RAÚL ANDRADE
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La simplicidad casi críptica de un discurso convertido en suma de
fragmentos diseñados con una lograda operación mediante una suerte
de bisturí semántico;.../
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un pensar que se negó a ser expresión de una falsa cultura, mera
máscara sin consistencia de un tiempo digno de olvido.../
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Y si se es un escritor, de la
calidad de Raúl Andrade, se cruzan en su expresión como un arco
infinito las sinrazones de su alma y las contundencias de la
Tierra.../
Todos nos
sentimos fascinados ante la magia. Y no me refiero a horóscopos
diarios o semanales, ni a pitonisas estereotipadas según
preferencias del sufrido público común o del gozoso público
farandulero. Hablo de la magia que se logra a través de la
literatura, esa “cosa que deleita o suspende” mediante conjuros
de palabras, creación de personajes iluminados por un halo interior,
recuperación de personajes insólitos y, por supuesto, no fácilmente
encontrables en el diario devenir.
El mago se
llamaba Raúl Andrade y en este año se celebran los cien años de su
nacimiento.
El creador
de los títulos más bellos de la Literatura Ecuatoriana y de la
prosa más brillante de nuestras letras, tales como “Gobelinos de
Niebla” “Barcos de Papel” y esa obra maestra que se llama “El
Perfil de la Quimera” con capítulos irrepetibles como “García
Lorca: alegoría de España yacente” “Retablo de una generación
decapitada” “Charlot, parábola y hazaña de la desventura”
“Teoría del destierro” “Viaje alrededor de la muerte” y
“Rosalía de Castro, sirena de la nostalgia” a su vocación
intelectual, tan ávida y curiosa, como exigente en rigor y
precisión, sumaba una sensibilidad expresiva que se manifestó en su
prosa burilada y hermosa. Sobrio y parco en sus manifestaciones
exteriores, Andrade poseía un temperamento apasionado, gustaba de
los afectos, de la amistad, y tuvo el privilegio de contar entre sus
amigos a personajes que hoy son un mito de la historia universal,
tales como Charles Chaplin y Azorín.
Dominaba el
periodismo literario y conjugaba la originalidad del razonamiento con
la puntualidad de la erudición, la claridad del estilo y la síntesis
de los juicios, perfectos en su expresión, equilibrio y acierto. En
el Telégrafo y luego en el Comercio aparecieron regularmente los más
importantes artículos de su extraordinaria obra y, sobre todo, trajo
a un ambiente en el que reinaba un esnobismo cosmopolita la
preocupación por nuestra América hispana, extraña para muchos
pero, hundida entrañablemente en la realidad de nuestro continente
mestizo. Esencial y riguroso en la inteligencia y en la conducta,
nada de lo mejor que se producía en nuestra América y en el mundo,
le fue extraño o ajeno a este moderno humanista que jamás claudicó
en su lucha por el ideal de originalidad y justicia que quiso
infundir al Ecuador con su vida y con su obra.
Contundente
en sus juicios teóricos, exigente hasta el sarcasmo en sus críticas,
la pasión fue no obstante una suerte de eje que le dominó y se hizo
carne en su obra. La simplicidad casi críptica de un discurso
convertido en suma de fragmentos diseñados con una lograda operación
mediante una suerte de bisturí semántico; ese parece ser desde la
óptica de su obra creativa el resultado en el que desemboca un
pensar que se negó a ser expresión de una falsa cultura, mera
máscara sin consistencia de un tiempo digno de olvido.
Una prosa
llena de maravilla y de desasosiego, a veces de aceptación con
saltos de incredulidad, su obra es una especie de cofre del tesoro
para un alto destino. Asumir la existencia y poder maravillarse no
excluye una actitud de velada angustia y de extrañamiento. La vida
se presenta con sus mutaciones inevitables, el hoy que se trasmuta y
lleva implícita la incertidumbre que vendrá después. El hombre
vive jugándose a esa incertidumbre, intentando conformar una imagen
acabada de su finalidad en la tierra, de su razón de ser. Y si se es
un escritor, de la calidad de Raúl Andrade, se cruzan en su
expresión como un arco infinito las sinrazones de su alma y las
contundencias de la Tierra.
Desde el
fondo de su ser estético, Andrade se expresaba sobre los eternos
temas en un lenguaje personal que hablaba del modo cómo se sentía
peregrino del mundo, prisionero del yo, pero partícipe a su lúcida
manera de la magnificencia de todas las cosas.
Cuando se
juntan en la escritura la sensibilidad y el talento como ocurría con
Andrade, pienso que nada puede igualar la combinación de ambas
cosas. La musicalidad de su expresión iba más allá de las palabras
que a veces resultaban insuficientes para expresar sus pensamientos.
Raúl
Andrade manifestaba que el escritor era un hombre común que se
dedicaba a la tarea de escribir en sus momentos de soledad y
ensimismamiento; pero, al mismo tiempo, lo llamaba su
“entretenimiento espiritual, una especie de tiempo perdido” que
le ayudaba a continuar viviendo.
No es fácil
resumir en un artículo corto el perfil de Raúl Andrade: ensayista,
cronista vitriólico, testigo de su tiempo, que dedicó la mayor
parte de su vida a servir a la cultura ecuatoriana.
Concluyamos
con sus propias palabras en su “Viaje alrededor de la muerte”
.../ “se
trata de un inmenso espacio lagunar, defendido por gigantescos cactus
rojizos e iluminado por verdes farolitos estremecidos por el viento
del miedo; sus aguas, aguas de muerte son, de una terrible y cenagosa
densidad estancada. De ellas nacen los cuatro ríos cardinales de
esta milenaria angustia que he tratado de revisar. Hacia el Norte la
poesía resbala con su caudaloso rumor de onda transparente y
quebrada, hacia el Sur, median las negras aguas de la mística y el
estoicismo - sobre ellas va flotando, como un gran lirio muerto, el
pálido perfil de Manolete -; por el Este se desliza el torrente de
una imaginería de espuma con sus pequeños gritos de acuchillado
nocherniego; por el Oeste, por último, rumbo al poniente marinero,
la pintura de bravíos contrastes deslustrados y matices versátiles
como la luz, como la mujer, como el aire. Desde allá descendemos,
hombre y mujer, codo con codo atados, por el confín del tiempo,
bebiendo en las cuatro aguas y orillando la muerte, penetrando en la
muerte, rebasando la muerte”.../
José Serrano González

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