ARTURO CUESTA HEREDIA
No podía soportar el ansia de
salir al callejón de los eucaliptos.
La casa de la hacienda era de un
solo piso, blanca, con puertas azules y, en los corredores, los
zambos parecían bueyes con pintas blancas. Me agradaba un sonido que
no sé si sería de un reloj de pared o de una piedra pómez.
Mamá debía tener veintiséis
años, gordita, y sus ojos y su voz eran una misma cosa. Dormía en
su cama. Recuerdo la luz de la vela en su cuarto, pero de papá no
recuerdo. Sin embargo, él debía vivir porque había muchos
caballos, muchos árboles y muchos indios.
Estaba desesperado por salir esa
mañana, pero lloré al dejar la cama de mamá. Seguramente, ella
debió vestirme y santiguarme. Pero de esto no recuerdo nada.
Afuera,
con mi ponchito y mis alpargatas, estaba feliz. Un perfume de retamas
dominaba el aire. Las gallinas hacían un alboroto atroz. Un gallo
sargentón me miraba con altanería.
Más
allá del callejón de eucaliptos,
vivía el señor Coronel y a su casa había ido una vez con la Ana
María. La casa estaba en un bajo, rodeada de pequeñas piedras con
musgo, y me parece que vi a unas pelirrojas con caras dulzonas de
muñecas de trapo, que bien podían ser las hermanas o las hijas del
señor Coronel. A la entrada, en la hierba crecida en círculos
imperfectos, se proyectaba una sombra rara como de un árbol podado.
Probablemente se trataba de una Cruz.
Hago
lo posible por no gritar. El callejón de los eucaliptos tenía
algo como música y algo como la idea de los ángeles y las mujeres
desnudas. Esa mañana yo decía cosas que no sé qué serían y me
sentía un caballo hermoso. El molino de pencas de la toma daba \a
vuelta
lo mismo que uno de veras.
Hay cosas que veo como si fueran
de hoy: el verde de botella del agua de la toma, los asnos pajizos
del señor Coronel. El sol entraba en el callejón de los eucaliptos
como si entrara en un cuarto.
El Manuel, sobrino de la Ana
María, era un muchachote y, seguramente, él y la Ana María nos
llevaban a los chicos a tomar leche de burra donde el señor Coronel.
Me parece a veces que yo iba cargado del Manuel, pero a veces me
parece que no, y es como si me viera caminando con mis hermanos, el
Genaro, el menor, el cabezón del Pepe y el Germán, el mayor. Estoy
casi seguro de que a mi hermana Lolita no la vi en ningún momento.
La veo clarito a la Ana María,
morena y delgada como una caña tierna de maíz. Iba con nosotros
como saltando, como bailando. El Pepe hacía bulla con un tambor de
lata y cantaba, cantaba.
El
Manuel sabía contar cuentos y abría sus labios como se abre un
libro. De esto tengo memoria por cosas de algún tiempo después.
Pero sí recuerdo que esa mañana en el callejón de los eucaliptos
hablaba de algo que daba miedo. El chiquito Genaro se puso a llorar,
creo que de hambre porque había un buen trecho a la casa del señor
Coronel.
El
señor
Coronel era la personificación de los abuelos, con la boca perdida
en la barba, y hablaba como llamando.
Al
llegar a su casa no me sentía ya
el caballo hermoso, me sentía como desaparecido. De lo que pasó,
no podría decir ni una palabra.
No
sé como regresamos.
Hacia el huerto de los manzanos oí un clarísimo relincho y un
sonido metálico que agradaba. En la gradería de piedra temblaban
unos pies delicados y el Manuel sostenía la cabecita de la Ana
Maria. Llovía mucho. Alguien hablaba de perros bravos. Un hombre
pipón, con un sombrerote, rozagante y parecido a los payasos,|
andaba haciendo sonar algo como campanillas, y olía a lana mojada y
remedios. Unos hombres de piernas de osos y camisas de vivos colores,
se movían pesados en el enorme patio.
¡Ah!,
vi espantados los asnos pajizos del señor Coronel.
En
fin, son tan vagos los
recuerdos de la salida al callejón de los eucaliptos... Pero en mi
memoria se guardan cosas de fascinación y miedo.
¡Tantos
años idos! Mis hermanos son hombres formados,
la hacienda se vendió, mis padres están muertos.
Hace
poco murió de viejita la
Ana María y, al ponerle en la caja, descubrí que tenía una enorme
cicatriz en el tobillo, a manera de una hoz. Y clareó mi mente como
una estrella en la niebla: los perros bravos del señor Coronel que
se escaparon...

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