Efraín Jara Idrovo
En numerosas
oportunidades, Neruda reiteró su propensión a concebir y plasmar la
poesía en dilatados impulsos cíclicos. En efecto, lo relievante en
él es su voluntad creativa no obediente a súbitos estímulos
externos y estados emocionales, encarnados en breves o amplias
estructuras poemáticas que, adicionadas con criterio cronológico,
temático o agrupadas al azar, conforman un volumen de poesía. Lo
singular en Neruda es su tendencia a manifestarse, debido a la
torrencialidad de su estro, en vastas unidades, que reclaman la
extensión del libro y con frecuencia la desbordan y exigen la
globalidad del ciclo. Como certeramente apunta Emir Rodríguez
Monegal, Neruda no es en realidad autor de poemas, sino de libros y
ciclos de poesía. (1). Habría que añadir: la torrencialidad
incontenible, similar a la de Lope de Vega y Rubén Darío, explica
la falta de homogeneidad y excelencia expresivas, notoria en sus
libros y ciclos, incluso en un mismo poema, tal el caso del extenso
poema “Que despierte el leñador”, donde alternan lo más
empinado y fulgurante de su elan creador con las caídas más
aparatosas en el prosaísmo y la truculencia.
En el
sentido aludido anteriormente, un libro de poesía implica un
conjunto de textos cohesionados por un núcleo temático común o por
un sostenido impulso expresivo, capaz de unificarlos mediante un
temple peculiar y sus correspondientes rasgos de estilo, o ambas
cosas a la vez. Estos ingredientes otorgan al libro acusada
fisonomía, identidad orgánica y confieren a los poemas la calidad
de partes de una totalidad. Tratándose de Neruda acreditan ser
libros sensu stricto,
entre otros: Veinte poemas de amor y una canción desesperada, España
en el corazón, Los versos del capitán, Extravagario, Barcarola, La
espada encendida, El libro de las preguntas, etc. El ciclo, en
cambio, entraña una energía genésica excesiva, obligada a
prolongar su demasía más allá del ámbito del libro. Al oscuro
ímpetu vital, a la remoción de profundas y caudalosas
perentoriedades comunicativas, se añade entonces la lucidez del
artista, quien toma conciencia de ellas y se persuade de que no debe
desaprovecharlas, sino ampliarlas y encauzarlas en volúmenes
sucesivos de igual tónica y tesitura formal. La crítica ha
establecido algunos de los ciclos más compactos y unitarios, como
los conformados por Residencia en la tierra, El canto General y Odas
elementales. A este último dedicamos las breves anotaciones sobre
la novedosa estructura de sus poemas.
Las
encuestas realizadas a escala mundial sitúan a Neruda entre los
cinco poetas más relievantes del S. XX. Si a esto añadimos el
Premio Nobel, concedido a su labor poética, en el año 1971 y los
innumerables homenajes rendidos al poeta a lo largo de su vida fértil
en libros, violentada por infortunios y loada por sus aportes a la
literatura universal y a la lucha de los pueblos por la justicia y la
libertad, obtendremos la justificación del ingente cúmulo de la
bibliografía en torno a su producción y a su compromiso político
y social, aspectos indiscernibles de su combativa existencia. Se ha
abordado su obra desde muchas perspectivas encontradas, se han
explorado con minucia las motivaciones más recónditas de su pasión
creadora, se han estudiado con buido instrumental analítico sus
recursos y procedimientos que, no es arriesgado aseverar, se ha dicho
ya lo más importante sobre su obra y que la crítica posterior se
verá obligada a repetir, con ligeras variaciones, las grandes líneas
de su trayectoria poética.
Pero la
cantera nerudiana se muestra inagotable, cuando dichas aproximaciones
y abordamientos se contraen dentro de los límites de la
hermenéutica y del desmenuzamiento estilístico de textos
concretos; a problemas específicos, como asignación de poemas o
libros a un ciclo determinado; a los desajustes requeridos o
involuntarios entre ritmo y métrica; a los desentrañamientos de
ciertos símbolos, metáforas o alusiones; a las averiguaciones sobre
ambigüedades semánticas y quiebras sintácticas, etc. Como sucedió
con Góngora luego de la celebración del tercer centenario de su
nacimiento, en 1927: la crítica marca el paso sobre el terreno y se
empecina en puras cuestiones de detalle, que nada acrecen al proceso
y evaluación integral de su obra. Habrá que esperar un prolongado
lapso para que las inquisiciones nerudianas hallen nuevas respuestas
esenciales, gracias a renovados métodos de indagación y técnicas
de análisis. Por lo mismo, no se pida mayores esclarecimientos a
estas simples notas sobre las odas de Neruda, estudio iniciado con
aguda penetración por Jaime Alazraki, algunos de cuyos postulados
nos orientarán en la presente exposición.
Empecemos
por hacernos cuestión de la nominación del ciclo con dos
interrogaciones: ¿qué son las odas? y ¿por qué la rotulación de
elementales?. La poética designa con el término griego
ode, equivalente al español canto, a un tipo
de composición de la lírica coral doria, íntimamente relacionada
con la música y elevada a forma arquetípica por Píndaro, allá en
la encrucijada de los siglos VI y V a. de C. Temáticamente la oda
reviste dentro de su básica función celebratoria, extrema variedad:
se encomia a personajes cimeros de la nobleza, gobernantes, mecenas,
héroes y triunfadores de las lides atléticas; a países, ciudades y
paisajes. El cometido enaltecedor suele extenderse también a
circunstancias de la vida individual y colectiva: se alaba los
arrebatos del amor y la alegría de vivir. Con frecuencia, la oda
asume índole satírica y execratoria o se presenta, arremansada y
serena, a título de reflexión existencial. En lo que respecta al
aspecto formal, la oda exhibe una estructura triádica, compuesta de
estrofa, antistrofa y epistrofa o epodo: las dos primeras de ajustada
estructura simétrica y la última de construcción más libre. En
la lírica renacentista española se conserva la elaboración de la
oda con estrofas iguales, desechada por los poetas del s. XX,
especialmente por Neruda o sometidas a riguroso recuento silábico,
como el García Lorca de Oda a Salvador Dalí.
La segunda
interrogante impone el deslindamiento de distintas vertientes
significativas del vocablo elemental.
El termino alude a los principios fundamentales que entran en la
composición del algo; a lo no descomponible en partes menores y, por
lo mismo, equivalente a básico, simple y sencillo. En sentido
figurado “elemental” se refiere a lo obvio por evidente y de
fácil intelección o a las fuerzas primordiales de la naturaleza.
Es perfectamente practicable advertir la plural intención
significativa con que Neruda califica de elementales a sus odas. Ha
dejado atrás las tribulaciones y desgarramientos causados por el
desposeimiento y la soledad en los hostiles países de Oriente, donde
fungió de agente consular y configurando uno de los cuerpos
poéticos más representativos e innovadores de la lírica universal,
Residencia en la tierra, ciclo confuso y caótico, obsedido por la
degradación material y humana, producida por la acción corrosiva
del tiempo y de la muerte. Ha batallado en España contra el
fascismo y encontrado sentido para su vida al ponerse del lado de la
libertad y dignidad humanas y ha concretado su beligerancia en las
páginas imprecatorias y desmesuradas de España en el corazón. Su
militancia en el Partido Comunista y su acción política lo
condenaron a la persecución y el destierro, pero en los días de
clandestinidad en su patria dio cima al Canto general, titánico
ciclo épico-lírico de exaltación de la naturaleza del Nuevo
Continente y de la lucha del hombre americano por su liberación del
colonialismo y la miseria y testimonio dramático de sus propias
congojas y vicisitudes.
Después de
su regreso apoteósico a Chile y al coronar los cincuenta años de
existencia, en 1954, publica Odas elementales, volumen seguido en
1956 por Nuevas odas elementales y, en 1957, por Tercer libro de
las odas. Para entonces Neruda ha perfilado con severidad, a través
de entrevistas y conferencias, las líneas maestras de su poética,
adscrita a la estética del realismo socialista. Son años de
madurez vital y poética. Su magia verbal ha encontrado en la oda
nuevos cauces para las oscilaciones de su sensibilidad,
intensificada por el deslumbramiento ante la portentosa y variada
riqueza del mundo inmediato chileno y americano, ahora más
entrañables después del acoso del gobierno de Gonzáles Videla, la
ausencia obligada y el soplo vivificante del amor, del amor
definitivo por Matilde Urrutia quien lo alentará hasta sus días
postreros.
La oda fue
género de la antigüedad clásica, volcada hacia la función
pública, como sucedió con Simónides y Pindaro. Fue el vehículo
para la celebración de las ciudades - estados, los dioses, los
gobernantes , los héroes, las conmemoraciones cívicas, religiosas y
deportivas, y revestía carácter solemne, lindante con lo sagrado.
A veces, y lo confirma Horacio, se inclinaba al ahondamiento
meditativo sobre el carpe diem
y el beatus ille .
Pero lo común a la oda, conforme recalca Kurt Spang (3) es el
abordamiento forzoso a “temas concretos, sobre realidades
concretas, próximas al poeta”. Si nos remitimos a las odas
nerudianas no solicitará empeño enérgico verificar las
concomitancias y diferencias con las notas enunciadas. En Neruda,
el yo exacerbado, angustiado y lacerado de Veinte poemas de amor y
Residencia en la tierra y prevaleciente aún en Canto General, cede
el protagonismo a la colectividad. Cuando ese yo reaparece, lo hace
para declarar sus deberes y preocupaciones para con el sujeto
colectivo, iteradas en la composición “El hombre invisible”,
poema inaugural de Odas elementales:
yo quiero
que
todos vivan
y
canten en mi canto,
yo no tengo importancia,
no
tengo tiempo
para
mis asuntos.
Son
incontables las citas a las que se podría apelar para la
confirmación del repudio de lo personal en aras del servicio a la
comunidad. En cuanto a la celebración, esta no se dirige a
personajes, objetos o sucesos descollantes, sino a seres, cosas y
situaciones inadvertidas por su falta de relieve e importancia: el
caldillo de congrio, la cebolla, el alambre de púa, el tomate, el
jabón, el diccionario, la papa, la lagartija, etc. Lo cual no
obsta para que el encomio se enderece hacia realidades usualmente
tenidas por poéticas: el amor, el pájaro, la flor, el fuego, la
lluvia, la tierra, el mar, las estrellas, la luna, la rosa, etc. O
que derive hacia figuras de trascendencia planetaria, tales como
Jorge Manrique, Jean Arhur Rimbaud, Paul Robeson y César Vallejo;
o a ciudades enraizadas en el corazón del poeta, como Río de
Janeiro, Valparaíso y Leningrado.
Sin
embargo, lo sorprendente constituye la imantación del interés del
poeta por las criaturas y objetos pequeños e inadvertidos por la
atención general hacia los temas sancionados como prosaicos, más
aún, como antipoéticos. Las odas nerudianas son elementales
precisamente por detenerse ante estos ínfimos componentes de la
realidad, como lo serían la farmacia, el hígado, la alcachofa, la
oreja, el aire, el átomo, etc., tenidos por vulgares e
inadvertidos. Y las odas nerudianas revisten también índole
elemental, por estar elaboradas con lenguaje llano y coloquial,
asequible aún a los estratos más hondos del pueblo: los de los
desheredados y analfabetos, a los cuales codicia el autor llegar con
su mensaje de amor y solidaridad, sin renunciar por ello a los
momentos de preciosismo y regodeo estético. Un escarabajo, por
ejemplo, enseña aspecto trivial y repugnante, pero ya no lo es si el
poeta lo presenta, asimilado a la música, como insecto de color de
un violín.
Ahora bien,
la estructura trimembre de la oda clásica renuncia a la rigidez y
complejidad en la nerudiana; se torna flexible, maleable y libérrima
en lo tocante a construcción, métrica y segmentación estrófica,
plegándose de esta manera a las necesidades expresivas del poeta.
El esquema trimembre compuesto de estrofa, antistrofa y epistrofa o
epodo, constituye únicamente un formato referencial, mera guía de
orientación constructiva, notoria a golpe de ojo, apenas perceptible
o esfumada por completo. La factura triádica se torna patente a
simple vista, por la división en estancias de número irregular de
líneas versales, separadas por rotundo punto aparte; o se traslapan,
volviendo difícil su identificación; o se funden y confunden en un
sólo cuerpo, en un continuum discursivo sin segmentaciones, como
ocurre en Oda a la alcachofa. Jaime Alazraki asocia los tres
componentes de la oda con las tres fases del movimiento dialéctico:
tesis, antítesis y síntesis. En la estrofa se plantea el tema, en
algunas oportunidades precedida de un corto episodio anecdótico, que
le sirve de introducción. La estrofa o tesis expone el tema,
describe y pondera sus excelencias, subrayándolas con imágenes
deslumbrantes por su primor y exactitud. Para ilustrar lo anterior,
transcribimos las líneas iniciales de Oda a la cebolla:
Cebolla,
luminosa
redoma,
pétalo
a pétalo
se formó tu hermosura,
escamas de cristal se acrecentaron
y en el secreto de la tierra oscura
se redondeó tu vientre de rocío.
En la
antiestrofa o antítesis se contrapone a la belleza del ente
exaltado, la utilidad que puede obtenerse de él, la amenaza pronta a
desencadenarse por la desviación de su uso y la carencia de sus
dádivas, que afecta principalmente a los pobres, a quienes se
infunde ánimo para luchar por su consecución. Es imperioso
recordar que las odas nerudianas registran evidente propósito
didáctico y, en consecuencia, relievan en la antistrofa, junto al
encanto intrínseco de las cosas, advertido por el poeta, su función
pragmática, su aprovechamiento inmediato por parte de los humildes.
Cumple así la poesía con la vieja consigna horaciana: prodesse
et delectare, deleitar con la belleza del
canto y, simultáneamente, enseñar a servirse de los dones del mundo
y de la vida. Con posterioridad a la alabanza de la cebolla en la
estrofa, se consigna los beneficios dispensados por la degustación
de este bulbo, del cual magistralmente predica Neruda; “Nos hiciste
llorar sin afligirnos”.
Pero al
alcance
de
las manos del pueblo,
regada
con aceite,
espolvoreada
con
un poco de sal
matas
el hambre.
En la
antistrofa asoma la tentativa adoctrinadora del político, que no
desaprovecha la ocasión para aleccionar a los explotados y oprimidos
por el sistema inmisericorde. Puede optar la Oda de Neruda para tal
objetivo de la reflexión en torno a la situación social adversa de
los menesterosos y sobre la responsabilidad del poeta para
remediarlas y superarlas. De esta suerte, la oda cumple uno de los
cometidos instaurados por la oda clásica “tematizar el trabajo del
poeta y del creador en general” (7)
El remate
epódico o peristrofa, finalmente desemboca en una conclusión, en
una síntesis entre las posiciones estéticas e ideológicas de
Neruda. Además de enaltecer poética y prácticamente la realidad
con su canto, anhela desplegar cierto afán proselitista: frente a
las realidades concretas que realza y valoriza, trata de enmendar la
utilización nociva a que se encuentran expuestas. En la peristrofa o
síntesis se acepta, enmienda o rechaza sus usos bastardos,
transformados en abusos, y se exhorta a remediar estos conflictos en
un cierre con rol de moraleja.
Mucha cinta
de máquina de escribir y de impresora se ha consumido en los
conflictos de la versificación de las odas elementales. Para el
estudioso chileno Raúl Silva Castro (7), esas están elaboradas con
versos libres, es decir, con líneas de total franquía, redimidas
del recuento silábico, de la periodicidad en la distribución de
los acentos, de la coincidencia de las cumbres tonales y de la
reiteración de las articulaciones fonemáticas partir del último
acento obligado, o sea la rima (8). El verso libre rehuye la
forzosidad de estos factores determinantes del ritmo acústico; pero
para llamarse verso, no puede prescindir del ritmo, del flujo
cadencial estatuido por la atinada segmentación gramatical del
discurso, que explicita las fluctuaciones del pensamiento en su
despliegue lingüístico. Los versos no se escanden
atrabiliariamente donde a uno se le ocurre, sino que, al convertirse
en ritmo puramente mental, imponen sujeción al curso de la emisión
de la frase y de los cortes periódicos que la delimiten íntegramente
o destaquen los componentes oracionales. Neruda trabajó casi
siempre con formas métricas tradicionales -alejandrinos,
endecasílabos, eneasílabos y heptasílabos -, dislocados a
voluntad, cuando las necesidades comunicativas lo constreñían. El
error de Silva Castro estriba en presumir que, por afán
injustificado, Neruda distribuye en forma gratuita y caprichosa los
endecasílabos y heptasílabos dominantes en la escritura de las
odas, sin percatarse de que, cuando saltan los conflictos entre
métrica y ritmo, Neruda se decide por este último. Gracias al
enangostamiento de la métrica – líneas versales irregulares de
una, dos, tres y más sílabas -, que procura la imagen del
despeñamiento de la cascada, Neruda salva las fracturas del ritmo
endecasilábico y heptasílabico, que pasan inadvertidos por la
brevedad de los segmentos que parecen consonar con los patrones
rítmicos dominantes. Esbeltas como un delgado surtidor, las odas
impiden percibir las pequeñas quiebras métricas.
Decía
Mallarme que la única libertad concedida al poeta es la libertad
para crear sus propias reglas, Este aforismo encontró cumplida
realización en el ciclo de las odas elementales. La aguda
percepción de Neruda halló repertorio inagotable de temas en el
mundo de las cosas mínimas o menospreciadas y en su tratamiento
poético diáfano y amoroso: la forma exacta para patentizar el
trato con las gentes sencillas y esforzadas en su busca de la
esperanza; el lenguaje idóneo para llegar al pueblo y ofrecerle el
gozo de vivir y la fe en el futuro.

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