Catalina Sojos
Tango del Viudo
Oh Maligna, ya habrás hallado la carta, ya habrás
llorado de furia,
y habrás insultado el recuerdo de mi madre
llamándola perra podrida y madre de perros,
ya habrás bebido sola, solitaria, el té del atardecer
mirando mis viejos zapatos vacíos para siempre
y ya no podrás recordar mis enfermedades, mis sueños nocturnos, mis comidas,
sin maldecirme en voz alta como si estuviera allí aún
quejándome del trópico de los coolíes corringhis,
de las venenosas fiebres que me hicieron tanto daño
y de los espantosos ingleses que odio todavía.
y habrás insultado el recuerdo de mi madre
llamándola perra podrida y madre de perros,
ya habrás bebido sola, solitaria, el té del atardecer
mirando mis viejos zapatos vacíos para siempre
y ya no podrás recordar mis enfermedades, mis sueños nocturnos, mis comidas,
sin maldecirme en voz alta como si estuviera allí aún
quejándome del trópico de los coolíes corringhis,
de las venenosas fiebres que me hicieron tanto daño
y de los espantosos ingleses que odio todavía.
Maligna, la verdad, qué noche tan grande, qué
tierra tan sola!
He llegado otra vez a los dormitorios solitarios,
a almorzar en los restaurantes comida fría, y otra vez
tiro al suelo los pantalones y las camisas,
no hay perchas en mi habitación, ni retratos de nadie en las paredes.
Cuánta sombra de la que hay en mi alma daría por recobrarte,
y qué amenazadores me parecen los nombres de los meses,
y la palabra invierno qué sonido de tambor lúgubre tiene.
He llegado otra vez a los dormitorios solitarios,
a almorzar en los restaurantes comida fría, y otra vez
tiro al suelo los pantalones y las camisas,
no hay perchas en mi habitación, ni retratos de nadie en las paredes.
Cuánta sombra de la que hay en mi alma daría por recobrarte,
y qué amenazadores me parecen los nombres de los meses,
y la palabra invierno qué sonido de tambor lúgubre tiene.
Enterrado junto al cocotero hallarás más tarde
el cuchillo que escodí allí por temor de que me mataras,
el cuchillo que escodí allí por temor de que me mataras,
y ahora repentinamente quisiera oler su acero de
cocina
acostumbrado al peso de tu mano y al brillo de tu pie:
bajo la humedad de la tierra, entre las sordas raíces,
de los lenguajes humanos el pobre sólo sabría tu nombre,
y la espesa tierra no comprende tu nombre
hecho de impenetrables y substancias divinas.
acostumbrado al peso de tu mano y al brillo de tu pie:
bajo la humedad de la tierra, entre las sordas raíces,
de los lenguajes humanos el pobre sólo sabría tu nombre,
y la espesa tierra no comprende tu nombre
hecho de impenetrables y substancias divinas.
Así como me aflige pensar en el claro día de tus
piernas
recostadas como detenidas y duras aguas solares,
y la golondrina que durmiendo y volando vive en tus ojos,
y el perro de furia que asilas en el corazón,
así también veo las muertes que están entre nosotros desde ahora,
y respiro en el aire la ceniza y lo destruido,
el largo, solitario espacio que me rodea para siempre.
recostadas como detenidas y duras aguas solares,
y la golondrina que durmiendo y volando vive en tus ojos,
y el perro de furia que asilas en el corazón,
así también veo las muertes que están entre nosotros desde ahora,
y respiro en el aire la ceniza y lo destruido,
el largo, solitario espacio que me rodea para siempre.
Daría este viento del mar gigante por tu brusca
respiración
oída en largas noches sin mezcla de olvido,
uniéndose a la atmósfera como el látigo a la piel del caballo.
Y por oírte orinar, en la oscuridad, en el fondo de la casa,
como vertiendo una miel delgada, trémula, argentina, obstinada,
cuántas veces entregaría este coro de sombras que poseo,
y el ruido de espaldas inútiles que se oye en mi alma,
y la paloma de sangre que está solitaria en mi frente
llamando cosas desaparecidas, seres desaparecidos,
substancias extrañamente inseparables y perdidas.
oída en largas noches sin mezcla de olvido,
uniéndose a la atmósfera como el látigo a la piel del caballo.
Y por oírte orinar, en la oscuridad, en el fondo de la casa,
como vertiendo una miel delgada, trémula, argentina, obstinada,
cuántas veces entregaría este coro de sombras que poseo,
y el ruido de espaldas inútiles que se oye en mi alma,
y la paloma de sangre que está solitaria en mi frente
llamando cosas desaparecidas, seres desaparecidos,
substancias extrañamente inseparables y perdidas.
El
poema “El tango del viudo” creado a partir de una experiencia
impactante para Neruda es, quizá, uno de los menos conocidos. La
belleza del texto radica en esa mezcla de ternura y erotismo manejada
magistralmente.
El
poeta comienza su declaración de amor y culpa a Josie Bliss al
compás de un tango arrabalero con una exclamación
Oh Maligna
que cobra una dimensión absolutamente inusual y engloba todo aquello
a lo cual el amante se referirá subsecuentemente. Maligna, hechizada
y hechicera perversa, pero también como apelativo tierno, compasivo,
incluso cariñoso al cual volverá en la segunda estrofa para
quejarse de la soledad a la que se verá abocado luego de la abrupta
decisión de abandonarla.
Y
continúa marcando su cadencia con las suposiciones utilizadas a
través del pasado imperfecto del verbo haber con lo cual logra
revelar casi fotográficamente la música del tango, a la vez que
describe los estados de ánimo por los cuales su antigua amante se
irá derrumbando hasta encontrar la ausencia irreversible del poeta.
.../ya
habrás hallado la carta, ya habrás llorado de furia,
y habrás insultado el recuerdo de mi madre.../
.../ ya habrás bebido sola, solitaria, el té del atardecer
mirando mis viejos zapatos vacíos para siempre.../
y habrás insultado el recuerdo de mi madre.../
.../ ya habrás bebido sola, solitaria, el té del atardecer
mirando mis viejos zapatos vacíos para siempre.../
para
inmediatamente cambiar de ritmo y rememorar los momentos vividos, la
naturaleza extraña, los ritos, costumbres y sentimientos desbordados
ante “los espantosos ingleses que odio
todavía” a
los que alude junto a “ las venenosas
fiebres que me hicieron tanto daño”
Corta
el texto Neruda con aquel verso referido anteriormente
Maligna,
la verdad, qué noche tan grande, qué tierra tan sola!
compara
y recuerda la tierra dorada y selvática plena de sonidos en
contraste con esta verdad que se extiende en la noche grande,
inmensa, verso que ilumina los siguientes que describen su
condición de solitario trashumante de hoteles y restaurantes, de
comida fría y dormitorios en donde la ausencia de la mujer permite
que caigan al suelo sus vestimentas, con desidia, y en los que la
indiferencia se hace presente hasta en el último resquicio de esas
paredes huérfanas de retratos y recuerdos.
He
llegado otra vez a los dormitorios solitarios,
a almorzar en los restaurantes comida fría, y otra vez
tiro al suelo los pantalones y las camisas,
no hay perchas en mi habitación, ni retratos de nadie en las paredes
a almorzar en los restaurantes comida fría, y otra vez
tiro al suelo los pantalones y las camisas,
no hay perchas en mi habitación, ni retratos de nadie en las paredes
Y
nuevamente vuelve la queja y el deseo de recuperar el hechizo que
iluminaba los días perdidos, en contraste con la oscuridad que anega
el alma y que le obliga a mirar a los meses venideros como
amenazantes y malignos, hasta caer otra vez en el sonido de la música
que sigue marcando su ritmo, esta vez en el selvático tambor
añorado. Ritmo tenebroso como un son de enterramiento, en el
invierno de la ausencia.
Cuánta
sombra de la que hay en mi alma daría por recobrarte,
y qué amenazadores me parecen los nombres de los meses,
y la palabra invierno qué sonido de tambor lúgubre tiene.
y qué amenazadores me parecen los nombres de los meses,
y la palabra invierno qué sonido de tambor lúgubre tiene.
Pero
no es el cuerpo del escribiente el que encontrará la mujer sino el
cuchillo enterrado y escondido por temor y al que el poeta confiere
condiciones humanas como una extensión de ese cuerpo añorado y
temido y al cual súbitamente evoca,
y
ahora repentinamente quisiera oler su acero de cocina
acostumbrado al peso de tu mano y al brillo de tu pie:
acostumbrado al peso de tu mano y al brillo de tu pie:
Neruda
no se detiene y le otorga voz y oído
bajo la humedad de la tierra, entre las sordas raíces,
de los lenguajes humanos el pobre sólo sabría tu nombre,
es
decir todos los sentidos del tacto, la mirada, el olfato, el gusto se
hacen presentes recordándonos el trato familiar, doméstico de
aquella que posee un nombre inasible y etéreo el cual la tierra no
consigue intuir
y
la espesa tierra no comprende tu nombre
hecho de impenetrables substancias divinas
hecho de impenetrables substancias divinas
esencias
que amalgaman lo pérfido y lo noble, lo impalpable y lo corpóreo. Y
es entonces cuando el poeta regresa a la luz para describirnos el
cuerpo de su amante; sus piernas recostadas y detenidas en el tiempo
como “duras aguas solares” sus ojos como hábitat de una
golondrina, para terminar con la cueva del corazón en donde se asila
la furia.
Así
como me aflige pensar en el claro día de tus piernas
recostadas como detenidas y duras aguas solares,
y la golondrina que durmiendo y volando vive en tus ojos,
y el perro de furia que asilas en el corazón,
recostadas como detenidas y duras aguas solares,
y la golondrina que durmiendo y volando vive en tus ojos,
y el perro de furia que asilas en el corazón,
Y
otra vez vuelve el tango, regresa la tristeza, la nostalgia, llega
la muerte en el aire, las muertes diarias de las ausencias dilatadas,
la ceniza de los amores frustrados, ese espacio vacío
así
también veo las muertes que están entre nosotros desde ahora,
y respiro en el aire la ceniza y lo destruido,
el largo, solitario espacio que me rodea para siempre.
y respiro en el aire la ceniza y lo destruido,
el largo, solitario espacio que me rodea para siempre.
Y
compara en su saudade la respiración de la amante siniestra con el
aire del mar descomunal, esa respiración desapacible escuchada en
noches largas de terror en donde se grafica como un látigo en la
espalda del amante el hálito maléfico
Daría
este viento del mar gigante por tu brusca respiración
oída en largas noches sin mezcla de olvido,
oída en largas noches sin mezcla de olvido,
uniéndose
a la atmósfera como el látigo a la piel del caballo.
Para
concluir con esos versos de devoción y erotismo sin igual en los que
describe un acto cotidiano, natural y lo transfigura en palabras de
inusual belleza
Y
por oírte orinar, en la oscuridad, en el fondo de la casa,
como vertiendo una miel delgada, trémula, argentina, obstinada,
cuántas veces entregaría este coro de sombras que poseo,
como vertiendo una miel delgada, trémula, argentina, obstinada,
cuántas veces entregaría este coro de sombras que poseo,
otra
vez la antítesis, la luz y la oscuridad, la miel delgada, trémula,
plagada de ternuras, la claridad argentina, rompiendo las opacidades,
en el fondo del hogar, que se transforma nuevamente en sonido, ya no
como música sino ruido aleteo de espaldas inútiles, esas espaldas
del adiós obligado, quedando únicamente ese coro de sombras
palabras que el poeta amante posee y que convocan al pensamiento
incrustado como paloma de sangre en la frente para seguir en un eco
interminable
llamando cosas desaparecidas, seres desaparecidos,
substancias extrañamente inseparables y perdidas.
substancias extrañamente inseparables y perdidas.

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