Marco
Tello
Catalina
Sojos despliega una dinámica labor de promoción y difusión en
diversos espacios culturales de Cuenca; pero ha cobrado mayor relieve
al elevarse con voz diáfana en el horizonte lírico nacional. Uno de
sus méritos –del que se preocupa esta nota- es haber acertado a
concentrar en la poesía los elementos constitutivos del imaginario
urbano.
Desde
el punto de vista generacional –ángulo de observación que
posiblemente escapa al caleidoscopio de criterios posmodernos-, ella
despunta en la segunda vertiente de la generación cuencana de 1954
(nacidos entre 1924 y 1953). Con mayor precisión, avanza junto al
grupo de personas nacidas entre 1939 y 1953, en el cual caminan
también, con paso más o menos acompasado, Alberto Ordóñez Ortiz,
Jorge Dávila Vázquez y Sara Vanégas Coveña, ya alumbrados por los
primeros resplandores posmodernos. Esta lumbre aún secreta los aleja
sensiblemente de las actitudes, percepciones y formas que habían
dado altura lírica a sus inmediatos predecesores, Efraín Jara
Idrovo y Rubén Astudillo y Astudillo -dos puntos extremos de
referencia en la cuadrícula temporal de la primera vertiente.
Lo
que sin duda llamó la atención del lector, a partir de la
publicación del poemario “Fuego”1,
fue el distanciamiento con respecto a la promoción anterior: la
novedad, manifiesta en el trazo instantáneo, fugaz, discontinuo de
la imagen; la ensoñación, no la elegía; la desnudez del lenguaje
-no la delusión- que persigue a la idea y la reviste de inocencia,
de frescura:
la
lógica locura
y
la incierta certeza
de
este amor
alcanzado
imaginario
único!
la
sorpresa desnuda
de
mi sangre
burbujeante
en
las aristas heladas
de
tu copa vacía
ven
desnúdate
de las palabras
permite
que las sílabas
correteen
la arena del silencio
¿escuchas
el zigzaguear de la alegría?
............................................
su
trazo mínimo
en
la envoltura de las horas?
olvida
el
hueco gris de la palabra
instaura
tu
presencia en la caricia súbita
del
fuego
¡navegarás mi infierno
liberaré tu cielo!
bésame
¡tu beso será la brasa
donde el idioma arda!
(Amo)
En
el poemario subsiguiente, “Tréboles marcados”2,
ella acumula en la primera parte los símbolos de un abigarrado
universo cotidiano, extraídos del natural, no de lo sobrenatural; es
la atmósfera de soledad y desamparo que la adolescente respiró en
el oscuro medio provinciano. Dominan en este recuadro los tonos
grises, las visiones tenebrosas compartidas por los integrantes de la
generación (lluvia escarlata, oxidadas láminas, charco de sangre,
colgajos del lenguaje, pared vacía, marea negra, sudor de la sombra,
tarde decapitada, ojos reventados, colección de coágulos, estiércol
de los días, silencio plagado de ruidos, dioses ahorcados). La
reiteración del verbo graznar,
en este y en el siguiente poemario, nos sobresalta con el recuerdo
del universo lóbrego de Poe, autor que ha gravitado en la
sensibilidad de muchos escritores y, por supuesto, de los poetas
cuencanos.
Pero
esta acumulación de símbolos podría bien interpretarse como una
revelación del tránsito espiritual de una ciudad que ha salido de
su enclaustramiento, luego de haber experimentado dos grandes etapas
de orden ideológico que modelaron el pasado; esto es, el salto
desde la extrema religiosidad a la actitud irreverente y al combate
anticlerical, antes de dar en el escepticismo, en la irreligiosidad
de la primera vertiente (Jara Idrovo, Moreno Heredia, Astudillo y
Astudillo). De modo que el desborde emocional de Catalina vendría
en este sentido a confirmar, ya en el brocal del tercer milenio, la
completa mutación del alma colectiva: el arte, la poesía en
particular –ya no el confesionario ni la sesión de psicoanálisis-,
han puesto a disposición de la segunda vertiente, sobre todo de la
mujer, su función catártica, descubrimiento que abrirá la
posibilidad de otras búsquedas, más o menos apartadas de la
soteriología, emprendidas ya por las figuras más promocionadas de
la generación de 1984.
En
la segunda parte del poemario, la memoria se sosiega, dominada por
una suerte de contención, por ese algo que podría llamarse
refinamiento neoparnasiano de vuelta al mito griego, una manera de
aprehender y de dar contorno simbólico a la realidad en su flanco
inasible. En suma, se trataría de otra manera de intentar la
redención –ya en la vía de la intertextualidad-, asida de lo
sustentable y permanente que pone a disposición el mundo inmutable
de lo clásico:
todavía
una
última idea colgaba
de
mi cuello
cuando
un tropel de medusas
como
las ramas de un árbol
se
hundió en tu frente
miré
por la ventana:
alguien
rompía sus alas sin saber
si
eran suyas o de otro
el
miedo derruyó
las
paredes porosas de tu rostro
mis
ojos abrieron la ventana:
las
palabras volaron hacia
el
árbol de medusas de tu frente
Corresponde
a la tercera parte del poemario el esfuerzo mayor: ahora la lengua se
adelgaza alrededor de unas imágenes cuyo efecto perturbador radica
precisamente -como en el Andrade y Cordero de “La catedral
sumergida” o en el Dávila Andrade de “Catedral salvaje”, dos
referentes de la generación cuencana de 1924- en que no alcanzan a
definir el perfil de sus formas, abandonando a los lectores al enigma
de todo arte del lenguaje:
Voy
por tu voz
explotando
renovados prodigios en mi lengua
bajo
la lluvia de mi sed
voy
por tu voz
como
por un bosque inundado
de
guacamayos y jazmines
avanzo
por tu voz
paraíso
de soles diluidos
Resulta
curioso observar la paradoja en que se sume y se consume el artista
del lenguaje –acuciado hoy por la insustancialidad del mundo
posmoderno-: un ir incesante tras la forma, rehuyendo de ella, pero a
sabiendas de que a la postre solo la forma convierte en arte a la
palabra. Es la sabiduría poética del creador o, si se prefiere, la
intuición de la artista:
los
perros furiosos del mar
devoran
la noche
ronca
la soledad en el insomnio
un
mordisco de sal en cada hora
esculpe
tu figura en el basalto
la
madrugada esta estatua que se aleja
lamiendo
sus heridas
Así
como ha combinado en su universo poético las claves del mundo real
con las de lo clásico y lo exótico, también ha experimentado con
la disposición visual3;
aunque tal vez no haya obtenido otra cosa que una nueva variación de
los ritmos ancestrales, como en el fragmento que reproducimos del
poema “Llueve”, donde el ángel de la alegría que se echa a
volar por la página se equilibra no tanto sobre el hombro desnudo
cuanto sobre la cadencia del endecasílabo, música interior que ha
dado vida al lenguaje literario de generaciones sucesivas, aun si
retornamos al mundo primigenio y demoramos en la prosa del Quijote.
tu
alegría
ó
sobre mi laberinto
r
o l e
e
v o t
n
u
o
m
o
c
ángel
ó
s
o
p
e
s
sobre
el hombro desnudo de la
o
m
b
r
a
En
1999, Catalina dio a la estampa un poemario original en el contenido
y novedoso aun en el formato. Allí recoge, en volumen único, quizá
todo su universo poético, concentrado en “Cantos de piedra y agua”
y “Láminas de la memoria”4.
El primero gira alrededor del tema de las relaciones entre el yo y
una ciudad al mismo tiempo modeladora y modelada; el segundo ahonda
en las cavilaciones del yo y su destino. Son dos percepciones
solidarias, cuya extensa organización sinfónica parece concentrarse
en una sola certidumbre poética:
“Destino,
nostalgia y resistencia / único territorio de mi alma” (Cantos...)
“los
moldes huecos donde vaciamos nuestra arcilla” (Láminas...)
Echadas
al azar, las imágenes demoran en alcanzar su perfil emocional,
ocultando no la fascinación sino el desvelo de la artista. En el
preludio de “Cantos de piedra” se nos ofrece la silueta
voluptuosa de una ciudad vista a través de un tajo luminoso en la
noche; pero es también la ciudad reconocible, cotidiana, pues allí
están los canastos, los ríos, las retamas; el relampagueo
metafórico ilumina tras la gasa nocturna los escalones, los
escondites, la silueta detenida de algún pájaro errante. Tal parece
ser el paisaje inmóvil, tenebrosamente bello, en que se ha modelado
el alma del cuencano; es la ciudad que ha dejado su impronta en cada
ser, pero que lo sobrevive y lo trasciende, colgada para siempre del
espacio infinito.
En
la segunda parte se delinea la aventura humana. Los hombres y las
mujeres van cayendo como hojas de otoño en un paisaje captado desde
un ángulo de ensueño, entre cúpulas, calles y campanas. Como una
muchacha, la ciudad se ofrece a la delectación de los cinco
sentidos; en ella bullen la sencillez y la rutina, el amor, el odio y
hasta la falsedad con que se la ha vuelto a acicalar para el goce
momentáneo del turista; la ciudad algo degradada –sentimiento que
universalizó Neruda- por la mano corrosiva del ser humano.
En
la tercera parte se plantea la fusión plena del yo y la ciudad,
identidad indisoluble, porque la fisonomía urbana brota de la íntima
relación entre el significado y la forma, lo cual hace que por
cualquier ruta se converja en ella: el yo es imagen y reflejo –dice
poéticamente Catalina-, pues mi voz es la que resuena en los ríos
de la ciudad y se amplifica en las campanas.
Algunos
fragmentos de “Láminas de la memoria” nos trasladan a la
vertiente anterior, como puede percibirse en estos segmentos versales
que recuerdan al primer Rubén Astudillo y Astudillo:
y
aquí estamos
náufragos
detrás de sus velas incendiadas
En
efecto, el poema parece prolongar las reflexiones de la vertiente
anterior sobre el destino humano; es inútil interpretar las utopías,
las ficciones, los mitos, los enigmas: “la vida no es el
desciframiento de los signos”, pues todo se precipita hacia el
designio final o el enigma final: “la caída total en uno mismo”.
Con
“El rincón del tambor”5,
nuestra autora se aproxima, en cambio, a la generación siguiente. Se
trata esta vez de una extensa composición en prosa: el relato, el
detalle descriptivo, la carga autobiográfica, desbordan la
estructura convencional del poema. La casa, tapizada de tradiciones,
lecturas, recuerdos, se enclava en la realidad y vive en la
prosopopeya su propia intensidad lírica: mueve la cola, contempla
sin piedad, se encabrita:
“Ha
salido el sol nuevamente. La lluvia se ha esfumado.
Enciendo
cirios a pesar del calor. Ilumino todos los cuartos y marco un
sendero con flores recogidas en el amanecer.
La
casa mueve la cola.
La
exuberancia de las flores quemadas se extiende. Danzo. Mi túnica
resplandece.
Más
tarde bajaré a la quebrada y recogeré el humus escondido debajo de
las piedras.
Pronto
llegará nuevamente la noche... entonces ella volverá a rugir.”
1
Cuenca, Casa de la Cultura Ecuatoriana, Núcleo del Azuay, 1990.
2
s. l., Abrapalabra, 1991
3
Estos procedimientos que retoman las propuestas vanguardistas,
caracterizan a los poetas de la generación latinoamericana y, por
supuesto, a los poetas peninsulares estudiados por Sara Vanégas
Coveña en su libro sobre la lírica española contemporánea: José
María Álvarez (1942), José-Miguel Ullán (1944), Pere Gimferrer
(1945), Leopoldo María Panero (1948) y Luis Alberto de Cuenca
(1950).
4
Cuenca, Monsalve Moreno, 1999
5
Cuenca, Universidad de Cuenca y Casa de la Cultura Ecuatoriana,
2000, Colección Triformidad,, N° 13.

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