jueves, 15 de diciembre de 2011

ARRABALEANDO CON NERUDA




Catalina Sojos


Tango del Viudo


Oh Maligna, ya habrás hallado la carta, ya habrás llorado de furia,
y habrás insultado el recuerdo de mi madre
llamándola perra podrida y madre de perros,
ya habrás bebido sola, solitaria, el té del atardecer
mirando mis viejos zapatos vacíos para siempre
y ya no podrás recordar mis enfermedades, mis sueños nocturnos, mis comidas,
sin maldecirme en voz alta como si estuviera allí aún
quejándome del trópico de los coolíes corringhis,
de las venenosas fiebres que me hicieron tanto daño
y de los espantosos ingleses que odio todavía.
Maligna, la verdad, qué noche tan grande, qué tierra tan sola!
He llegado otra vez a los dormitorios solitarios,
a almorzar en los restaurantes comida fría, y otra vez
tiro al suelo los pantalones y las camisas,
no hay perchas en mi habitación, ni retratos de nadie en las paredes.
Cuánta sombra de la que hay en mi alma daría por recobrarte,
y qué amenazadores me parecen los nombres de los meses,
y la palabra invierno qué sonido de tambor lúgubre tiene.
Enterrado junto al cocotero hallarás más tarde
el cuchillo que escodí allí por temor de que me mataras,
y ahora repentinamente quisiera oler su acero de cocina
acostumbrado al peso de tu mano y al brillo de tu pie:
bajo la humedad de la tierra, entre las sordas raíces,
de los lenguajes humanos el pobre sólo sabría tu nombre,
y la espesa tierra no comprende tu nombre
hecho de impenetrables y substancias divinas.
Así como me aflige pensar en el claro día de tus piernas
recostadas como detenidas y duras aguas solares,
y la golondrina que durmiendo y volando vive en tus ojos,
y el perro de furia que asilas en el corazón,
así también veo las muertes que están entre nosotros desde ahora,
y respiro en el aire la ceniza y lo destruido,
el largo, solitario espacio que me rodea para siempre.
Daría este viento del mar gigante por tu brusca respiración
oída en largas noches sin mezcla de olvido,
uniéndose a la atmósfera como el látigo a la piel del caballo.
Y por oírte orinar, en la oscuridad, en el fondo de la casa,
como vertiendo una miel delgada, trémula, argentina, obstinada,
cuántas veces entregaría este coro de sombras que poseo,
y el ruido de espaldas inútiles que se oye en mi alma,
y la paloma de sangre que está solitaria en mi frente
llamando cosas desaparecidas, seres desaparecidos,
substancias extrañamente inseparables y perdidas.



El poema “El tango del viudo” creado a partir de una experiencia impactante para Neruda es, quizá, uno de los menos conocidos. La belleza del texto radica en esa mezcla de ternura y erotismo manejada magistralmente.
El poeta comienza su declaración de amor y culpa a Josie Bliss al compás de un tango arrabalero con una exclamación Oh Maligna que cobra una dimensión absolutamente inusual y engloba todo aquello a lo cual el amante se referirá subsecuentemente. Maligna, hechizada y hechicera perversa, pero también como apelativo tierno, compasivo, incluso cariñoso al cual volverá en la segunda estrofa para quejarse de la soledad a la que se verá abocado luego de la abrupta decisión de abandonarla.
Y continúa marcando su cadencia con las suposiciones utilizadas a través del pasado imperfecto del verbo haber con lo cual logra revelar casi fotográficamente la música del tango, a la vez que describe los estados de ánimo por los cuales su antigua amante se irá derrumbando hasta encontrar la ausencia irreversible del poeta.
.../ya habrás hallado la carta, ya habrás llorado de furia,
y habrás insultado el recuerdo de mi madre.../

.../ ya habrás bebido sola, solitaria, el té del atardecer
mirando mis viejos zapatos vacíos para siempre.../
para inmediatamente cambiar de ritmo y rememorar los momentos vividos, la naturaleza extraña, los ritos, costumbres y sentimientos desbordados ante “los espantosos ingleses que odio todavía” a los que alude junto a “ las venenosas fiebres que me hicieron tanto daño”
Corta el texto Neruda con aquel verso referido anteriormente
Maligna, la verdad, qué noche tan grande, qué tierra tan sola!

compara y recuerda la tierra dorada y selvática plena de sonidos en contraste con esta verdad que se extiende en la noche grande, inmensa, verso que ilumina los siguientes que describen su condición de solitario trashumante de hoteles y restaurantes, de comida fría y dormitorios en donde la ausencia de la mujer permite que caigan al suelo sus vestimentas, con desidia, y en los que la indiferencia se hace presente hasta en el último resquicio de esas paredes huérfanas de retratos y recuerdos.
He llegado otra vez a los dormitorios solitarios,
a almorzar en los restaurantes comida fría, y otra vez
tiro al suelo los pantalones y las camisas,
no hay perchas en mi habitación, ni retratos de nadie en las paredes
Y nuevamente vuelve la queja y el deseo de recuperar el hechizo que iluminaba los días perdidos, en contraste con la oscuridad que anega el alma y que le obliga a mirar a los meses venideros como amenazantes y malignos, hasta caer otra vez en el sonido de la música que sigue marcando su ritmo, esta vez en el selvático tambor añorado. Ritmo tenebroso como un son de enterramiento, en el invierno de la ausencia.

Cuánta sombra de la que hay en mi alma daría por recobrarte,
y qué amenazadores me parecen los nombres de los meses,
y la palabra invierno qué sonido de tambor lúgubre tiene.

Pero no es el cuerpo del escribiente el que encontrará la mujer sino el cuchillo enterrado y escondido por temor y al que el poeta confiere condiciones humanas como una extensión de ese cuerpo añorado y temido y al cual súbitamente evoca,
y ahora repentinamente quisiera oler su acero de cocina
acostumbrado al peso de tu mano y al brillo de tu pie:

Neruda no se detiene y le otorga voz y oído

bajo la humedad de la tierra, entre las sordas raíces,
de los lenguajes humanos el pobre sólo sabría tu nombre,

es decir todos los sentidos del tacto, la mirada, el olfato, el gusto se hacen presentes recordándonos el trato familiar, doméstico de aquella que posee un nombre inasible y etéreo el cual la tierra no consigue intuir

y la espesa tierra no comprende tu nombre
hecho de impenetrables substancias divinas

esencias que amalgaman lo pérfido y lo noble, lo impalpable y lo corpóreo. Y es entonces cuando el poeta regresa a la luz para describirnos el cuerpo de su amante; sus piernas recostadas y detenidas en el tiempo como “duras aguas solares” sus ojos como hábitat de una golondrina, para terminar con la cueva del corazón en donde se asila la furia.

Así como me aflige pensar en el claro día de tus piernas
recostadas como detenidas y duras aguas solares,
y la golondrina que durmiendo y volando vive en tus ojos,
y el perro de furia que asilas en el corazón,

Y otra vez vuelve el tango, regresa la tristeza, la nostalgia, llega la muerte en el aire, las muertes diarias de las ausencias dilatadas, la ceniza de los amores frustrados, ese espacio vacío

así también veo las muertes que están entre nosotros desde ahora,
y respiro en el aire la ceniza y lo destruido,
el largo, solitario espacio que me rodea para siempre.

Y compara en su saudade la respiración de la amante siniestra con el aire del mar descomunal, esa respiración desapacible escuchada en noches largas de terror en donde se grafica como un látigo en la espalda del amante el hálito maléfico
Daría este viento del mar gigante por tu brusca respiración
oída en largas noches sin mezcla de olvido,
uniéndose a la atmósfera como el látigo a la piel del caballo.

Para concluir con esos versos de devoción y erotismo sin igual en los que describe un acto cotidiano, natural y lo transfigura en palabras de inusual belleza

Y por oírte orinar, en la oscuridad, en el fondo de la casa,
como vertiendo una miel delgada, trémula, argentina, obstinada,
cuántas veces entregaría este coro de sombras que poseo,

otra vez la antítesis, la luz y la oscuridad, la miel delgada, trémula, plagada de ternuras, la claridad argentina, rompiendo las opacidades, en el fondo del hogar, que se transforma nuevamente en sonido, ya no como música sino ruido aleteo de espaldas inútiles, esas espaldas del adiós obligado, quedando únicamente ese coro de sombras palabras que el poeta amante posee y que convocan al pensamiento incrustado como paloma de sangre en la frente para seguir en un eco interminable
llamando cosas desaparecidas, seres desaparecidos,
substancias extrañamente inseparables y perdidas.

No hay comentarios:

Publicar un comentario