuamente inteligentes, surcando por el mismo camino por el que Picasso llegó a concebir la verdadera poética de su pintura: la niñez y el juego. En sus versos se vinculan el juego informal y la palabra que puede resultar antipoética, ¿recurso limitado o una suerte fortuita?
Las poetas nombradas y, sobretodo, Victoria Tobar son conceptuales absolutas en su discurso. Hay en los poemas de esta ambateña algo que decir, algo que suena, mucho más que silencios; hay denuncias: del amor, de la muerte, de la vida, de los sueños, de las utopías.

La sencillez en esta poeta es un recurso. Y el humor, y la novedad del hallazgo no de diccionario, sino de la imagen coordinante, de lo que se deja ver sin necesidad de rebuscarlo en la semiótica o en la conceptualización real de las palabras:

Textos de un fresquísimo erotismo, donde no hay necesidad de presentar la desnudez gratuita de la imagen, sino explorar un contexto con una palabra limpia y desnuda:

Te beso de lejos
de lejísimos
yo sé que mides
cuarenta y ocho
bocas mías.

Victoria Tobar es una voz absolutamente individualista. Poeta de la utopía, su primera poética se dio contra el suelo, cuando vio que los sueños se hicieron añicos y que el desencanto debía rasgarle sus vestiduras. Ella, como espejo, se refleja en todo, y todo llega a ella con una síntesis poética tan simple que a veces resulta un texto infantil:


A uno de mis dedos
le gusta
pasear al filo
del precipicio de tu boca.

Y, los otros le juzgan
le critican
le observan.

Mi mano es una plaza de pueblo
llena de comentarios.

Pero mi dedo meñique es muy independiente.

Alejandro Querejeta confirma estas afirmaciones, cuando dice:

estamos en presencia de una poesía que se fundamenta en las ocurrencias, accidentes, caos, hipérboles, discursos altisonantes, susurro adolorido, sueños y libertad que dan cuerpo al vivir. Pues si algo puede concluirse (y afirmarse) de la poesía de Victoria Tobar es su vitalismo.

Martha Lizarzaburu (Quito, 1944) es otro nombre que iniciaba su curso por la poesía con un gran camino y un primer poemario publicado en 1964. “Aljibe” es el título de dicho texto que sorprendió a la crítica de su generación. A éste le siguieron dos más: “Memorial de la sombra y la ternura” (1973) y “Ataduras para el viento” (1977). Luego de estos tres poemarios, silenció su lírica y no se ha sabido nada de ella.
Sus versos son muy concretos. Las significaciones que provienen de ellos nos dan una suerte de abanico interpretativo. Una poesía limpia y elástica a la vez. Preocupaciones telúricas, en imágenes de equilibrio entre el concepto y la finura lírica, hacen interesante vislumbrar una poética de las cosas, de las sensaciones, una poética comprometida con la belleza y con la sutilidad del discurso. Diafanidad y claridad conforman el cuerpo de estos pocos y cortos poemas de una autora a la que vale la pena leerla:
El cuerpo es también signo poético. Y no es erotismo necesariamente, es visión audaz de la finitud del amor. Es la triste y dulcísima desolación, que vive en el poema de Lizarzaburu:

Es inútil que tienda mis manos oscuras
A la sombra sin nombre.
¿Cómo asir la amargura de
Su cuerpo yacente
A la música sorda de su gemido
Informulado?
He gritado su nombre ya vacío
Y la noche no canta.
Es inútil que tienda mis dos manos
A la sombra sin tiempo.

Sonia Manzano, nace en Guayaquil en 1947. Sus primeras publicaciones las hizo en los años 70. El nudo y el trino (1972); Casi siempre las tardes (1974); La gota en el cráneo (1976); La semana que no tiene jueves (1978); El ave que todo lo atropella (1980); Caja musical con bailarina incluida (1984); Carcoma con forma de paloma (Quito, 1986); Full de reinas (Quito, 1991); y, Patente de corza (Quito, 1997).
Probablemente sea ésta la voz más desacralizadora de la poesía escrita por mujeres.

Con un marco de ironía negra que cubre su discurso poético y un sostenido humor barroco, su poesía tiende a destapar todo lo “políticamente correcto”; Manzano es una voz extraña en la lírica, o mejor, en la antilírica. Sus juegos intertextuales han tocado todo: los refranes populares, la jerga, el lugar común, el discurso establecido, y lo ha ido desvirtualizando, hasta llegar a concebir una figura novedosa, un juguete poético.
Pero su poesía no se queda allí. Dicho juguete se presta para nuevas interpretaciones. Es decir que Sonia juega a la vida con humor y nos entrega en grandes trazos de verdadera vanguardia, poemas de una objetividad y de un fuerte contenido social.

Desde el intimismo de su voz (es una poeta que se burla de ella misma) suelta versos irónicos que bien podrían polemizarse dentro de un discurso lírico formal.
En su poética se canaliza dos discursos enlazados entre sí: el uno que se enfrenta a la creación de un léxico particular, que se forma de las frases ya hechas, más una doble intención, con un significado provocador. El otro discurso está escondido en esos significados que pretenden esclarecer un tema que provoca pero que enaltece el lenguaje. Una suerte de barroco postmoderno se presenta en esta singular voz de la poesía contemporánea.

Su preocupación por el oficio del poeta en la vida contemporánea, y esa introspección individual con ella misma, crean una poética intimista-social, es decir, un reflejo irónico de una sociedad, donde uno mismo es todos los demás.

Hay muchos juegos con el absurdo en esta poesía en donde las imágenes se vuelven retruécanos de la vida. Es decir, Sonia Manzano construye en su poética dos rumbos: el de la vida propiamente dicha y el de la vida poética. Como el juego de los espejos:

No soy yo, digo, paralizada por la sorpresa,
Aunque se que son mías
Estas manchas violáceas de abandono.
Con estas son tres las veces que me niego,
En l próxima,
Haré un retrato hablado con datos que no existen
Y pasaré en video
Documentales en los que se anuncie
Que fui capturada mientras saltaba la tapia de los sesos
Con un tatuaje de pólvora que se extendía
Hasta bien adentro de esta historia
De la que fui borrada.

Otro recurso de su poética es el destapujo verbal. La palabra dicha, a veces, con una transparencia antilírica, que causa cierto reparo a la costumbre de leer líricas repletas de palabras convencionales o de terminología poética. En Manzano, la palabra se amplia más en significaciones agrestes, duras, reales:

La disfunción eréctil de estas rosas
impide que las clave
en túmulos profanos

Frígida la palabra
se viste de ramera envejecida
y se sienta en el atrio de su templo

Cantando entre los muslos de la noche
pasa un cortejo de lesbianas
Algunas de ellas
las más abiertamente cínicas
llevan pulseras de plata en sus tobillos
y grifos de metal en sus pezones
En cambio los restantes
desprovistas de abalorios y nostalgias
muestran sus lenguas traspasadas
por candados que se abren
con un turbio reflujo de saliva

Rematando siempre con sentencias muy bien logradas, Como si fueran refranes cerrados, límpidos, directos:




La palabra se avergüenza enormemente
de ya no estremecerse
ni ante la límpida desnudez
de un verso antiguo

Poeta desacralizadora, hasta en los homenajes. Su conocido poema “a Neftalí Reyes
alias Pablo Neruda” lo confirma:

A mí que no me pregunten
en qué fecha usted nació,
en qué año ganó el Premio Nobel
o cuál es la lista completa
de sus nisecuántos
y extraordinarios libros.
A mí que no me pregunten
por Matilde Urrutia,
o por la de los veinte poemas de amor,
o por los senos de las colinas,
o por las que le arreglaron su corbata,
cuidaron de su gorra
y se quedaron absortas
con el humo de su pipa.

/…/

A mí no me pregunten cómo, cuándo, dónde, por qué
con quién estuvo tal día, tal fecha y tal hora en alguna parte,
yo solo puedo informar que desde su humo sale
el corazón de la sopa
y la pancarta creciente de las cucharas,
Pablo silencio ahora terno vacío Neruda.

Sara Vanegas, nacida en Cuenca, en 1950) ha publicado desde 1980. Su libros son: “Poemas” (Cuenca, 1980); 90 Poemas (Cuenca, 1980); Luciérnaga y otros textos (Cuenca, 1982); Entrelíneas (Cuenca, 1985); Indicios (Cuenca, 1988); PoeMar (Cuenca, 1994); Más allá del agua (Guayaquil, 1999); Antología personal (Guayaquil, 2000); “Al andar” y “Versos trashumantes” (Quito – Cuenca, 2004).
Probablemente sea la voz más cuidada y nítida de la poesía ecuatoriana actual. Sus conocidos micro poemas son instantes muy lúcidos y trabajados, pero además guardan el equilibrio entre el oficio del rigor y la diafanidad que necesita este tipo de poesía para su lectura eficaz y verdadera.
Sara Vanegas es la poeta de los instantes luminosos y los flashes exactos, tiene características inusuales dentro de la literatura.

En su poemario Indicios creo haber encontrado las joyas más preciadas de su lirismo de orfebre. Una poética de las cosas y los instantes, envuelven a esta mujer que ha logrado sellar un oficio tan complicado, con un estilo tan suyo y tan reconocido.
No hay búsquedas en el lenguaje, sino en la significación. No hay desparpajo en lo dictaminado, no se halla verso que no concatene con una diafanidad y un alto vuelo lírico. Su poesía es de una precisión milimétrica.

El faro es una mancha en la noche
La noche

Cicatriz en el océano


Hay cierta influencia de forma frente a los haikus japoneses, pero los poemas de Sara tienen carácter mucho más lírico y menos abigarrado en la métrica, en la medida de los poemas japoneses.
En Sara hay la contemplación de la imagen, para llegar a nuevas imágenes que expelen nuevos horizontes frente a lo visto.

Tu niñez:
Ese barco en la mirada

Que un día partió sin despedirse.

Un alma de poeta trashumante vive en Sara Vanegas, y se hace notar en sus dos últimos libros, en donde la idea del viaje y de la memoria, es su poética. He aquí un verso que es todo un poema:

Mi casa es un enjambre de alas que se fueron

El mar y el amor son temas reiterados en todos sus libros. El mar en Sara es casi un signo permanente en su trabajo lírico. No hay forma de dejar de poetizar al mar, pese al tiempo, pese a las aguas:

Te encuentro mar en los espejos diarios
En la ronca soledad de las ciudades
En las rutinarias urgencias
Mar voraz que quemas mi garganta
Y me secuestras
Con luna o sin luna
Siempre estaré de vuelta a tus ciudades
Más allá de mis horas
Sumergidas.

Y el amor, para complementar sus registros poéticos. En igual formato.
Sara Vanegas ha logrado constituirse en un estilo. Estilo que ya es molde para algunos escritores nuevos de la Patria:

te hamacas a media tarde sobre mi mirada amante
me sonríes
y hay un río de miel entre tus labios ávidos
convoco las campanas los tréboles los mares
y voy hacia ti cantando
pero la tarde hace un paréntesis maldito
y me lanza de bruces a la realidad:
este solo poema

Y, por fin, llego al límite propuesto. Catalina Sojos nacida en Cuenca, en 1951 cerrará este círculo de poetas mujeres. Ha publicado Hojas de poesía (1989); Fuego (Cuenca, 1990); Tréboles marcados (Quito, 1991); Fetiches (Quito, 1995); Láminas de la memoria(1999) Cantos de piedra y agua (1999) y El rincón del tambor (2000)


En Catalina Sojos hay un gran material de erotismo intelectual. Un trabajo de enorme madurez que se ha ido formando, hasta entregar una propuesta a su poética armónica y reposada. Poemas de corta factura, y de gran síntesis forman su primer camino, hacia un erotismo de buen tono:




yo caminé tu desnudez por dentro

con una luz mojada mi deleite
llovió
en la humedad de tu caverna. 


Luego de esa poética sosegada de los cuerpos y el paisaje del amor, tenemos a una poeta reflexiva, que enfrenta su visión a la naturaleza, llegando a entregarse a las sinestesias y a la imagen natural. En esta poesía se llega a descubrir un mundo cadencioso, una diafanidad profunda. Su poesía no se queda en el cuerpo o en el paisaje, siempre va más allá, hasta donde la lengua pueda suspenderse: 

ha llegado la niña
de sus huellas escarlatas
surgen los pájaros
que se posan en mi frente 

Y su poética entra también a una suerte de visión histórica, en donde los personajes son importantes para visualizar hechos que son místicos, que son mágicos y que son pretextos para encadenar su poética con la historicidad, con el paisaje, llegando, inclusive, al lenguaje onírico, o a la estampa griega:

te diriges hacia la cripta
hoy
también te devoraron los caníbales

solo tu alma
igual a la obsidiana
resiste en la oscuridad
Sojos es una de las poetas que regresan a ver siempre la forma en perfecta comunión con el concepto, por eso, inclusive, su poesía ha llegado a romper el clásico verso métrico, hasta extenderse a la prosa poética, o al poema en prosa, en donde se la lee más libre.
Una poesía que narra, que dice; un cierto halo épico se dibuja en estos poemas, en donde se deja ver otra poética: la del poema relato:

Cuando el hombre llegó me ofreció un ramo de rosas, yo deseaba un espejo; me negué a aceptarlas.
Sonrió y se marchó en silencio.
Pasaron seis meses hasta que apareció con un violín, yo deseaba una esfera; me negué a aceptarlo.
Sonrió nuevamente y se marchó en silencio.
Anoche volvió, me entregó una espina. Era lo que necesitaba, la acepté silenciosamente, entonces el hombre se deshizo delante de mis ojos atónitos.
Ahora cargo mi espejo, mi espacio y mi espina pero sigo deseando la arena de su cuerpo que desapareció con la última ofrenda. 


Sintética, fiel a las palabras. No hay versos noveleros que registren novedades lingüísticas, si no, más bien, es una poesía sujeta a la sintaxis. Sus versos crean una atmósfera muy límpida, que refleja su estilo y su poética: la de la libertad de palabra y de imagen. 

Y VAS
dejando un rescoldo
en cada sílaba

como osamentas
que navegan
en tu único cuerpo de papel

***

Quedaría, pues, verificar los nuevos caminos y las flamantes propuestas. Nombres no han dejado de escribirse en este enorme pizarrón de la poesía. Pero debía poner un límite. Y es éste, que por suerte, como todo límite, se amplia, hasta más allá de la finitud, donde la poesía sigue ese paso eterno, bello y difícil.

Ni más ni menos.



Quito, 21 de Noviembre del 2005

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