viernes, 29 de enero de 2010

CANTOS DE PIEDRA Y AGUA JORGE DÁVILA VÁZQUEZ



Pienso en el libro de Catalina Sojos, como en una manzana hecha de aromas y palabras, que un cuchillo de hermosura la hubiese partido en dos mitades.
La partición hermosa la pone la edición, que es verdaderamente singular, pues si en la una portada nos encontramos con los metales dorados y los ácidos míticos de Edgar Carrasco; en la otra hallamos la evocación de las frías rocas milenarias, que poblaron un tiempo el arte de Patricio Muñoz.

Y las mitades de perfumes y verbo, están construidas con esa secreta alquimia que da vida a las obras de la literatura, y hace de ellas no solo el fruto de un trabajo sobre el lenguaje, sino el resultado de una suerte de conjuro, de magia ancestral y pura, como una cascada, un colibrí o una catedral, que se produce por la transubstanciación del creador en el mensaje artístico.

La fórmula misteriosa se da, por ejemplo, en esa invocación del pasado que son las dieciocho Láminas de la memoria, construidas en tres partes, árbol de tres ramas, de las cuales, la mayor enarbola esos diez primeros momentos, "mínimas briznas del todo y de lo eterno", que constituyen el tiempo vivido; ese, en el que vamos desenredando la madeja de nuestra existencia: "generadores de nuestras utopías/ deshaciendo la telaraña/ el círculo". La telaraña, el conjunto de inexplicables hilos que nos unen al mundo, a la historia, al pasado, El círculo, esa serpiente que se muerde la cola desde siempre, y en medio de cuyos anillos invisibles se desarrolla el "fugaz infinito" de nuestros días.
Pero la remembranza, el recuerdo y su nostalgia no son suficientes. Desde Proust, sobre todo, sabemos en el arte literario, que solo con ponernos reminiscentes no conseguiremos rescatar del piélago del olvido lo que fuimos, que es la esencia de lo que somos. Y Catalina Sojos, consciente de la necesidad de que la memoria se fije en esas láminas intangibles que forman la obra estética, elabora su propia teoría del texto, en los poemas. "Escucho la horas repletas de vacío", dice, "el zumbido de la palabra exacta/ aquella que no existe." Esta incertidumbre en torno al elemento expresivo nos recuerda aquella de Bruno Sáenz, que buscaba una palabra que no hubiera sido pronunciada jamás, y une la inquietud de nuestra autora a la de uno de sus grandes contemporáneos en la producción lírica. "Y aquí estoy/ con un pedazo de vigilia/ trazando jeroglíficos", escribe la poetisa. Y nos la imaginamos en la noche, desvelada, luchando con el famoso y ancestral desafío de la página en blanco, enzarzada en el combate con el ángel de la poesía, que solo quienes hemos batallado con él sabemos lo duro que es vencer. Por ello, un tanto desencantada afirma "la vida no es el desciframiento de los signos." No, de hecho que no. Es mucho más que eso, diría que es el signo mismo de lo humano y de lo divino, que pone su sello inmortal en la carne creada y su palabra.
Es mucho más que eso; sin embargo, desde Edipo, y quizá desde mucho antes, estamos aquí para enfrentar a la esfinge y descifrar el oscuro mensaje de la sabiduría que late en todas las cosas o morir en el empeño, porque así de dura es la tarea poética como lo ha señalado el mayor de nuestros líricos.
El tono desencantado de la primera parte de estas Láminas nace de la percepción que tiene Catalina de la inutilidad del intento de atrapar esa realidad tan descorazonadoramente fugaz que es el tiempo. Nos habla entonces de su avatar existencia! y su derrota. Incapaz de atrapar algo que no sea esa sombra del agua entre los dedos, que deja el desmoronarse temporal cotidiano, afirma que "lo único que tenemos / son los instantes/ destellos de nuestra fugacidad".
La desazón poética invade todo el campo vital, en apariencia, pues en el momento en que la autora proclama su credo desesperado: “la única salvación es el vacío”, proclama asimismo, con no disimulado orgullo de ser humano completo y realizado: "debo decir también/ que el amor/ ha sido mi intento diario// que he parido tres veces/ hijos leudados más allá/ de la carne// su tacto/su beso/ ha sido suficiente."
¿Quién, que haya crecido en amor de la poesía puede negar su importancia en el desarrollo del hombre, en su existir entero? Nadie, evidentemente, pero la poesía mayor es la vida humana en sí misma, y no hay canto más hermoso que ese ser, prolongación del nuestro, que se transforma en milagro cuando nos besa y que nos transmuta casi en ángeles cuando nos aproximamos a él. Ese es el verdadero poema de la vida humana, y basta su proclamación por la poeta para confirmarlo. Con Catalina, bien podemos repetir que es suficiente.

Esta constatación es la que da unidad a los contrarios en la segunda parte de Láminas, la unificadora dialéctica que hace afirmar a la escritora que nada existe sin su contrario y que volvemos, desde la nada y la muerte, "para empezar de nuevo".
Entonces, reposadamente, más allá de la angustia de la inasible memoria y su tránsito, entramos en la percepción del recuerdo como lo que de nosotros queda, en última instancia, como nuestra imagen en el tiempo, "entre la invención/ y lo que fue". Y la comprobación que esa última y definitiva pirueta, de la que tal vez nos levante la eternidad, ya para siempre, solo es "la caída total en uno mismo."

El tono de Cantos de piedra y agua es totalmente distinto. Catalina Sojos, ejerciendo su papel de sacerdotisa de la palabra, lleva el conjuro a trasponer en este poema los límites estrechos de lo individual -que aunque la reflexión poética los proyecte hacia lo cósmico, siempre se circunscriben al corazón humano-, para lanzarse al canto de amor a la tierra, que es la metáfora y el símbolo de la madre, y la madre misma; que es la sinfonía del cuerpo amado, y el cuerpo con ese "esplendor de la carne" que nos ciega; y lo hace, de acuerdo con el título del poema, de un modo eminentemente musical, arquitecturando la composición en un Preludio, un Aria y un Coral.

Cantos hay de ciudades, por supuesto, y muchos; pero difícilmente encontraremos uno tan bello y descarnado, como este, en cuyo Preludio, la poetisa se desnuda para habitar en el interior del cuerpo de la urbe, en sus labios; para hacer de su amor por el terruño pétreo y acuático, una especie de acto de entrega, como si se tratase de una pareja ideal, con la que cohabitara en infinita voluptuosidad. Y sin embargo, en principio no logra descifrar el misterio de la ciudad, aunque intuye que "existe un mar detrás de las cerradas puertas", que "cuenca llueve hacia dentro", y también que "es un paisaje que se abre siempre en el mismo sitio."

Por eso, va en peregrinación en pos de ese esquivo espíritu de la villa, que parece estar huyéndole a cada momento, pese a que proclame "habitas mi cuerpo y oscureces". El Aria es precisamente la parábola de la penetración en ese territorio virgen de la ciudad intacta e inabordada, a la que decide conquistar la escritora, al precio que sea. Como un guerrero que se lanza al combate proclama: "ciudad adolescente/ eres/ mi presa deseada", y no cejará hasta que la descifre, pasando muy sutilmente de la actitud altiva de los versos anteriores, a la plañidera 'espléndida/ y dolorosa...// ingrata mía"; a la paciente: "aguardaré/ que el viento vuelva a llenar mi copa"; a la suplicante: "te escribo/ desde mi angustia..."; a la seductora: "estrecho tu cintura/ bebo en ti/ mis mejores recuerdos" ; para culminar en la definitivamente amorosa: "amo tus ojos pacíficos de aldeana."
Solo que el intento de apoderarse del alma de Cuenca, no será ciego y acritico, por eso, en plena posesión, dirá a la urbe amada "odio tus párpados de rutina//
tu voz sin fondo/ negándose/ a sí misma".
Todo este proceso de entrañamiento con la ciudad perseguida y amada con una intensidad casi erótica, alcanza en el Coral una preciosa síntesis lírica, que hace de esta la sección la más lograda de esta mitad deliciosa de la manzana que Catalina Sojos construyó para nosotros con su palabra, sus sueños de maga, sus recuerdos y su aliento.


En el Canto Primero se da como una renuncia amorosa: "te escribo/ y dejo que el alma se me vaya/ en la noche desnuda// sembrado/ entre el barranco y la magnolia// mi corazón/ es fruto / ya/ maduro." Es tan delicadamente conmovedor el tono de este darse a la tierra, de esta entrega sin medida, en la que intervienen el espíritu de la poetisa y también su cuerpo, que el lector no puede dejar de participar de la emoción que lo invade todo.

En el Canto Segundo, emerge, desde el abandono, la voz lírica: "yo/ construí tu cuerpo". Sí, desde el Génesis, el poeta edifica el mundo, es por su palabra que la realidad toma cuerpo y es nombrada. Domadora y domada, la ciudad, como un perro fiel, va en pos de la artista: "indefensa/ me sigues por tus plazas/ y/ te descubro en cada rostro// entonces las palabras/ escalan por tu cuerpo." Todo milagro en la literatura es obra del verbo. Como correspondiendo a la entrega de la mujer en el canto anterior, la ciudad se le somete y aparece, a sus ojos, en todos los seres que la pueblan, y una vez más la palabra acaricia el dominio ya conquistado.
Lo demás es unificación, bello maridaje de la artista y de su cuna, en una simbiosis mágica: "Oh, acechada por mi alma// déjate llevar por la alucinación/ de mis palabras/ espejo y eco.../yo /soy /tú / yo// en este parpadeo de memoria/ y olvido."
Hay como un pacto de amor, una expresión del sentido profundo del misterio del verbo, encarnándose en "espejo y eco", lo irreal, lo inasible, y una suerte de fórmula que culmina en el rescate definitivo de todo lo que fue y será, en ese antagonismo que se resuelve en una nueva realidad: porque el parpadeo de la memoria y el olvido no es otra cosa que el poema.
Y culmina el canto en esa unificación final: "después de todos los caminos/ he regresado a ti// paletadas de luna/ entierran el último gesto/ la única palabra/...// destino nostalgia y resistencia/ único territorio de mi alma."
La persecución de amor ha terminado, el cantar de la poetisa llega a su ápice. Solo queda la palabra única, la poesía, enterrada bajo la luz irreal, y la identidad de la ciudad y la mujer en ese destino final, proclamado en una mezcla de gozo, leve tristeza, ternura y victoria.
Este doble libro tendrá que ser leído y releído, y cada vez se le hallarán nuevos sentidos, nuevas posibilidades de interpretación. Yo he puesto ante ustedes mi lectura, pero no es, no puede ser, la única.


Analíticamente visto en el futuro, aparecerán las sutilezas del trabajo sobre el lenguaje ; el discurso lírico en apóstrofe, que persigue la realidad física y espiritual de Cuenca, la preciosa construcción de las imágenes, los símiles y las metáforas, aquellos en que Catalina se vuelve sauce, espejo, eco, y su corazón "un fruto ya maduro" ; esos otros en que la ciudad "embriagada y sonámbula" se animiza o personifica y tiene "pacíficos ojos", "voz sin fondo", una cintura que estrecha la poeta, y unos muslos en los que cae la lluvia. Y otro tanto ocurrirá con el minucioso proceso de orfebrería a que ha sido sometida la lengua en Láminas de la memoria.

Comparativamente se pondrán en la balanza las confesiones desencantadas y el tinte evocativo del un texto y el tono más amplio y hondamente telúrico de los Cantos de piedra y agua, y, sin duda, se evaluarán sus respectivas alturas poéticas. ¡Tantas y tantas cosas que se podrán leer en los renglones de esta poesía y entre sus líneas! Se la descifrará desde puntos de vista muy diversos, pero lo importante será que nunca se pierda de vista la dosis de sinceridad y ternura, la gran cantidad de existencia y de recuerdo que contienen.
¡Larga vida y largas, interminables lecturas a estos dos hermosos conjuntos poéticos, y que Catalina Sojos siga tramando en el secreto de su cueva de encantadora, otros hechizos para transformar la lengua en esos ecos y espejos que la vuelven tan delicada, tan musical, tan suya y tan universalmente nuestra!

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