jueves, 15 de diciembre de 2011

EL CALLEJÓN DE LOS EUCALIPTOS


ARTURO CUESTA HEREDIA


No podía soportar el ansia de salir al callejón de los eucaliptos.

La casa de la hacienda era de un solo piso, blanca, con puertas azules y, en los corredores, los zambos parecían bueyes con pintas blancas. Me agradaba un sonido que no sé si sería de un reloj de pared o de una piedra pómez.
Mamá debía tener veintiséis años, gordita, y sus ojos y su voz eran una misma cosa. Dormía en su cama. Recuerdo la luz de la vela en su cuarto, pero de papá no recuerdo. Sin embargo, él debía vivir porque había muchos caballos, mu­chos árboles y muchos indios.
Estaba desesperado por salir esa mañana, pero lloré al dejar la cama de mamá. Seguramente, ella debió vestirme y santiguarme. Pero de esto no recuerdo nada.
Afuera, con mi ponchito y mis alpargatas, estaba feliz. Un perfume de retamas dominaba el aire. Las gallinas hacían un alboroto atroz. Un gallo sargentón me miraba con altanería.
Más allá del callejón de eucaliptos, vivía el señor Coronel y a su casa había ido una vez con la Ana María. La casa estaba en un bajo, rodeada de pequeñas piedras con musgo, y me parece que vi a unas pelirrojas con caras dulzonas de muñecas de trapo, que bien podían ser las hermanas o las hijas del señor Coronel. A la entrada, en la hierba crecida en círculos imperfectos, se proyectaba una sombra rara como de un árbol podado. Probablemente se trataba de una Cruz.
Hago lo posible por no gritar. El callejón de los eucalip­tos tenía algo como música y algo como la idea de los ángeles y las mujeres desnudas. Esa mañana yo decía cosas que no sé qué serían y me sentía un caballo hermoso. El molino de pencas de la toma daba \a vuelta lo mismo que uno de veras.
Hay cosas que veo como si fueran de hoy: el verde de botella del agua de la toma, los asnos pajizos del señor Coronel. El sol entraba en el callejón de los eucaliptos como si entrara en un cuarto.
El Manuel, sobrino de la Ana María, era un muchachote y, seguramente, él y la Ana María nos llevaban a los chicos a tomar leche de burra donde el señor Coronel. Me parece a veces que yo iba cargado del Manuel, pero a veces me parece que no, y es como si me viera caminando con mis hermanos, el Genaro, el menor, el cabezón del Pepe y el Germán, el mayor. Estoy casi seguro de que a mi hermana Lolita no la vi en ningún momento.
La veo clarito a la Ana María, morena y delgada como una caña tierna de maíz. Iba con nosotros como saltando, como bailando. El Pepe hacía bulla con un tambor de lata y cantaba, cantaba.
El Manuel sabía contar cuentos y abría sus labios como se abre un libro. De esto tengo memoria por cosas de algún tiempo después. Pero sí recuerdo que esa mañana en el callejón de los eucaliptos hablaba de algo que daba miedo. El chiquito Genaro se puso a llorar, creo que de hambre porque había un buen trecho a la casa del señor Coronel.
El señor Coronel era la personificación de los abuelos, con la boca perdida en la barba, y hablaba como llamando.
Al llegar a su casa no me sentía ya el caballo hermoso, me sentía como desaparecido. De lo que pasó, no podría decir ni una palabra.
No sé como regresamos. Hacia el huerto de los manzanos oí un clarísimo relincho y un sonido metálico que agradaba. En la gradería de piedra temblaban unos pies delicados y el Manuel sostenía la cabecita de la Ana Maria. Llovía mucho. Alguien hablaba de perros bravos. Un hombre pipón, con un sombrerote, rozagante y parecido a los payasos,| andaba haciendo sonar algo como campanillas, y olía a lana mojada y remedios. Unos hombres de piernas de osos y camisas de vivos colores, se movían pesados en el enorme patio.
¡Ah!, vi espantados los asnos pajizos del señor Coronel.
En fin, son tan vagos los recuerdos de la salida al callejón de los eucaliptos... Pero en mi memoria se guardan cosas de fascinación y miedo.
¡Tantos años idos! Mis hermanos son hombres formados, la hacienda se vendió, mis padres están muertos.
Hace poco murió de viejita la Ana María y, al ponerle en la caja, descubrí que tenía una enorme cicatriz en el tobillo, a manera de una hoz. Y clareó mi mente como una estrella en la niebla: los perros bravos del señor Coronel que se escaparon...

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