miércoles, 28 de marzo de 2012

¿EVOLUCIÓN O INVOLUCIÓN?





¿Cómo ha ido evolucionando la literatura infantil? ¿Qué cambios ha sufrido? El problema con las adaptaciones.



Más allá de una aproximación a la estructura formal/ tradicional en los cuentos infantiles, queremos hacer un pequeño análisis de los niveles escriturales dentro de la literatura infantil contemporánea ya que ésta se ha visto abocada a un vertiginoso proceso de reestructuración en el sentido estricto de la palabra.

El fenómeno global obliga al escritor actual a una permanente puesta en valor de la palabra escrita, puesto que el combate entre los distintos y abundantes lenguajes, que hoy inundan al lector común, agreden permanentemente los cánones establecidos para una creación y recreación de la obra literaria.

De este modo, nos encontramos con que dichos lenguajes, además de captar la atención y sublimar todo mensaje, se insertan masivamente en la psique colectiva y afectan el lenguaje sincrónico.

Precisamos pues puntualizar sobre estos procesos activos de la cotidianidad y que, de una u otra manera, inciden en la literatura infantil y en su carga socio comparativa de valores en términos de cultura y educación generalizada.


El lenguaje es un ente cambiante cuyo devenir no se detiene. Así, por ejemplo, las corrientes mundiales en la práctica de la amputación de sílabas, palabras e inclusive letras en los textos escritos en el teléfono celular o el chat de internet, reflejan paradigmáticamente lo que estamos intentando dilucidar; los medios masivos de comunicación y sus poderosas influencias delimitan la creación de estructuras formales, puesto que nos encontramos con productos terminados y cuyo condicionamiento está ligado a la globalización en la alienación de la individualidad del ser humano.
Y si a ello agregamos que la literatura “infantil” engloba diferentes expresiones literarias: ficción, poesía, biografía, historia y otras manifestaciones como fábulas, adivinanzas, leyendas, poemas, cuentos de hadas y cuentos tradicionales de transmisión oral, debemos reafirmar que no es fácil escribir para niños, así como no es fácil escribir buena poesía, buena narrativa, buena literatura.

El tema es controversial ya que la literatura para niños ha sido desde tiempos inmemoriales considerada peyorativamente como un género menor dentro del trabajo intelectual. Debemos tomar en cuenta que apareció como forma o género independiente en la segunda mitad del siglo XVIII y que únicamente a comienzos del siglo XX alcanza su desarrollo hasta llegar a los niveles casi espectaculares que hoy presenciamos.

La historia de la literatura “infantil” es un cuento de hadas; mezcla de horror y bienaventuranzas Desde la edad media y el renacimiento con los inicios del libro, donde eran pocos los adultos y niños que tenían acceso a los libros y en la cual leer era un privilegio, hasta nuestras fechas, las transformaciones han sido inmensas.

Sin embargo debemos dejar registrado que aquellos días siguen aún incidiendo subrepticiamente en el presente; esos tiempos en los que la cultura se hallaba recluida en palacios y monasterios, y en donde los pocos libros a los que se tenía acceso estaban marcados por un gran didactismo nos han dejado secuelas que, lamentablemente, y a pesar de las evoluciones antes mencionadas siguen todavía proyectando sus sombras en la educación sistemática de la niñez y juventud.


Aquel niño al que se le leía entre las sombras los abecedarios, silabarios, bestiarios o catones ha dado paso al lector de Harry Potter, de la escritora británica J. K. Rowling, y “Crepúsculo” de Stephenie Meyer novelas seriales donde prima un solo esquema y que se han convertido en un auténtico fenómeno comercial; o al adolescente que recurre a las reflexiones inefables de Cuacthémoc Sanchez y a las que el autor califica como novelas de valores.

Y como contrapartida tenemos al niño lector informático de este siglo XXI que comienza su aprendizaje a partir de reconocer los signos en sus video juegos y que se fascina ante una computadora, pero que ante el libro se aburre soberanamente.

De esta forma la literatura infantil contemporánea se encuentra ante un grave dilema: escribir para los niños con atención primordial a despertar su curiosidad mediante libros generadores de cultura y de valores, o escribir comercialmente para consumidores pasivos con esquemas producidos y dictados por el marqueting editorial. Obviamente nosotros apostamos por lo primero.
En este contexto vale la pena preguntarse: ¿De qué forma el libro de cuentos infantil puede generar una conmoción, lo suficientemente fuerte como para despertar al niño de esa somnolencia en la que se le ha sumergido?

La respuesta es simple: el poderío de un libro para niños radica en su fascinación. Sobre todo en los libros de cuentos fantásticos. En él lo imposible se torna posible. El autor crea personajes, situaciones, ambientes, absolutamente mágicos. No crea mensajes. No emite consejos, ni propone recetas morales.


Un libro para niños se puede considerar logrado cuando consigue interesar, estimular y comprometer íntegramente sus energías morales, toda su personalidad. Esto quiere decir que el libro debe responder a cualquier pregunta o necesidad fundamental, en definitiva ser un instrumento de su crecimiento.
Sin lugar a dudas los libros nacidos de la imaginación y para la imaginación permanecen, más allá de los avatares del marqueting y el boom editorial.
En este punto debemos hacer una acotación: la literatura infantil contemporánea ecuatoriana tiene en su acervo muy buenos representantes; autores y creadores que compiten por su espacio dentro del género con diferentes opciones creativas como el reforzamiento de la identidad nacional, la literatura fantástica, búsquedas estéticas y contenido.

Este trabajo creador debe ser reforzado y apoyado para evitar los grupos de poder que surgen en esta industria cultural naciente. Todos sabemos que la literatura infantil produce réditos inmediatos para el escritor que logra posesionar su obra.
Como vemos el tema de la literatura escrita para niños es complejo y lleno de aristas y merece una reflexión profunda, para ello seminarios como éste son imprescindibles, además de que los procesos tienen que ser permanentes.
Pasemos a revisar una de esas aristas: las adaptaciones. Definamos, en principio, ¿qué son? y cuándo surgen.

La reescritura de textos es una de las formas en que se manifiesta la circulación social de la literatura, desde sus orígenes, a lo largo de la historia. Las adaptaciones son, a su vez, una forma de reescritura en la que se trata de acomodar un texto a un receptor específico, a un nuevo lenguaje o a un nuevo contexto. Los textos adaptados proceden en su mayor parte de cuatro grandes fuentes: los cuentos populares, clásicos de la literatura general, novelas de aventuras y clásicos de la literatura infantil.

Sabemos que la literatura, desde sus orígenes, es el resultado de una relación entre los sistemas sociales, lingüísticos, técnicos y educativos que forman una cultura. Actualmente, la interrelación producto de la globalización es evidente, la naturalidad con que hoy conocemos de inmediato lo que ocurre al otro extremo del mundo, la intensidad de las migraciones y desplazamientos de todo tipo o las infinitas posibilidades de comunicación e información que nos ofrece la tecnología, impensables en un pasado no muy lejano, nos coloca en la “aldea global” y obliga al intercambio de productos culturales, entre ellos, la literatura.

La evidencia de esta realidad literaria, donde la creación individual se inscribe en una red de influencias y aportaciones mutuas, ha conducido la reflexión de teóricos como Bajtin (1975) o Genette (1962), el cual se dedica al estudio de lo que llama «literatura en segundo grado” así pues, hoy tenemos claro que cada texto literario es el resultado de un diálogo con textos anteriores y que puede ser también fuente para otros textos. Sabemos que en la construcción de una obra, cualquiera que sea, intervienen múltiples factores que trascienden el ámbito de lo literario, porque cada texto responde a un sistema de convenciones sociales y estéticas determinado, propio del momento histórico en que se crea.

En este marco de interpretación, se explican las numerosas formas de intertextualidad y de textos generados a partir de otros. Una de estas formas es lo que llamamos adaptaciones cabe preguntarse si ciertos contextos favorecen más o menos ciertos tipos de reescrituras. Estos libros que hablan de otros libros, que los imitan, los comentan, los traducen, los resumen o los reinventan, han provocado grandes debates entre intelectuales; Lefevere, por ejemplo, introduce los conceptos de reescritura y manipulación a partir de la idea de que una gran parte de la literatura que circula en nuestra sociedad, y también en tiempos pasados, no se escribe sino que se reescribe: las traducciones, ediciones, antologías, resúmenes, críticas, reseñas o compendios son reescrituras al fin, y construyen una imagen de la obra que termina por imponerse entre los lectores no profesionales, que no suelen leer las obras originales sino sus reescrituras. Es evidente que las adaptaciones son los agentes mediadores entre el ámbito de la producción y de la recepción (editores, distribuidores, críticos…) y determinan absolutamente el acceso a los textos literarios y a la imagen que de ellos se construye el lector. Según Laparra, muchos adultos creen haber leído obras originales cuando en realidad han leído adaptaciones.
En nuestros días Ana Mª Matute en su reescritura del cuento de Perrault La bella durmiente del bosque que titula El verdadero final de la bella durmiente es el más claro ejemplo. En el lenguaje general, el diccionario de la RAE define el término «adaptar» con el sentido de «acomodar, ajustar algo a otra cosa», y en otra acepción más restringida como «modificar una obra científica, literaria, musical, etc., para que pueda difundirse entre público distinto de aquel al cual iba destinada o darle una forma diferente de la original»
En honor al tiempo pautado, revisemos someramente el tema de las adaptaciones en el contexto educativo.

La intención de facilitar la lectura, divulgar conocimientos, dar a conocer a los clásicos e interesar a lectores no cualificados o no profesionales vincula de manera inequívoca esta incesante actividad de reescribir textos con la educación, entendida en su sentido más amplio.
La función social educativa de las adaptaciones sólo será efectiva si reúnen las siguientes condiciones:

1.- No deben alterar el sentido profundo de la obra original (que es lo que se pretende divulgar)

2.- Alcanzar una correcta elaboración literaria que permita conservar la idoneidad del texto (ya que la simplificación aberrante de muchas adaptaciones para niños da la razón a quienes se oponen a este tipo de textos)

3.- Hacer explícita su condición de adaptaciones sin pretender pasar por el original. El respeto a la creación original de un autor exige declarar que se trata de una adaptación, su autor y los criterios que ha seguido, los objetivos que se propone y las necesarias referencias al autor y obra original. Pero, además, el autor de la adaptación debe conocer a fondo la obra original para reescribirla sin alterar su sentido: los cortes indiscriminados hechos por cualquiera, las modificaciones en el lenguaje, el añadido de episodios o personajes o el cambio de código genérico pueden dar como resultado una obra distinta no sólo en su discurso formal,
sino en los valores esenciales de ese contenido que se pretende transmitir. Lamentablemente, esto ocurre con frecuencia, sobre todo cuando prevalecen los criterios comerciales sobre cualquier otro y se imponen requisitos previos como número de páginas, adecuación a las características prefijadas de una colección o supresión de contenidos por moral o socialmente censurables.
Por su parte los docentes pueden trabajar en clase con los dos textos (original y adaptación) y hacer notar las diferencias respecto a la narración, al fondo y forma del texto.

De todas formas concluimos: el problema de las adaptaciones de literatura para niños reside en la honestidad y capacidad intelectual del trabajo. Una de estas formas consiste en señalar en la obra itinerarios de lectura, de manera que se pueda optar por leer los fragmentos esenciales seleccionados o por leer la obra completa. Permite al mismo tiempo la lectura y la relectura en sucesivas aproximaciones que deben culminar en la lectura del texto íntegro.



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