jueves, 15 de diciembre de 2011

catalina sojos y el flanco de lo real


Marco Tello

Catalina Sojos despliega una dinámica labor de promoción y difusión en diversos espacios culturales de Cuenca; pero ha cobrado mayor relieve al elevarse con voz diáfana en el horizonte lírico nacional. Uno de sus méritos –del que se preocupa esta nota- es haber acertado a concentrar en la poesía los elementos constitutivos del imaginario urbano.

Desde el punto de vista generacional –ángulo de observación que posiblemente escapa al caleidoscopio de criterios posmodernos-, ella despunta en la segunda vertiente de la generación cuencana de 1954 (nacidos entre 1924 y 1953). Con mayor precisión, avanza junto al grupo de personas nacidas entre 1939 y 1953, en el cual caminan también, con paso más o menos acompasado, Alberto Ordóñez Ortiz, Jorge Dávila Vázquez y Sara Vanégas Coveña, ya alumbrados por los primeros resplandores posmodernos. Esta lumbre aún secreta los aleja sensiblemente de las actitudes, percepciones y formas que habían dado altura lírica a sus inmediatos predecesores, Efraín Jara Idrovo y Rubén Astudillo y Astudillo -dos puntos extremos de referencia en la cuadrícula temporal de la primera vertiente.

Lo que sin duda llamó la atención del lector, a partir de la publicación del poemario “Fuego”1, fue el distanciamiento con respecto a la promoción anterior: la novedad, manifiesta en el trazo instantáneo, fugaz, discontinuo de la imagen; la ensoñación, no la elegía; la desnudez del lenguaje -no la delusión- que persigue a la idea y la reviste de inocencia, de frescura:

la lógica locura
y la incierta certeza
de este amor
alcanzado
imaginario
único!

la sorpresa desnuda
de mi sangre

burbujeante

en las aristas heladas
de tu copa vacía
ven
desnúdate de las palabras

permite que las sílabas
correteen la arena del silencio

¿escuchas el zigzaguear de la alegría?
............................................

su trazo mínimo
en la envoltura de las horas?

olvida
el hueco gris de la palabra

instaura
tu presencia en la caricia súbita
del fuego
¡navegarás mi infierno
liberaré tu cielo!
bésame
¡tu beso será la brasa
donde el idioma arda!

(Amo)

En el poemario subsiguiente, “Tréboles marcados”2, ella acumula en la primera parte los símbolos de un abigarrado universo cotidiano, extraídos del natural, no de lo sobrenatural; es la atmósfera de soledad y desamparo que la adolescente respiró en el oscuro medio provinciano. Dominan en este recuadro los tonos grises, las visiones tenebrosas compartidas por los integrantes de la generación (lluvia escarlata, oxidadas láminas, charco de sangre, colgajos del lenguaje, pared vacía, marea negra, sudor de la sombra, tarde decapitada, ojos reventados, colección de coágulos, estiércol de los días, silencio plagado de ruidos, dioses ahorcados). La reiteración del verbo graznar, en este y en el siguiente poemario, nos sobresalta con el recuerdo del universo lóbrego de Poe, autor que ha gravitado en la sensibilidad de muchos escritores y, por supuesto, de los poetas cuencanos.

Pero esta acumulación de símbolos podría bien interpretarse como una revelación del tránsito espiritual de una ciudad que ha salido de su enclaustramiento, luego de haber experimentado dos grandes etapas de orden ideológico que modelaron el pasado; esto es, el salto desde la extrema religiosidad a la actitud irreverente y al combate anticlerical, antes de dar en el escepticismo, en la irreligiosidad de la primera vertiente (Jara Idrovo, Moreno Heredia, Astudillo y Astudillo). De modo que el desborde emocional de Catalina vendría en este sentido a confirmar, ya en el brocal del tercer milenio, la completa mutación del alma colectiva: el arte, la poesía en particular –ya no el confesionario ni la sesión de psicoanálisis-, han puesto a disposición de la segunda vertiente, sobre todo de la mujer, su función catártica, descubrimiento que abrirá la posibilidad de otras búsquedas, más o menos apartadas de la soteriología, emprendidas ya por las figuras más promocionadas de la generación de 1984.
En la segunda parte del poemario, la memoria se sosiega, dominada por una suerte de contención, por ese algo que podría llamarse refinamiento neoparnasiano de vuelta al mito griego, una manera de aprehender y de dar contorno simbólico a la realidad en su flanco inasible. En suma, se trataría de otra manera de intentar la redención –ya en la vía de la intertextualidad-, asida de lo sustentable y permanente que pone a disposición el mundo inmutable de lo clásico:

todavía
una última idea colgaba
de mi cuello
cuando un tropel de medusas
como las ramas de un árbol
se hundió en tu frente

miré por la ventana:
alguien rompía sus alas sin saber
si eran suyas o de otro

el miedo derruyó
las paredes porosas de tu rostro

mis ojos abrieron la ventana:
las palabras volaron hacia
el árbol de medusas de tu frente

Corresponde a la tercera parte del poemario el esfuerzo mayor: ahora la lengua se adelgaza alrededor de unas imágenes cuyo efecto perturbador radica precisamente -como en el Andrade y Cordero de “La catedral sumergida” o en el Dávila Andrade de “Catedral salvaje”, dos referentes de la generación cuencana de 1924- en que no alcanzan a definir el perfil de sus formas, abandonando a los lectores al enigma de todo arte del lenguaje:

Voy por tu voz
explotando renovados prodigios en mi lengua

bajo la lluvia de mi sed
voy por tu voz

como por un bosque inundado
de guacamayos y jazmines
avanzo por tu voz

paraíso de soles diluidos

Resulta curioso observar la paradoja en que se sume y se consume el artista del lenguaje –acuciado hoy por la insustancialidad del mundo posmoderno-: un ir incesante tras la forma, rehuyendo de ella, pero a sabiendas de que a la postre solo la forma convierte en arte a la palabra. Es la sabiduría poética del creador o, si se prefiere, la intuición de la artista:

los perros furiosos del mar
devoran la noche

ronca la soledad en el insomnio

un mordisco de sal en cada hora
esculpe tu figura en el basalto

la madrugada esta estatua que se aleja
lamiendo sus heridas

Así como ha combinado en su universo poético las claves del mundo real con las de lo clásico y lo exótico, también ha experimentado con la disposición visual3; aunque tal vez no haya obtenido otra cosa que una nueva variación de los ritmos ancestrales, como en el fragmento que reproducimos del poema “Llueve”, donde el ángel de la alegría que se echa a volar por la página se equilibra no tanto sobre el hombro desnudo cuanto sobre la cadencia del endecasílabo, música interior que ha dado vida al lenguaje literario de generaciones sucesivas, aun si retornamos al mundo primigenio y demoramos en la prosa del Quijote.

tu alegría
ó sobre mi laberinto
r o l e
e v o t

n
u

o
m
o
c
ángel
ó
s
o
p

e
s

sobre el hombro desnudo de la
o
m
b
r
a


En 1999, Catalina dio a la estampa un poemario original en el contenido y novedoso aun en el formato. Allí recoge, en volumen único, quizá todo su universo poético, concentrado en “Cantos de piedra y agua” y “Láminas de la memoria”4. El primero gira alrededor del tema de las relaciones entre el yo y una ciudad al mismo tiempo modeladora y modelada; el segundo ahonda en las cavilaciones del yo y su destino. Son dos percepciones solidarias, cuya extensa organización sinfónica parece concentrarse en una sola certidumbre poética:

Destino, nostalgia y resistencia / único territorio de mi alma” (Cantos...)
los moldes huecos donde vaciamos nuestra arcilla” (Láminas...)
Echadas al azar, las imágenes demoran en alcanzar su perfil emocional, ocultando no la fascinación sino el desvelo de la artista. En el preludio de “Cantos de piedra” se nos ofrece la silueta voluptuosa de una ciudad vista a través de un tajo luminoso en la noche; pero es también la ciudad reconocible, cotidiana, pues allí están los canastos, los ríos, las retamas; el relampagueo metafórico ilumina tras la gasa nocturna los escalones, los escondites, la silueta detenida de algún pájaro errante. Tal parece ser el paisaje inmóvil, tenebrosamente bello, en que se ha modelado el alma del cuencano; es la ciudad que ha dejado su impronta en cada ser, pero que lo sobrevive y lo trasciende, colgada para siempre del espacio infinito.

En la segunda parte se delinea la aventura humana. Los hombres y las mujeres van cayendo como hojas de otoño en un paisaje captado desde un ángulo de ensueño, entre cúpulas, calles y campanas. Como una muchacha, la ciudad se ofrece a la delectación de los cinco sentidos; en ella bullen la sencillez y la rutina, el amor, el odio y hasta la falsedad con que se la ha vuelto a acicalar para el goce momentáneo del turista; la ciudad algo degradada –sentimiento que universalizó Neruda- por la mano corrosiva del ser humano.
En la tercera parte se plantea la fusión plena del yo y la ciudad, identidad indisoluble, porque la fisonomía urbana brota de la íntima relación entre el significado y la forma, lo cual hace que por cualquier ruta se converja en ella: el yo es imagen y reflejo –dice poéticamente Catalina-, pues mi voz es la que resuena en los ríos de la ciudad y se amplifica en las campanas.

Algunos fragmentos de “Láminas de la memoria” nos trasladan a la vertiente anterior, como puede percibirse en estos segmentos versales que recuerdan al primer Rubén Astudillo y Astudillo:

y aquí estamos
náufragos detrás de sus velas incendiadas

En efecto, el poema parece prolongar las reflexiones de la vertiente anterior sobre el destino humano; es inútil interpretar las utopías, las ficciones, los mitos, los enigmas: “la vida no es el desciframiento de los signos”, pues todo se precipita hacia el designio final o el enigma final: “la caída total en uno mismo”.

Con “El rincón del tambor”5, nuestra autora se aproxima, en cambio, a la generación siguiente. Se trata esta vez de una extensa composición en prosa: el relato, el detalle descriptivo, la carga autobiográfica, desbordan la estructura convencional del poema. La casa, tapizada de tradiciones, lecturas, recuerdos, se enclava en la realidad y vive en la prosopopeya su propia intensidad lírica: mueve la cola, contempla sin piedad, se encabrita:

Ha salido el sol nuevamente. La lluvia se ha esfumado.
Enciendo cirios a pesar del calor. Ilumino todos los cuartos y marco un sendero con flores recogidas en el amanecer.
La casa mueve la cola.
La exuberancia de las flores quemadas se extiende. Danzo. Mi túnica resplandece.
Más tarde bajaré a la quebrada y recogeré el humus escondido debajo de las piedras.
Pronto llegará nuevamente la noche... entonces ella volverá a rugir.”


1 Cuenca, Casa de la Cultura Ecuatoriana, Núcleo del Azuay, 1990.
2 s. l., Abrapalabra, 1991
3 Estos procedimientos que retoman las propuestas vanguardistas, caracterizan a los poetas de la generación latinoamericana y, por supuesto, a los poetas peninsulares estudiados por Sara Vanégas Coveña en su libro sobre la lírica española contemporánea: José María Álvarez (1942), José-Miguel Ullán (1944), Pere Gimferrer (1945), Leopoldo María Panero (1948) y Luis Alberto de Cuenca (1950).
4 Cuenca, Monsalve Moreno, 1999
5 Cuenca, Universidad de Cuenca y Casa de la Cultura Ecuatoriana, 2000, Colección Triformidad,, N° 13.

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