CANTOS DE PIEDRA Y AGUA/ LAMINAS DE LA MEMORIA.
PRESENTACIÓN
RAÚL PÉREZ TORRES
soy la que habita esta ciudad sin mar y escribo
con el polvo de sus cúpulas
cuenca llueve hacia adentro
y eleva señales
embriagada y sonámbula
con su karma de soledades
anuncia sus aldeas flotantes
sus dioses desplazados
su lágrima en la memoria
Sí, con esta oración a la ciudad y al amor quiero empezar estas palabras, es decir, primero con los cantos de piedra y agua, para luego ver las láminas de la memoria que se fueron formando con estas piedras y con estas aguas.
Es que a Katalina Sojos, esa entrañable y misteriosa aparecida, seguramente nacida en un canasto de amancayes bordados, en Cuenca, (cual otra sino la de las cúpulas celestes) la ha parido la ciudad, como a Kavafis, que inútilmente buscaba otra ciudad para olvidar. Pero el problema es que no se puede olvidar, ya que el olvido a lo único que acierta es a laminar la memoria, a pulirla, a afilarla, para enterrarla luego en el propio corazón, rito solamente propicio para los poetas, los masoquistas y los practicantes del harakiri.
La ciudad de Cuenca la ha parido pero, por eso mismo la ha amado, la ha protegido y, desde luego, la ha martirizado como cualquier madre que se respete. Como cualquier Paccha mama que está trasladando, entregando a su hija los recovecos de la palabra, su secreto más elocuente y maravilloso: la poesía.
Es que la poesía es, de alguna manera, una especie de infarto de la inteligencia, una especie de ofrenda a la vida, una maravillosa y a veces perversa epifanía. Si, epifanía o revelación.
A mí me sucede que, a veces, cuando mi espíritu siente la necesidad de orar, leo en alta voz pero en silencio, poemas de Vallejo o de Rimbaud o de César Dávila y encuentro algo que no tiene nombre, ni forma, apenas una liviandad iridiscente que entra a mi corazón y me alimenta y sosiega; será por eso quizá que en el Eclesiastés se dice que “hay un tiempo para el hallazgo” y hallazgo es esto que se introduce en mi espíritu cuando leo poemas como éste:
las muchachas atan sus cabellos en trenzas
se toman de las manos
y caminan amancayes bordados
¿quién sino tú
se esconde entre sus huellas?
eres
la siempre nueva
y nos habitas
las muchachas cubren sus senos
con nomeolvides
¿quién sino tú
abre su jaula?
ciudad adolescente
eres
mi presa deseada.
Conocí a Katalina hace muchos años, vehemente y obsesiva, nerviosa y maravillada ante esa nueva posibilidad de la vida, ante esa nueva condena y esa nueva libertad que significa la escritura; y ví como iban saliendo, uno a uno, esos tréboles marcados y fui testigo de como se hacían y deshacían en su palabra vertiginosa y encantada, como practicaba la búsqueda y la locura de escoger la palabra precisa, el ritmo adecuado, la imagen pura, libre de abalorios y encajes; y discutimos y polemizamos y reñimos ante una coma, ante una palabra inatrapable, ante un signo que la interrogaba y la martirizaba.
Aquella libélula de ese tiempo es ahora la mariposa en cuyas alas guarda los exagramas secretos de la ciudad y del amor, pero también de la desdicha y también del desencanto, en un mundo consumido por la lepra de la codicia y que se cae pedazo a pedazo.
Dejo, entonces, que por un momento duerma la ciudad de sus versos y acudo al otro lado de su libro, que es mismo lado pero en abismo, y comprendo espantado que, para la humanidad contemporánea, cualquier forma de existencia tiene forma de cruz.
Dice ella en su séptimo canto memorioso:
debo decir que he sido crucificada
y que hasta el último sueño
se clavó entre mis sienes
que me fue quitada la última ola
el pedazo de oasis
y que abatida
dejé mi cuerpo entre las garras
de los buitres
¿pero...
acaso sirven de algo
lamentaciones
fracasos
cruces diarias?
todos llevamos la esencia
de lo que creemos
nos pertenece
y sin embargo
nada es cierto
la única salvación es el vacío
Poética de la crisis. Del postmodernismo. Poética de la percepción patética de la angustia. Poemas existenciales que arrastran un corazón animal hecho de pantera y ciervo. Que dialogan ante la fatiga del final del día, del final de la vida, del final de la sensibilidad. Poemas que, desde el grito silencioso y nostálgico nos reclaman otra mirada, otra solidaridad, otro abrazo. Otra caricia al lobo, es decir, al hombre ontológico y ofuscado por el oro falso de la bambalina.
¿Y la esperanza, esa mala palabra de nuestro tiempo? ¿Porqué la siento entre este follaje de palabras dolidas?
Será quizá porque aquí, en este libro de esta cholita cuencana se transparenta una vida, dos vidas, nuestras vidas.
Sí, a veces la noche es triste para todos. Pero hay algunos, especialmente los artistas como Katalina que, perseverantemente esperan la mañana.
Doy la bienvenida a este nuevo libro y a ti Katy que, como dijera Diderot:
“Ya estabas aquí antes de entrar
y cuando salgas no sabrás que te quedas”
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