
MARIA FERNANDA ESPINOSA
CARTOGRAFÍAS POÉTICAS
Fue Aristóteles en su Poética el primero en señalar la tendencia del ser humano a mimetizar el mundo circundante. La literatura, sin duda, es una forma de mimetizar el entorno, de crearlo y recrearlo, como una arcilla fresca de palabras. La intención de este trabajo es elaborar una postura crítica sobre el pensamiento posmoderno frente a las formas de mimetizar las geografías contemporáneas. Pretendo, a través de la poesía, redimir la relación entre territorio, espacio e identidad. Nada mejor para sostener una postura crítica que hacerlo a través de la poesía, y de una poesía escrita por mujeres ecuatorianas. Las tres poetas han sido escogidas instrumentalmente, de manera deliberada, por la calidad de sus textos, por venir de geografías distintas y por ser útiles al argumento central de este trabajo. Las tres escritoras son Catalina Sojos de Cuenca, Carmen Vásconez de Guayaquil y Violeta Luna de Quito. Las obras que utilizaré para este análisis son respectivamente, Cantos de Piedra y Agua (1999), Aguaje (1990) y Las Puertas de la Hierba (1994)
En el ahora dominante pensamiento posmoderno, uno de los argumentos centrales es que el espacio es un enrejado neutral que no tiene relación directa con las diferencias culturales, las identidades y la memoria histórica (Gupta, 1992; Appadural, 1991 Malkkí, 1992) La idea es que la globalización conduce a un flujo permanente de personas, culturas, capitales que contribuyen a la desterritorialización. En consecuencia, las identidades, se construyen de manera relacional, a partir, desde y en oposición a un ''otro" u “otra" pero cada vez menos en relación o un espacio geográfico de pertenencia. Y esto, porque como explica Malkkí, las personas ahora son crónicamente móviles y rutinariamente desplazadas, por eso, deben inventar lugares y espacios a través de lo memoria y otros artificios en ausencia de bases territoriales. Habla de una "condición generalizada de orfandad geográfica" (Malkkí, 1992). La Descentralización y la fragmentación global otorgan contenidos y formas distintas a las identidades y la cultura. Los referentes país, nación, paisaje, geografía ceden espacio a un universo global en el que transitan sujetos cuyos referentes de pertenencia se definen más bien por su calidad de mujeres, indígenas, jóvenes, homosexuales, ecologistas, que por su lugar geográfico de origen, por su condición de ecuatorianas, quiteñas, guayaquileñas, andinas, o latinoamericanas. Estamos, de acuerdo a Baudrillard, en un momento en el que la historia se manifiesta solo como "simulacro" donde los acontecimientos se producen y reproducen a través de espacios virtuales, creados por la ciencia cibernética y los medios masivos de comunicación.
Desde esta perspectiva, el capitalismo global y la unipolaridad político-ideológica pulverizan el espacio, lo fragmentan hasta restar significado a los procesos de interacción humana. La pregunta central sería entonces en qué medida la literatura, la poesía, la poesía escrita por mujeres incorpora la deslocalización como código referencial, como parte de un universo poético-literario. En otras palabras, si es que la poesía contemporánea escrita por mujeres ecuatorianas revela esa condición "nómada", ageográfica de la producción artística, como sostienen los grandes teóricos del pensamiento posmoderno.
Deleuze y Guattari señalan con claridad en qué consiste la condición nomádica de los seres humanos en la era de la globalización:
"el nómada habita esos lugares; permanece en ellos y los hace crecer, ya que se ha constatado que el nómada crea el desierto en la misma medida en que el desierto lo crea a él. El nómada es un vector de desterritorialización" (citado por Román de la Campa, 1996).
Es verdad que en los últimos años se ha producido una eclosión de literatura y crítica de la diáspora como la chicana o la llamada nuyorrican donde el recurso geográfico se traduce ya sea en nostalgia o en la reinterpretación de la identidad a través del reconocimiento de una condición híbrida, multicultural, o corno dice Román de la Campa, en indeterminada. En la literatura de lo diáspora, los espacios son inciertos y efímeros, los mapas narrativos rompen fronteras, estiran límites, se ubican en todas partes y en ninguna parte. El referente deja de ser un país, una región y se convierte en una esfera transnacional.
En contraste, en Cantos de Piedra y Agua, por ejemplo, Catalina Sojos hace un homenaje de amor y desamor a su ciudad natal, Cuenca.
Se trata de una suerte de rapsodia empoemada, de una pieza musical organizada en cantos y con tres partes: preludio, aria y coral. La música inunda aquí, permite reconstruir una identidad personal, un sentido de pertenencia a través del redescubrimiento de la ciudad, de su geografía, sus tiempos y sus formas. Leo Cantos de piedra y agua.
cuenca
es un paisaje que se abre siempre en el mismo sitio
te escribo
desde mi miedo
de pronto
tu mirada se recuesta en sí misma
y ya no es fruto
pájaro
o
espejo.../
De igual modo, y con tremenda emotividad Sojos pinta Cuenca como ciudad sin mar, como suma de cúpulas que habitan su cuerpo. Hay un animismo omnipresente, en el que la ciudad aparece humanizada, femenina, mujer que se conecta a otras mujeres con senos y nombres anónimos. Cuenca es entonces el personaje central, aquel, que como dice la poeta "llueve por dentro", se abre y se cierra como girasol o tulipán.
Esta pintura de Cuenca usa elementos arquitectónicos para evocar pasión, sensualidad. Entre cúpulas y polvo, amancayes bordados, barrancos, bóvedas y retamas, aparecen cuerpos guindados en rincones ocultos, labios, corredores y plazas. El cuerpo, otro vez el cuerpo, la ciudad misma es para Catalina "un cuerpo dormido", pero o la vez, contiene como enorme vasija, cuerpos que la habitan. Confiesa:
“te escribo
desde aquella que ama el viento
y deja su cuerpo
como un pájaro petrificado
en los excesos”
Dice también” habito desnuda entre tus labios” ¿Cómo serán los labios de Cuenca?, tal vez las orillas húmedas del río Yanuncay.
Descubro también una veta amarga de desamor, como ocurre con todas las pasiones humanas. Una de las frases más fuertes y elocuentes dice" mi corazón hace un tajo en su ceguera". Cuenca es también geografía maltrecha, ciega, rota, es también cárcel morosa.
Sojos no escapa al realismo mágico, y es porque no es una forma literaria, sino más bien se convierte en una forma de vivir, en una manera de ser en la cotidianidad. Este realismo mágico nos permite ver como en Cuenca "las mujeres se alejan amamantando palomas" y transitan como si nada por un "corredor de duendes" y "puentes rotos" El referente articulador es el paisaje urbano, la ciudad natal, el espacio inmediato.
En “Las puertas de la hierba” de Violeta Luna existe tamben una sección completa en el poemario que se llama "lugares" Los lugares que habitan esta poesía no son producto del azar, recogen la memoria espacial e identitaria de la escritora en Quito, Cochasqui, Angamarca, Pomasqui se convierten en úteros que sostienen al poema, terrenos, andamios que permiten edificar el universo poético y a la vez sostener físicamente a la escritora y permitirle la poesía.
"Quito se retuerce
en una grupa rússtica
mofándose las crines en cobalto
y más allá está Guápulo
en medio de caléndulas cenizas
mirando al Panecillo
beberse todo el vino del Machángara
Allí í se regocijan geografías
y ríos de mercurio y candilejas.
Como en Cantos de piedra y agua, Las puertas de la hierba, recurren al animismo, a la humanización del paisaje, de los espacios. No solo tienen, nombre sino que reciben, abrazan, protegen, transitan, muerden. El paisaje, el lugar, se convierte de manera deliberada en territorio escritural.
“Me tuvo Cochasquí sobre su barro
y al centro de su páramo y su estrella.
Tal vez sin darme cuenta en medio de esas tolas de cangahua
estuve refundiéndome
igual que las vasijas de los incas”
A veces no es necesario que el lugar tenga nombre, simplemente que sea el referente para volver, y al hacerlo, volver a ser en ese espacio íntimo y propio.
“Mi sueño fue una planta
nacida en la humedad de algún escombro.
Una pequeña hierba
que no pudo ahogar ni el aguacero.
Por eso vuelvo ahora o mi parcela
a mis rosadas tardes,
a mi calzada antigua "
Para Carmen Vásconez, poeta marina, que sustituye la Isla Negra de Neruda por Playas, utiliza el mar, la arena, el manglar como escenario, vehículo expresivo de las pasiones. La obsesión que articula el poemario de Vásconez es la geografía de olas, sal, sirenas y mareas.
"Escama de sirenas
guardan espejismos mezclados
con sombras rojas
adheridas a sales
confúndese esta pena
con trompas de delfines
encunetadas en la red"
El mar se convierte en tatuaje indeleble, en figura maternal, en espacio originario. El paisaje marino es un entorno construido en el que la escritora está existencial y socialmente Implicada, paisaje que la define y define su relación con los otros:
“Los ojos de quien nunca ha visto el mar
hablan de el
mis ojos que lo han visto
igual
Mar absoluto de mi inconciencia
extraño como nacimiento humano
capaz de ahogarse entre sus sales
y las mías
capaz de atraparme en su atracción capaz de zozobrar por puro retorno para que lo vuelva a ver
En su existencia
el naufragio matriarcal
a la deriva de sus propios aguas
la imagen de la ola "
Eugenio D'Ors tuvo el acierto de decir que en la literatura lo que no esautobiografía es plagio, y aquí se tejen largos poemas autobiográficos pero intersubjetivos porque transportan el espacio de la intimidad o un espacio común, colectivo que se manifiesta en las olas del mar, la humedad salina, las cúpulas de las iglesias, la calle, el pacato frío andino, en el que todos nos podemos mirar corno en un cuarto de espejos múltiples.
Vemos, en los tres casos, una cartografía poética, un manojo de mapas verbales como representaciones culturales y estéticas del entorno. Es decir, la reivindicación del espacio propio como territorio poético. Estas formas, de representar el espacio, se basan sin duda en experiencias casi corporales, sensoriales en los que el paisaje se sintetiza en las palabras a través de un proceso de textualización. En la literatura, la geografía se convierte en un mapa narrativo, pero en este caso, no se trota de un mapa posmoderno, sin brújulas ni fronteras, se trata de la recuperación de referentes concretos, de escenarios que identifican y significan poema y poeta.
Lo condición de nomadismo crónico se convierte así en una sedentariedad que permite construir un espacio referencial no virtual, cotidiano, real, de carne y hueso. Los poemas de las tres escritoras pueden ser vistos como mapas poéticos, que se constituyen en producciones culturales, en una cartografía como práctica que representa una determinada visión del paisaje. Tal vez se pueda decir que es la expresión de una resistencia diaria, vital, no sé si voluntaria y deliberada, para atarse a un referente territorial corno fuente identitaria en pleno era del nomadismo global.
Es importante, sin embargo insistir en que no estamos frente o una, forma de parroquianismo chauvinista que se opone o las supuestas corrientes de mundialización. Es un intento por reivindicar los espacios locales, nacionales como fuentes generadores de historia, de identidad, de pertenencia y diferencia.
Por eso, la poesía, en el caso de estas tres escritoras, construye un territorio, un paisaje que sujeta, potencia y significa las identidades. Es justamente el contenedor geográfico, la territorialización, lo que le otorga identidad a la poesía y circunscribe a las autoras en un espacio-tiempo determinados. Hay un isomorfismo intencional entre espacio-identidad-y campo literario.
La poesía, una vez más, desmitifica, rehace, y reconstruye, porque como dice Octavio Par, " la poesía es un género atemporal, su naturaleza profunda es hostil o indiferente o los dogmas. La poesía, cualquiera que sea el contenido manifiesto del poema, es siempre una trasgresión de la racionalidad y la moralidad convencional. Agregaríamos que es también, en este caso, una trasgresión a las nuevas geografías posmodernas de lo deslocalización.
No me atrevo, sin embargo, a afirmar que es la literatura lo poesía de mujeres en general, la que subvierte el nomadismo, la desterritorialización a la que nos empujan los procesos globales. Existe una profusa producción de hombres y mujeres que se enmarcarían dentro de esta matriz como Otto Rene Castillo que miró Guatemala por un catalejo amoroso desde el exilio, Nancy Morejón y su voz ronca de Caribe vibrante, de corsarios sombríos , o Rosario Castellanos, cartógrafa poética de la cultura Anáhuac y su memorial de Tlatelolco. Incluso en ámbitos extraliterarios, cuando los indígenas pelean a muerte por sus territorios ancestrales, como condición básica para su continuidad biológica y cultural, pelean por contrarrestar el nomadismo global
Aquí, se presenta entonces un impase evidente, no sabría cómo hacer una generalización sobro la relación entre mapas poéticos, reconstitución espacial y escritura de mujeres. Seria arbitrario e inexacto. Digo más bien, que tres mujeres poetas del Ecuador contemporáneo, de tres regiones distintas del país, se acogen al argumento central de este trabajo. A través de la poesía revelan su origen, las obsesiones que crecen en las ramas de los eucaliptos, los pumamaquis o los mangles. Dicen sin decir que no es lo mismo ser de Playas que de Cuenca, del Ecuador que de Chile.
Y esto es mucho, muchísimo, cuando la palabra país muere de inanición, la palabra patria o soberanía son anacrónicas. Cuando la única geografía posible es la geografía de los 500.000 ecuatorianos, refugiados de la pobreza en otros rincones ajenos, la geografía de los nómadas de alma y cuerpo, la de los huérfanos que tienen padres que no reconocen.
En realidad, no hay secretos en la poesía bien escrita, hay más bien un acto de revelación, de aparición casi mágica que se vuelve visible para los que creen en la magia. Algo así como la historia del traje del emperador. Escribir poesía sirve, claro que sí, cura cicatrices propias y ajenas, convierte a la tragedia en otra cosa, reconstruye las plazas, los puertos, las geografías que nos contienen y nos significan. Lyotard, dice para corroborar, que "la preservación de la memoria comunitaria, particularmente los relatos de los que no tienen suficiente poder para convertir sus mitos en realidades, deben reivindicarse en el espacio de la creación, no en el de la racionalidad, y asumir la inconmensurabilidad de sus quejas con la subliminalidad del arte"
El espacio de creación y la magia que permite la poesía para recrear una arquitectura verbal de barrios, ciudades, paisajes marinos, acantilados, pueblos y nostalgias la comparten estas tres escritoras con la gran poeta argentina Eladia Blásquez cuando dice:
"... la geografía de mi barrio llevo en mi
será por eso que del todo no me fui:
la esquina, el almacén, el piberío
los reconozco... son algo mío...
Ahora sé que la distancia no es real
y me descubro en ese punto cardinal,
volviendo a la niñez desde la luz,
teniendo siempre el corazón mirando al sur "
0 mirando a cualquier sitio al que podarnos regresar, que nos sujete, acuda a sostenernos y nos bautice en el nombre de nuestras abuelas, de nuestros padres, nos haga ser de algún lugar, nos devuelva la memoria de un paisaje que está hecho de poesía y del sudor de nuestras huellas digitales.
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