¿Cómo
ha ido evolucionando la literatura infantil? ¿Qué cambios ha
sufrido? El problema con las adaptaciones.
Más
allá de una aproximación a la estructura formal/ tradicional en los
cuentos infantiles, queremos hacer un pequeño análisis de los
niveles escriturales dentro de la literatura infantil contemporánea
ya que ésta se ha visto abocada a un vertiginoso proceso de
reestructuración en el sentido estricto de la palabra.
El
fenómeno global obliga al escritor actual a una permanente puesta en
valor de la palabra escrita, puesto que el combate entre los
distintos y abundantes lenguajes, que hoy inundan al lector común,
agreden permanentemente los cánones establecidos para una creación
y recreación de la obra literaria.
De
este modo, nos encontramos con que dichos lenguajes, además de
captar la atención y sublimar todo mensaje, se insertan masivamente
en la psique colectiva y afectan el lenguaje sincrónico.
Precisamos
pues puntualizar sobre estos procesos activos de la cotidianidad y
que, de una u otra manera, inciden
en la literatura infantil y en su carga socio comparativa de valores
en términos de cultura y educación generalizada.
El
lenguaje es un ente cambiante cuyo devenir no se detiene. Así, por
ejemplo, las corrientes mundiales en la práctica de la amputación
de sílabas, palabras e inclusive letras en los textos escritos en el
teléfono celular o el chat de internet, reflejan paradigmáticamente
lo que estamos intentando dilucidar; los medios masivos de
comunicación y sus poderosas influencias delimitan la creación de
estructuras formales, puesto que nos encontramos con productos
terminados y cuyo condicionamiento está ligado a la globalización
en la alienación de la individualidad del ser humano.
Y si a ello
agregamos que la literatura “infantil” engloba diferentes
expresiones literarias: ficción, poesía, biografía, historia y
otras manifestaciones como fábulas, adivinanzas, leyendas, poemas,
cuentos de hadas y cuentos tradicionales de transmisión oral,
debemos reafirmar que no es fácil escribir para niños, así como no
es fácil escribir buena poesía, buena narrativa, buena literatura.
El tema es
controversial ya que la literatura para niños ha sido desde tiempos
inmemoriales considerada peyorativamente como un género menor dentro
del trabajo intelectual. Debemos tomar en cuenta que apareció como
forma o género independiente en la segunda mitad del siglo XVIII y
que únicamente a comienzos del siglo XX alcanza su desarrollo
hasta llegar a los niveles casi espectaculares que hoy presenciamos.
La historia
de la literatura “infantil” es un cuento de hadas; mezcla de
horror y bienaventuranzas Desde la edad media y el renacimiento con
los inicios del libro, donde eran pocos los adultos y niños que
tenían acceso a los libros y en la cual leer era un privilegio,
hasta nuestras fechas, las transformaciones han sido inmensas.
Sin embargo
debemos dejar registrado que aquellos días siguen aún incidiendo
subrepticiamente en el presente; esos tiempos en los que la cultura
se hallaba recluida en palacios y monasterios, y en donde los pocos
libros a los que se tenía acceso estaban marcados por un gran
didactismo nos han dejado secuelas que, lamentablemente, y a pesar de
las evoluciones antes mencionadas siguen todavía proyectando sus
sombras en la educación sistemática de la niñez y juventud.
Aquel niño
al que se le leía entre las sombras los abecedarios, silabarios,
bestiarios o catones ha dado paso al lector de Harry Potter, de la
escritora británica J. K. Rowling, y “Crepúsculo” de Stephenie
Meyer novelas seriales donde prima un solo esquema y que se han
convertido en un auténtico fenómeno comercial; o al adolescente que
recurre a las reflexiones inefables de Cuacthémoc Sanchez y a las
que el autor califica como novelas de valores.
Y como
contrapartida tenemos al niño lector informático de este siglo XXI
que comienza su aprendizaje a partir de reconocer los signos en sus
video juegos y que se fascina ante una computadora, pero que ante el
libro se aburre soberanamente.
De esta forma la literatura infantil contemporánea se
encuentra ante un grave dilema: escribir para los niños con atención
primordial a despertar su curiosidad mediante libros generadores de
cultura y de valores, o escribir comercialmente para consumidores
pasivos con esquemas producidos y dictados por el marqueting
editorial. Obviamente nosotros apostamos por lo primero.
En este
contexto vale la pena preguntarse: ¿De qué forma el libro de
cuentos infantil puede generar una conmoción, lo suficientemente
fuerte como para despertar al niño de esa somnolencia en la que se
le ha sumergido?
La respuesta
es simple: el poderío de un libro para niños radica en su
fascinación. Sobre todo en los libros de cuentos fantásticos. En él
lo imposible se torna posible. El autor crea personajes, situaciones,
ambientes, absolutamente mágicos. No crea mensajes. No emite
consejos, ni propone recetas morales.
Un libro para niños se puede considerar logrado cuando
consigue interesar, estimular y comprometer íntegramente sus
energías morales, toda su personalidad. Esto quiere decir que el
libro debe responder a cualquier pregunta o necesidad fundamental, en
definitiva ser un instrumento de su crecimiento.
Sin lugar a dudas los libros nacidos de la imaginación
y para la imaginación permanecen, más allá de los avatares del
marqueting y el boom editorial.
En este
punto debemos hacer una acotación: la literatura infantil
contemporánea ecuatoriana tiene en su acervo muy buenos
representantes; autores y creadores que compiten por su espacio
dentro del género con
diferentes opciones creativas como el reforzamiento de la identidad
nacional, la literatura fantástica, búsquedas estéticas y
contenido.
Este
trabajo creador debe ser reforzado y apoyado para evitar los grupos
de poder que surgen en esta industria cultural naciente. Todos
sabemos que la literatura infantil produce réditos inmediatos para
el escritor que logra posesionar su obra.
Como
vemos el tema de la literatura escrita para niños es complejo y
lleno de aristas y merece una reflexión profunda, para ello
seminarios como éste son imprescindibles, además de que los
procesos tienen que ser permanentes.
Pasemos
a revisar una de esas aristas: las adaptaciones. Definamos, en
principio, ¿qué son? y cuándo surgen.
La
reescritura de textos es una de las formas en que se manifiesta la
circulación social de la literatura, desde sus orígenes, a lo largo
de la historia. Las adaptaciones son, a su vez, una forma de
reescritura en la que se trata de acomodar un texto a un receptor
específico, a un nuevo lenguaje o a un nuevo contexto. Los textos
adaptados proceden en su mayor parte de cuatro grandes fuentes: los
cuentos populares, clásicos de la literatura general, novelas de
aventuras y clásicos de la literatura infantil.
Sabemos
que la literatura, desde sus orígenes, es el resultado de una
relación entre los sistemas sociales, lingüísticos, técnicos y
educativos que forman una cultura. Actualmente, la interrelación
producto de la globalización es evidente, la naturalidad con que hoy
conocemos de inmediato lo que ocurre al otro extremo del mundo, la
intensidad de las migraciones y desplazamientos de todo tipo o las
infinitas posibilidades de comunicación e información que nos
ofrece la tecnología, impensables en un pasado no muy lejano, nos
coloca en la “aldea global” y obliga al intercambio de productos
culturales, entre ellos, la literatura.
La
evidencia de esta realidad literaria, donde la creación individual
se inscribe en una red de influencias y aportaciones mutuas, ha
conducido la reflexión de teóricos como Bajtin (1975) o Genette
(1962), el cual se dedica al estudio de lo que llama «literatura en
segundo grado” así pues, hoy tenemos claro que cada texto
literario es el resultado de un diálogo con textos anteriores y que
puede ser también fuente para otros textos. Sabemos que en la
construcción de una obra, cualquiera que sea, intervienen múltiples
factores que trascienden el ámbito de lo literario, porque cada
texto responde a un sistema de convenciones sociales y estéticas
determinado, propio del momento histórico en que se crea.
En
este marco de interpretación, se explican las numerosas formas de
intertextualidad y de textos generados a partir de otros. Una de
estas formas es lo que
llamamos adaptaciones cabe preguntarse si ciertos contextos favorecen
más o menos ciertos tipos de reescrituras. Estos libros que hablan
de otros libros, que los imitan, los comentan, los traducen, los
resumen o los reinventan, han provocado grandes debates entre
intelectuales; Lefevere, por ejemplo, introduce los conceptos de
reescritura y
manipulación a
partir de la idea de que una gran parte de la literatura que circula
en nuestra sociedad, y también en tiempos pasados, no se escribe
sino que se reescribe: las traducciones, ediciones, antologías,
resúmenes, críticas, reseñas o compendios son reescrituras al fin,
y construyen una imagen de la obra que termina por imponerse entre
los lectores no profesionales, que no suelen leer las obras
originales sino sus reescrituras. Es evidente que las adaptaciones
son los agentes mediadores entre el ámbito de la producción y de la
recepción (editores, distribuidores, críticos…) y determinan
absolutamente el acceso a los textos literarios y a la imagen que de
ellos se construye el lector. Según Laparra, muchos adultos creen
haber leído obras originales cuando en realidad han leído
adaptaciones.
En
nuestros días Ana Mª Matute en su reescritura del cuento de
Perrault La bella
durmiente del
bosque que titula
El verdadero
final de la bella
durmiente es el más
claro ejemplo. En el
lenguaje general, el diccionario
de la RAE define el
término «adaptar» con
el sentido de
«acomodar, ajustar algo a
otra cosa», y en otra
acepción más restringida
como «modificar una
obra científica,
literaria, musical,
etc., para que pueda
difundirse entre
público distinto de aquel
al cual iba destinada o
darle una forma
diferente de la
original»
En
honor al tiempo pautado, revisemos someramente el tema de las
adaptaciones en el contexto educativo.
La
intención de facilitar
la lectura, divulgar conocimientos, dar a conocer a los clásicos e
interesar a lectores no cualificados o no profesionales vincula de
manera inequívoca esta incesante actividad de reescribir textos con
la educación, entendida en su sentido más amplio.
La
función social educativa de las adaptaciones sólo será efectiva si
reúnen las siguientes condiciones:
1.- No
deben alterar el sentido profundo de la obra original (que es lo que
se pretende divulgar)
2.-
Alcanzar una correcta
elaboración literaria que permita conservar la idoneidad del texto
(ya que la simplificación aberrante de muchas adaptaciones para
niños da la razón a quienes se oponen a este tipo de textos)
3.-
Hacer explícita su condición de adaptaciones sin pretender pasar
por el original. El respeto a la creación original de un autor
exige declarar que se trata de una adaptación, su autor y los
criterios que ha seguido, los objetivos que se propone y las
necesarias referencias al autor y obra original. Pero, además, el
autor de la adaptación debe conocer a fondo la obra original para
reescribirla sin alterar su sentido: los cortes indiscriminados
hechos por cualquiera, las modificaciones en el lenguaje, el añadido
de episodios o personajes o el cambio de código genérico pueden dar
como resultado una obra distinta no sólo en su discurso formal,
sino
en los valores esenciales de ese contenido que se pretende
transmitir. Lamentablemente, esto ocurre con frecuencia, sobre todo
cuando prevalecen los criterios comerciales sobre cualquier otro y se
imponen requisitos previos como número de páginas, adecuación a
las características prefijadas de una colección o supresión de
contenidos por moral o socialmente censurables.
Por
su parte los docentes pueden trabajar en
clase con los dos textos (original y adaptación) y hacer notar las
diferencias respecto a la narración, al fondo y forma del texto.
De todas
formas concluimos: el problema de las adaptaciones de literatura para
niños reside en la honestidad y capacidad intelectual del trabajo.
Una de estas formas consiste
en señalar en la obra itinerarios de lectura, de manera que se pueda
optar por leer los fragmentos esenciales seleccionados o por leer la
obra completa. Permite al mismo tiempo la lectura y la relectura en
sucesivas aproximaciones que deben culminar en la lectura del texto
íntegro.

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