sábado, 6 de abril de 2013

Raúl Andrade y las contundencias de la tierra. José Serrano González



 



RAÚL ANDRADE

.../ La simplicidad casi críptica de un discurso convertido en suma de fragmentos diseñados con una lograda operación mediante una suerte de bisturí semántico;.../

.../ un pensar que se negó a ser expresión de una falsa cultura, mera máscara sin consistencia de un tiempo digno de olvido.../

.../ Y si se es un escritor, de la calidad de Raúl Andrade, se cruzan en su expresión como un arco infinito las sinrazones de su alma y las contundencias de la Tierra.../

Todos nos sentimos fascinados ante la magia. Y no me refiero a horóscopos diarios o semanales, ni a pitonisas estereotipadas según preferencias del sufrido público común o del gozoso público farandulero. Hablo de la magia que se logra a través de la literatura, esa “cosa que deleita o suspende” mediante conjuros de palabras, creación de personajes iluminados por un halo interior, recuperación de personajes insólitos y, por supuesto, no fácilmente encontrables en el diario devenir.

El mago se llamaba Raúl Andrade y en este año se celebran los cien años de su nacimiento.

El creador de los títulos más bellos de la Literatura Ecuatoriana y de la prosa más brillante de nuestras letras, tales como “Gobelinos de Niebla” “Barcos de Papel” y esa obra maestra que se llama “El Perfil de la Quimera” con capítulos irrepetibles como “García Lorca: alegoría de España yacente” “Retablo de una generación decapitada” “Charlot, parábola y hazaña de la desventura” “Teoría del destierro” “Viaje alrededor de la muerte” y “Rosalía de Castro, sirena de la nostalgia” a su vocación intelectual, tan ávida y curiosa, como exigente en rigor y precisión, sumaba una sensibilidad expresiva que se manifestó en su prosa burilada y hermosa. Sobrio y parco en sus manifestaciones exteriores, Andrade poseía un temperamento apasionado, gustaba de los afectos, de la amistad, y tuvo el privilegio de contar entre sus amigos a personajes que hoy son un mito de la historia universal, tales como Charles Chaplin y Azorín.

Dominaba el periodismo literario y conjugaba la originalidad del razonamiento con la puntualidad de la erudición, la claridad del estilo y la síntesis de los juicios, perfectos en su expresión, equilibrio y acierto. En el Telégrafo y luego en el Comercio aparecieron regularmente los más importantes artículos de su extraordinaria obra y, sobre todo, trajo a un ambiente en el que reinaba un esnobismo cosmopolita la preocupación por nuestra América hispana, extraña para muchos pero, hundida entrañablemente en la realidad de nuestro continente mestizo. Esencial y riguroso en la inteligencia y en la conducta, nada de lo mejor que se producía en nuestra América y en el mundo, le fue extraño o ajeno a este moderno humanista que jamás claudicó en su lucha por el ideal de originalidad y justicia que quiso infundir al Ecuador con su vida y con su obra.

Contundente en sus juicios teóricos, exigente hasta el sarcasmo en sus críticas, la pasión fue no obstante una suerte de eje que le dominó y se hizo carne en su obra. La simplicidad casi críptica de un discurso convertido en suma de fragmentos diseñados con una lograda operación mediante una suerte de bisturí semántico; ese parece ser desde la óptica de su obra creativa el resultado en el que desemboca un pensar que se negó a ser expresión de una falsa cultura, mera máscara sin consistencia de un tiempo digno de olvido.

Una prosa llena de maravilla y de desasosiego, a veces de aceptación con saltos de incredulidad, su obra es una especie de cofre del tesoro para un alto destino. Asumir la existencia y poder maravillarse no excluye una actitud de velada angustia y de extrañamiento. La vida se presenta con sus mutaciones inevitables, el hoy que se trasmuta y lleva implícita la incertidumbre que vendrá después. El hombre vive jugándose a esa incertidumbre, intentando conformar una imagen acabada de su finalidad en la tierra, de su razón de ser. Y si se es un escritor, de la calidad de Raúl Andrade, se cruzan en su expresión como un arco infinito las sinrazones de su alma y las contundencias de la Tierra.

Desde el fondo de su ser estético, Andrade se expresaba sobre los eternos temas en un lenguaje personal que hablaba del modo cómo se sentía peregrino del mundo, prisionero del yo, pero partícipe a su lúcida manera de la magnificencia de todas las cosas.

Cuando se juntan en la escritura la sensibilidad y el talento como ocurría con Andrade, pienso que nada puede igualar la combinación de ambas cosas. La musicalidad de su expresión iba más allá de las palabras que a veces resultaban insuficientes para expresar sus pensamientos.

Raúl Andrade manifestaba que el escritor era un hombre común que se dedicaba a la tarea de escribir en sus momentos de soledad y ensimismamiento; pero, al mismo tiempo, lo llamaba su “entretenimiento espiritual, una especie de tiempo perdido” que le ayudaba a continuar viviendo.

No es fácil resumir en un artículo corto el perfil de Raúl Andrade: ensayista, cronista vitriólico, testigo de su tiempo, que dedicó la mayor parte de su vida a servir a la cultura ecuatoriana.

Concluyamos con sus propias palabras en su “Viaje alrededor de la muerte”
.../ “se trata de un inmenso espacio lagunar, defendido por gigantescos cactus rojizos e iluminado por verdes farolitos estremecidos por el viento del miedo; sus aguas, aguas de muerte son, de una terrible y cenagosa densidad estancada. De ellas nacen los cuatro ríos cardinales de esta milenaria angustia que he tratado de revisar. Hacia el Norte la poesía resbala con su caudaloso rumor de onda transparente y quebrada, hacia el Sur, median las negras aguas de la mística y el estoicismo - sobre ellas va flotando, como un gran lirio muerto, el pálido perfil de Manolete -; por el Este se desliza el torrente de una imaginería de espuma con sus pequeños gritos de acuchillado nocherniego; por el Oeste, por último, rumbo al poniente marinero, la pintura de bravíos contrastes deslustrados y matices versátiles como la luz, como la mujer, como el aire. Desde allá descendemos, hombre y mujer, codo con codo atados, por el confín del tiempo, bebiendo en las cuatro aguas y orillando la muerte, penetrando en la muerte, rebasando la muerte”.../

José Serrano González

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