viernes, 29 de enero de 2010

CANTOS DE PIEDRA Y AGUA


PRESENTACIÓN DE "CANTOS DE PIEDRA Y AGUA*
Y DE «LAMINAS DE LA MEMORIA*»
DE CATALINA SOJOS



Cecilia Vera de Gálvez
Guayaquil, 28 de abril de 1999

En original formato, de tamaño no convencional y ausente de contraportadas lo cual nos sugiere una especie de libro sin final con dos inicios que se topan al interior del libro, en alguna parte de la mitad, aparecen las dos ultimas obras poéticas de Catalina Sojos. Artísticas ilustraciones de pasta con cuadros de Edgar Carrasco y Patricio Muñoz inauguran la apertura de este libro publicado y la actividad de un nuevo proyecto editorial en el medio: b@ezoquendo.editores
Conocemos la obra de Catalina Sojos desde su poemario inicial, hace exactamente diez años cuando se publicó HOJAS DE POESÍA y luego, en el '90, con FUEGO. En 1991, después de haber obtenido la escritora el Premio Nacional de Poesía Gabriela Mistral, aparece TRÉBOLES MARCADOS, Premio Jorge Carrera Andrade al mejor libro publicado ese año. Importantísimo hito en el recorrido de la escritura de Catalina Sojos y que de alguna manera comienza a abrir caminos de mucha consistencia y nuevas propuestas que van a facilitar el viaje del lector hasta su poesía ultima, la que nos ofrece en este momento. En el '95, FETICHES ratifica la vía de nuestras lecturas. Sobre TRÉBOLES MARCADOS, Fernando Balseca escribía entonces: "El papel del mito en el poemario... expresa esta suerte de "poética" por la cual la poesía se nos presenta como una forma clasificatoria -que fija valores- de las cosas y de los seres." (Matapalo, #256, 12, 6,92. p. 5)

En el poemario LAMINAS DE LA MEMORIA, uno de los que integra este nuevo libro, la poesía de Catalina Sojos no busca tanto como en anteriores obras la reinvención del mito, ni la clasificación que rija valores pero mantiene el interés por los seres y las cosas desde un discurso poético que mantiene el tono y la referencia relacionados con lo ritual, con el ofertorio que la memoria permite hacer a través de la palabra: "aquí están las horas/ para ser tomadas con su charco de ron/su margarita/...aquí están los dones/para ser tomados/ ...y aquí están/ las laminas de la memoria", son los versos que inician las tres partes en que se divide el poemario. A partir de las horas, los dones y las laminas de la memoria cuya existencia será indiscutible en la propuesta de lectura por su énfasis verbal en el ESTAR se desencadena la búsqueda del sentido de los seres y las cosas desde la voz plural que acoge solidaria la problemática del otro, hasta la individual que evita la queja y plantea respuestas concretas ya con la certeza de una experiencia y una historia vivida: "Y aquí estamos/ náufragos detrás de sus velas incendiadas/...y aquí estoy con un pedazo de vigilia trazando jeroglíficos/...y aquí estoy/ con mis cuarenta y siete pasos/ lanzas setenta veces siete/ creyendo recordar las formulas/ los mitos/ los enigmas..." Y en cuanto a las certezas, respuestas a las que me refería, estas se dan según el recuento de la voz poética que recorre las horas, revisa los dones y reinventa desde la memoria lo que fue, a partir del convencimiento de que "la vida no es el desciframiento de los signos" interesante verso con prosaico discurso lingüístico que no equilibra la emotividad de vertida en los versos siguientes cuando la voz poética da cuenta de una crucifixión de vida. "La única salvación es el vacío" se dice en algún momento y el último poema reconoce como único designio para el ser "la caída, final/... la caída total en uno mismo. Pero el lector no puede caer en la desesperanza, porque esa propuesta, ese retomo permanente a la interioridad del yo como inevitable en la permanente reinvención de lo que ser vive, en ese uno mismo en el que hay que caer, en ese espacio del vacío que se nos propone esta, -dice la voz poética- "el zumbido de la palabra exacta/ aquella que no existe" pero que en esta poesía se esta diciendo. Fluidez, transparencia, imágenes y rituales conducen los recuerdos laminados y las certezas que rescatan la poesía en esa palabra del vacío salvador. El primer poemario de Catalina Sojos en este libro, CANTOS DE PIEDRA Y AGUA, extenso, de factura impecable, con emanaciones de intensidad que el lector recepta a partir de un discurso poético que logra conmocionarlo y mirar a través de prismas que marcan la diferencia con lo prosaico y lo cotidiano, impone un recorrido íntimo y a la vez plural en la búsqueda de la identidad con la ciudad de la autora: Cuenca. Y desde ese recorrido, es posible abordar tal situación como la problemática universal del habitante que ama y a la vez reprocha el espacio de su pertenencia, que lo busca permanentemente mientras lo construye desde sus propias vivencias, sus encuentros y desencuentros con la vida en ese espacio mientras se configura en el imaginario propio a su ciudad. El tema se expande así en sus subyacencias a concepciones y experiencias universales que no desdibujan lo único en lo diverso. A la pregunta ¿cuál es nuestra identidad?, Carlos Fuentes ha respondido: la que tenemos ahora mismo; porque no se trata de una búsqueda del origen, que es ilusorio, ni una apuesta por el futuro, que restaría sustancia al presente. La identidad es procesal pero su contenido es actual." ("El principio radical de lo nuevo", Julio Ortega, p.32). Esta identidad procesal que recoge el pasado, su evolución, y lo integra a un presente siempre cambiante sostiene la interacción sujeto-voz, poética con espacio-ciudad: "eres la siempre nueva" dice un verso refiriéndose al tópico mencionado.

Este espacio que el escritor, en general recoge como suyo y no suyo, a la vez, configura un legado de incuestionable validez que va más allá de los inciertos datos "ciertos" que ofrece la historia o en general, el discurso científico. Julio Ortega, al referirse a las representaciones de la identidad latinoamericana que registra la literatura, manifiesta que "la poesía reafirma el saber de la historicidad como previo a su explicación formal" ya que lo poético "sostiene un conocer no institucionalizado más próximo a la subjetividad, a las pulsiones del deseo y a la zozobra de la comunicación." ("El principio radical de lo nuevo" p.32). CANTOS DE PIEDRA Y AGUA, se inscribe en esta reafirmación identitaria que, desde la poesía elabora la autora en este poemario que recurre a la estructuración musical: cuatro poemas-cantos en un Preludio en el que la voz poética se constituye en sujeto que se sumerge desde su identidad individual, en la ciudad y la habita. Imágenes de fuertes y profundas sugerencias inician esa unión. Este preludio anuncia la creación de la ciudad con el material de las palabras y la búsqueda afanosa para lograr la tarea: "te escribo desde mi boca/...te escribo/ desde aquella que ama el viento/,..soy la que habita esta ciudad sin mar y escribo con el polvo de sus cúpulas/...condenada a la otra orilla/ no encuentro el ojo de luz/ la llave es solo un puente hacia la nada." En el último canto la voz es ya plural y se funde con la ciudad, se metaforiza transformado en un solo ser, imagen de sus habitantes:"¿Qué somos sino tú misma?/ definitiva imagen nuestra." En la segunda parte, el Aria, el soto de ópera, la voz poética se distancia y mira la ciudad como un testimonio de la inevitable fragmentación postmoderna, ciudad de "aldeas flotantes". A partir de imágenes que sugieren lo estático, invariable del testimonio histórico: la ciudad "inmóvil, vaporosa" de "cuerpo dormido", de "monumentos" se establece un contraste con el dinamismo de sus habitantes, con la vida de la naturaleza que la escinde, los ríos que corren por la ciudad, por ejemplo. Pasado y presente en permanente fusión y evolución: identidad procesal. La ciudad entonces pasa a habitar en estos cantos al sujeto que la desea y ese deseo lleva en una ambivalente relación de amor- odio, al reproche, a la frustración, a la continua espera: por eso se canta también a la "ciudad ingrata". La ciudad entonces se configura desde complejos sentimientos, la crea la poesía alimentada por el imaginario del sujeto que lo traslada a la voz poética: "te escribo/ desde mi angustia/ picoteada por los pájaros negros. / ...amo/ tus ojos pacíficos de aldeana/ odio/ tus parpados de rutina".


Coral, la tercera y última parte del poemario instaura una poética, definitivamente. Desde el imaginario lleno ya de imágenes y de fuerte afectividad, de esos sentimientos encontrados la poesía ha construido la ciudad, está hecha de lenguaje, se ha elaborado su espacio, se han dado ya las fusiones mutuas y alternativas, sujetos que la habitan, ciudad que habita a los sujetos. "Te escribo/ -dice la voz- y dejo que el alma se me vaya/ en la noche desnuda" "Las palabras escalan tu cuerpo./ Está ya constituido el espacio simbólico. En el canto tercero, cuatro versos monosílabos cortan el ritmo que ha fluido desde el inicio y marcando definitivamente la identidad mutua, se acaba el espacio y dos sujetos se transforman tajantemente en uno: "yo/ soy/ tu/ yo". El retorno del habitante, inevitable en la fusión se marca en los versos del último canto en el que la ciudad constituida a la que se ha vuelto mantenga la vigencia del habitante y su deseo: "después de todos los caminos/ he regresado a ti... destino, nostalgia y resistencia/ único territorio de mi alma."
El lector, incorporado como un habitante más que se fusiona a ese espacio puede recorrer los caminos que deja abiertos la poesía de Catalina Sojos en una obra como esta, que por su calidad indiscutible forma parte ya de los textos validos de nuestra literatura. Lo expuesto ha pretendido recoger muestras significativas que pueden considerarse como el preludio de la lectura de cada cual. Felicitaciones a la autora y mi reconocimiento por su deferencia al proponerme esta presentación.

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