viernes, 6 de enero de 2012

QUIMERA



La encontré clavada en el rellano de la escalera. Estatua de sal descendía hacia el abismo. Quise ser báculo, brújula, linterna. Ella miraba sin ver las puertas cerradas del paraíso, de su pecho surgían mariposas negras, golpeaban en mi cara, no me dejaban llegar hasta su mano. Los recuerdos subían en tropel y se pegaban a su piel; hierática impedía la luz. No quiso saber de mi abrazo, de mi huella. Cómoda y majestuosa en su dolor se había situado en el punto exacto del equilibrio.
La perseguí siempre. Gaviota clavada en el pespunte de un charco en la arena; su estatua adquiría proporciones gigantescas, yo caminaba bajo su sombra.
Ideal y lejana me acostumbré a su ausencia; inventé nuevos sueños, nuevos paisajes, sin embargo sabía que ella me esperaba al final de la escalera; y hoy, cuando la tuve cerca y alargué mi mano se desvaneció en su hierática tristeza.
-2-

Vivíamos en el pueblo de la sinrazón. Todo comenzaba en la abundancia; cuatro ríos cercaban la aldea, la hidrografía se prodigaba en la región desenfrenadamente.
Las vías cerradas impedían la llegada de noticias y forasteros; pienso que eso ayudó a convertirnos en seres místicos y míticos... como pájaros enlutados recorríamos las calles en espera de que termine el día. Nos considerábamos herederos naturales de las glorias griegas y colocamos un cartel rimbombante sobre la catedral: “Atenas del Ecuador”decía con letras churriguerescas; enclaustrados sembrábamos de églogas, sonatas, sonetos y metáforas los diminutos parques donde en una mezcla absurda crecía la retama y el pino, el ají y la pomarrosa, el maíz y el ciprés. Definitivamente éramos la amalgama de la abundancia y la miseria, nuestra falta de identidad la suplíamos con la ilusión importada de otras tierras.

-3-

Pausadamente, con un cansancio que todavía no llega, se encamina hacia el gran salón; debajo de los retratos de los abuelos, las cenizas de la prima descansan de su bautizo de fuego. Le sigo, como siempre, con esa sensación de ser una intrusa. El sol dibuja las huellas de los antepasados en la memoria del linóleo, las puertas cerradas indican el luto y los candados la avaricia de los herederos.
El crepúsculo de los dioses ha llegado a su término, nuevos dioses se preparan para el festín; las lámparas serán descolgadas y las arañas barridas de los recovecos del tumbado plagado de frisos, pinturas al óleo y demás demostraciones del antiguo poder de la familia. La última heredera yace convertida en cenizas y con ella las tardes a la sombra del balcón, las charlas donde se enhebraban el tejido y los chismes de provincia, los tenedores de plata traídos desde lejanas tierras, los pianos de cola cargados “a lomo de indio” y que provocaron novelas fabulosas y ciertas.
Mamá se ha sentado en un rincón; las sillas de esterilla miran pasmadas el alboroto del velorio, los pañuelos de encaje, los paños negros, todo el ritual ancestral de despedir al muerto.

-4-

Pienso que la casa de mi bisabuela tiene más memoria que las otras y se debe a una sencillísima razón. Situada en el parque central tuvo más oportunidades de enterarse de las anécdotas de la vida pueblerina. Las huelgas de los trabajadores, los gases lacrimógenos, (cuando se estremecía y alargaba su puntillosa nariz en un esfuerzo por contener el estornudo, tan de mal gusto para su estilo refinado), los olores del chagrillo y la plebe en la procesión del “Pase del Niño”, el ruido ensordecedor de la retreta y las luces multicolores de los castillos del Septenario reflejándose en sus vidrios delgadísimos como cáscaras de huevo.
Ahora que la encuentro tan gris, tan encogida, tan poquita cosa, su actitud confirma mi sospecha; pronto la pobre será maquillada por los nuevos dueños, entonces su cara de anciana quinceañera forzada, obligará a que cierre mis ojos al cruzar el parque.

-5-

Me sitúo a espaldas de mi madre; trato de ser escudo entre el pasado y el futuro, obviamente no lo consigo. Sólo soy un personaje más y lo acepto. Los oídos de mamá están llenos de recuerdos: los valses, pasillos, poemas y serenatas invaden su cerebro... un curita de San Alfonso habla incansablemente sobre la eternidad y el recibimiento de los ángeles en el cielo.
El olor de la casa ha muerto. La cocina cerrada ha guardado para sí entre los cajones y las claraboyas la fragancia del membrillo y la guayaba, la mora silvestre de las haciendas y el amarillo fulgor de las yemas de huevo utilizadas por cientos en los barquillos, alfajores, chumales y otras delicias. En la casa la memoria ha perdido su olor.

-6-

La encontré clavada en el rellano de la escalera. Estatua de sal descendía hacia el abismo. Quise ser báculo, brújula, linterna. Ella miraba sin ver las puertas cerradas del paraíso, de su pecho surgían mariposas negras, golpeaban en mi cara, no me dejaban llegar hasta su mano. Los recuerdos subían en tropel y se pegaban a su piel; hierática impedía la luz. No quiso saber de mi abrazo, de mi huella. Cómoda y majestuosa en su dolor se había situado en el punto exacto del equilibrio.
La perseguí siempre. Gaviota clavada en el pespunte de un charco en la arena; su estatua adquiría proporciones gigantescas, yo caminaba bajo su sombra.
Ideal y lejana me acostumbré a su ausencia; inventé nuevos sueños, nuevos paisajes, sin embargo sabía que ella me esperaba al final de la escalera; y hoy, cuando la tuve cerca y alargué mi mano se desvaneció en su hierática tristeza.
-2-

Vivíamos en el pueblo de la sinrazón. Todo comenzaba en la abundancia; cuatro ríos cercaban la aldea, la hidrografía se prodigaba en la región desenfrenadamente.
Las vías cerradas impedían la llegada de noticias y forasteros; pienso que eso ayudó a convertirnos en seres místicos y míticos... como pájaros enlutados recorríamos las calles en espera de que termine el día. Nos considerábamos herederos naturales de las glorias griegas y colocamos un cartel rimbombante sobre la catedral: “Atenas del Ecuador”decía con letras churriguerescas; enclaustrados sembrábamos de églogas, sonatas, sonetos y metáforas los diminutos parques donde en una mezcla absurda crecía la retama y el pino, el ají y la pomarrosa, el maíz y el ciprés. Definitivamente éramos la amalgama de la abundancia y la miseria, nuestra falta de identidad la suplíamos con la ilusión importada de otras tierras.

-3-

Pausadamente, con un cansancio que todavía no llega, se encamina hacia el gran salón; debajo de los retratos de los abuelos, las cenizas de la prima descansan de su bautizo de fuego. Le sigo, como siempre, con esa sensación de ser una intrusa. El sol dibuja las huellas de los antepasados en la memoria del linóleo, las puertas cerradas indican el luto y los candados la avaricia de los herederos.
El crepúsculo de los dioses ha llegado a su término, nuevos dioses se preparan para el festín; las lámparas serán descolgadas y las arañas barridas de los recovecos del tumbado plagado de frisos, pinturas al óleo y demás demostraciones del antiguo poder de la familia. La última heredera yace convertida en cenizas y con ella las tardes a la sombra del balcón, las charlas donde se enhebraban el tejido y los chismes de provincia, los tenedores de plata traídos desde lejanas tierras, los pianos de cola cargados “a lomo de indio” y que provocaron novelas fabulosas y ciertas.
Mamá se ha sentado en un rincón; las sillas de esterilla miran pasmadas el alboroto del velorio, los pañuelos de encaje, los paños negros, todo el ritual ancestral de despedir al muerto.

-4-

Pienso que la casa de mi bisabuela tiene más memoria que las otras y se debe a una sencillísima razón. Situada en el parque central tuvo más oportunidades de enterarse de las anécdotas de la vida pueblerina. Las huelgas de los trabajadores, los gases lacrimógenos, (cuando se estremecía y alargaba su puntillosa nariz en un esfuerzo por contener el estornudo, tan de mal gusto para su estilo refinado), los olores del chagrillo y la plebe en la procesión del “Pase del Niño”, el ruido ensordecedor de la retreta y las luces multicolores de los castillos del Septenario reflejándose en sus vidrios delgadísimos como cáscaras de huevo.
Ahora que la encuentro tan gris, tan encogida, tan poquita cosa, su actitud confirma mi sospecha; pronto la pobre será maquillada por los nuevos dueños, entonces su cara de anciana quinceañera forzada, obligará a que cierre mis ojos al cruzar el parque.

-5-

Me sitúo a espaldas de mi madre; trato de ser escudo entre el pasado y el futuro, obviamente no lo consigo. Sólo soy un personaje más y lo acepto. Los oídos de mamá están llenos de recuerdos: los valses, pasillos, poemas y serenatas invaden su cerebro... un curita de San Alfonso habla incansablemente sobre la eternidad y el recibimiento de los ángeles en el cielo.
El olor de la casa ha muerto. La cocina cerrada ha guardado para sí entre los cajones y las claraboyas la fragancia del membrillo y la guayaba, la mora silvestre de las haciendas y el amarillo fulgor de las yemas de huevo utilizadas por cientos en los barquillos, alfajores, chumales y otras delicias. En la casa la memoria ha perdido su olor.

-6-

Mi madre me llama. ¡pide mi brazo!... bajamos uno a uno los escalones.
En la calle nos espera la realidad mediocre, Cuenca nos muestra su cara pintarrajeada: han huido las veredas angostas, los adoquines, las rejas del parque, los poetas y su Fiesta de la Lira, las panaderas de Todos Santos, la chola cuencana con su paño bordado y su guagua cargado en las espaldas, sus puentes rotos y sus ríos.
La lengua del tiempo nos absorbe lentamente.


Mi madre me llama. ¡pide mi brazo!... bajamos uno a uno los escalones.
En la calle nos espera la realidad mediocre, Cuenca nos muestra su cara pintarrajeada: han huido las veredas angostas, los adoquines, las rejas del parque, los poetas y su Fiesta de la Lira, las panaderas de Todos Santos, la chola cuencana con su paño bordado y su guagua cargado en las espaldas, sus puentes rotos y sus ríos.
La lengua del tiempo nos absorbe lentamente.

No hay comentarios:

Publicar un comentario