La
encontré clavada en el rellano de la escalera. Estatua de sal
descendía hacia el abismo. Quise ser báculo, brújula, linterna.
Ella miraba sin ver las puertas cerradas del paraíso, de su pecho
surgían mariposas negras, golpeaban en mi cara, no me dejaban llegar
hasta su mano. Los recuerdos subían en tropel y se pegaban a su
piel; hierática impedía la luz. No quiso saber de mi abrazo, de mi
huella. Cómoda y majestuosa en su dolor se había situado en el
punto exacto del equilibrio.
La
perseguí siempre. Gaviota clavada en el pespunte de un charco en la
arena; su estatua adquiría proporciones gigantescas, yo caminaba
bajo su sombra.
Ideal
y lejana me acostumbré a su ausencia; inventé nuevos sueños,
nuevos paisajes, sin embargo sabía que ella me esperaba al final de
la escalera; y hoy, cuando la tuve cerca y alargué mi mano se
desvaneció en su hierática tristeza.
-2-
Vivíamos
en el pueblo de la sinrazón. Todo comenzaba en la abundancia; cuatro
ríos cercaban la aldea, la hidrografía se prodigaba en la región
desenfrenadamente.
Las
vías cerradas impedían la llegada de noticias y forasteros; pienso
que eso ayudó a convertirnos en seres místicos y míticos... como
pájaros enlutados recorríamos las calles en espera de que termine
el día. Nos considerábamos herederos naturales de las glorias
griegas y colocamos un cartel rimbombante sobre la catedral: “Atenas
del Ecuador”decía con letras churriguerescas; enclaustrados
sembrábamos de églogas, sonatas, sonetos y metáforas los diminutos
parques donde en una mezcla absurda crecía la retama y el pino, el
ají y la pomarrosa, el maíz y el ciprés. Definitivamente éramos
la amalgama de la abundancia y la miseria, nuestra falta de identidad
la suplíamos con la ilusión importada de otras tierras.
-3-
Pausadamente,
con un cansancio que todavía no llega, se encamina hacia el gran
salón; debajo de los retratos de los abuelos, las cenizas de la
prima descansan de su bautizo de fuego. Le sigo, como siempre, con
esa sensación de ser una intrusa. El sol dibuja las huellas de los
antepasados en la memoria del linóleo, las puertas cerradas indican
el luto y los candados la avaricia de los herederos.
El
crepúsculo de los dioses ha llegado a su término, nuevos dioses se
preparan para el festín; las lámparas serán descolgadas y las
arañas barridas de los recovecos del tumbado plagado de frisos,
pinturas al óleo y demás demostraciones del antiguo poder de la
familia. La última heredera yace convertida en cenizas y con ella
las tardes a la sombra del balcón, las charlas donde se enhebraban
el tejido y los chismes de provincia, los tenedores de plata traídos
desde lejanas tierras, los pianos de cola cargados “a lomo de
indio” y que provocaron novelas fabulosas y ciertas.
Mamá
se ha sentado en un rincón; las sillas de esterilla miran pasmadas
el alboroto del velorio, los pañuelos de encaje, los paños negros,
todo el ritual ancestral de despedir al muerto.
-4-
Pienso
que la casa de mi bisabuela tiene más memoria que las otras y se
debe a una sencillísima razón. Situada en el parque central tuvo
más oportunidades de enterarse de las anécdotas de la vida
pueblerina. Las huelgas de los trabajadores, los gases lacrimógenos,
(cuando se estremecía y alargaba su puntillosa nariz en un esfuerzo
por contener el estornudo, tan de mal gusto para su estilo refinado),
los olores del chagrillo y la plebe en la procesión del “Pase del
Niño”, el ruido ensordecedor de la retreta y las luces
multicolores de los castillos del Septenario reflejándose en sus
vidrios delgadísimos como cáscaras de huevo.
Ahora
que la encuentro tan gris, tan encogida, tan poquita cosa, su actitud
confirma mi sospecha; pronto la pobre será maquillada por los nuevos
dueños, entonces su cara de anciana quinceañera forzada, obligará
a que cierre mis ojos al cruzar el parque.
-5-
Me
sitúo a espaldas de mi madre; trato de ser escudo entre el pasado y
el futuro, obviamente no lo consigo. Sólo soy un personaje más y lo
acepto. Los oídos de mamá están llenos de recuerdos: los valses,
pasillos, poemas y serenatas invaden su cerebro... un curita de San
Alfonso habla incansablemente sobre la eternidad y el recibimiento de
los ángeles en el cielo.
El
olor de la casa ha muerto. La cocina cerrada ha guardado para sí
entre los cajones y las claraboyas la fragancia del membrillo y la
guayaba, la mora silvestre de las haciendas y el amarillo fulgor de
las yemas de huevo utilizadas por cientos en los barquillos,
alfajores, chumales y otras delicias. En la casa la memoria ha
perdido su olor.
-6-
La
encontré clavada en el rellano de la escalera. Estatua de sal
descendía hacia el abismo. Quise ser báculo, brújula, linterna.
Ella miraba sin ver las puertas cerradas del paraíso, de su pecho
surgían mariposas negras, golpeaban en mi cara, no me dejaban llegar
hasta su mano. Los recuerdos subían en tropel y se pegaban a su
piel; hierática impedía la luz. No quiso saber de mi abrazo, de mi
huella. Cómoda y majestuosa en su dolor se había situado en el
punto exacto del equilibrio.
La
perseguí siempre. Gaviota clavada en el pespunte de un charco en la
arena; su estatua adquiría proporciones gigantescas, yo caminaba
bajo su sombra.
Ideal
y lejana me acostumbré a su ausencia; inventé nuevos sueños,
nuevos paisajes, sin embargo sabía que ella me esperaba al final de
la escalera; y hoy, cuando la tuve cerca y alargué mi mano se
desvaneció en su hierática tristeza.
-2-
Vivíamos
en el pueblo de la sinrazón. Todo comenzaba en la abundancia; cuatro
ríos cercaban la aldea, la hidrografía se prodigaba en la región
desenfrenadamente.
Las
vías cerradas impedían la llegada de noticias y forasteros; pienso
que eso ayudó a convertirnos en seres místicos y míticos... como
pájaros enlutados recorríamos las calles en espera de que termine
el día. Nos considerábamos herederos naturales de las glorias
griegas y colocamos un cartel rimbombante sobre la catedral: “Atenas
del Ecuador”decía con letras churriguerescas; enclaustrados
sembrábamos de églogas, sonatas, sonetos y metáforas los diminutos
parques donde en una mezcla absurda crecía la retama y el pino, el
ají y la pomarrosa, el maíz y el ciprés. Definitivamente éramos
la amalgama de la abundancia y la miseria, nuestra falta de identidad
la suplíamos con la ilusión importada de otras tierras.
-3-
Pausadamente,
con un cansancio que todavía no llega, se encamina hacia el gran
salón; debajo de los retratos de los abuelos, las cenizas de la
prima descansan de su bautizo de fuego. Le sigo, como siempre, con
esa sensación de ser una intrusa. El sol dibuja las huellas de los
antepasados en la memoria del linóleo, las puertas cerradas indican
el luto y los candados la avaricia de los herederos.
El
crepúsculo de los dioses ha llegado a su término, nuevos dioses se
preparan para el festín; las lámparas serán descolgadas y las
arañas barridas de los recovecos del tumbado plagado de frisos,
pinturas al óleo y demás demostraciones del antiguo poder de la
familia. La última heredera yace convertida en cenizas y con ella
las tardes a la sombra del balcón, las charlas donde se enhebraban
el tejido y los chismes de provincia, los tenedores de plata traídos
desde lejanas tierras, los pianos de cola cargados “a lomo de
indio” y que provocaron novelas fabulosas y ciertas.
Mamá
se ha sentado en un rincón; las sillas de esterilla miran pasmadas
el alboroto del velorio, los pañuelos de encaje, los paños negros,
todo el ritual ancestral de despedir al muerto.
-4-
Pienso
que la casa de mi bisabuela tiene más memoria que las otras y se
debe a una sencillísima razón. Situada en el parque central tuvo
más oportunidades de enterarse de las anécdotas de la vida
pueblerina. Las huelgas de los trabajadores, los gases lacrimógenos,
(cuando se estremecía y alargaba su puntillosa nariz en un esfuerzo
por contener el estornudo, tan de mal gusto para su estilo refinado),
los olores del chagrillo y la plebe en la procesión del “Pase del
Niño”, el ruido ensordecedor de la retreta y las luces
multicolores de los castillos del Septenario reflejándose en sus
vidrios delgadísimos como cáscaras de huevo.
Ahora
que la encuentro tan gris, tan encogida, tan poquita cosa, su actitud
confirma mi sospecha; pronto la pobre será maquillada por los nuevos
dueños, entonces su cara de anciana quinceañera forzada, obligará
a que cierre mis ojos al cruzar el parque.
-5-
Me
sitúo a espaldas de mi madre; trato de ser escudo entre el pasado y
el futuro, obviamente no lo consigo. Sólo soy un personaje más y lo
acepto. Los oídos de mamá están llenos de recuerdos: los valses,
pasillos, poemas y serenatas invaden su cerebro... un curita de San
Alfonso habla incansablemente sobre la eternidad y el recibimiento de
los ángeles en el cielo.
El
olor de la casa ha muerto. La cocina cerrada ha guardado para sí
entre los cajones y las claraboyas la fragancia del membrillo y la
guayaba, la mora silvestre de las haciendas y el amarillo fulgor de
las yemas de huevo utilizadas por cientos en los barquillos,
alfajores, chumales y otras delicias. En la casa la memoria ha
perdido su olor.
-6-
Mi
madre me llama. ¡pide mi brazo!... bajamos uno a uno los escalones.
En la calle nos espera la realidad mediocre,
Cuenca nos muestra su cara pintarrajeada: han huido las veredas
angostas, los adoquines, las rejas del parque, los poetas y su Fiesta
de la Lira, las panaderas de Todos Santos, la chola cuencana con su
paño bordado y su guagua cargado en las espaldas, sus puentes rotos
y sus ríos.
La
lengua del tiempo nos absorbe lentamente.
Mi
madre me llama. ¡pide mi brazo!... bajamos uno a uno los escalones.
En la calle nos espera la realidad mediocre,
Cuenca nos muestra su cara pintarrajeada: han huido las veredas
angostas, los adoquines, las rejas del parque, los poetas y su Fiesta
de la Lira, las panaderas de Todos Santos, la chola cuencana con su
paño bordado y su guagua cargado en las espaldas, sus puentes rotos
y sus ríos.
La
lengua del tiempo nos absorbe lentamente.

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