miércoles, 26 de septiembre de 2012

PARA SER CULTOS





LUIS MIGUEL CAMPOS*

* YO LE PREGUNTÉ QUE CUÁNTOS LIBROS DEBÍA LEER UNA PERSONA PARA SER CULTA, A LO QUE ÉL RESPONDIÓ QUE LA CULTURA NO ERA SÓLO LEER LIBROS SINO TENER UNA MENTE ABIERTA. PERO, ¿CÓMO SE TIENE UNA MENTE ABIERTA?

*¡AY, LA CULTURA! EN UN LIBRO DICE QUE LA CULTURA ABARCA MUCHAS COSAS Y QUE LO MÁS IMPORTANTE DE LA CULTURA ES LA IDENTIDAD. O SEA LA CÉDULA DE IDENTIDAD.


Era niño cuando tuve mi primera aproximación a la cultura. De regreso del colegio leí un letrero en el pasillo del bus que decía: “sea culto, arroje los papeles por la ventana”, así que yo, en mi afán de ser culto, hice caso al letrero y me deshice de todos los libros y cuadernos que traía.

No adquirí el titulo del niño más culto, sino del más estúpido. A partir de entonces la vida para mí no giró en torno al bien y al mal, sino a la cultura y a la estupidez.

Pepito, mi compañero de banca, sí era el más culto de todos. Él sabía siempre las lecciones y sacaba veinte sobre veinte en todas las asignaturas. El secreto de su éxito era una excelente memoria ya que podía almacenar en la mente todo lo que decía el profesor y también las cosas que estaban en los libros, tal cual habían sido escritas. Entonces, la cultura era como una enorme bodega en la que se guardaban cosas, y ser culto dependía de conocer el sitio exacto dónde estaban y qué contenían. Sin embargo mi memoria no era precisamente buena, así que mejor me olvidé de la cultura y me dediqué a ser buen deportista.

Los buenos deportistas, sobre todo los que juegan bien al fútbol, tienen un éxito enorme en los colegios y son tan admirados como los que tienen buena memoria. Pero hay muchos deportistas y la mayoría tienen pésima memoria. Por otro lado, hay niños que son los primeros de la clase y que son pésimos en el fútbol, sin embargo el mundo está hecho así: solo hay cabida para lo uno u lo otro, los demás son mediocres.

El caso es que no fui el mejor en el fútbol ni tampoco tenía buena memoria, por lo tanto nunca descollé como hubiera querido. A los ocho años estaba condenado a la mediocridad.

Diosito, que siempre es grande, mandó un día una reforma educativa al colegio en la que se decía claramente que la memoria ya no valía –con lo cual Pepito fue destronado, aunque siguió siendo el primero de la clase- y que ahora lo que servía era la investigación. Había que ser investigadores para ser cultos, con lo cual vi mi tabla de salvación para dejar de ser mediocre. (La reforma educativa no dijo nada sobre los jugadores de fútbol).

En la investigación no me fue mal, pero Pepito seguía siendo el primero de la clase. Ahora ya no decían que Pepito era culto, sino solo aplicado, y que los buenos investigadores eran los realmente cultos, así que me forcé por ser un excelente investigador, pero cuando estaba por serlo, llegó otra reforma educativa en la que se decía que ya no era importante la investigación sino la creatividad.

La licenciada López, maestra del sexto grado, era la que más impulsaba la creatividad, pero Pepito, que nunca en su vida había creado nada, seguía teniendo veinte sobre veinte. Entonces deduje que la investigación y la creatividad, en el sistema educativo, eran sinónimos de buena memoria. A todo esto mi mamá opinaba que las personas más creativas del país eran las amas de casa de escasos recursos, que con dos papas daban de comer a cinco hijos, pero desgraciadamente en el colegio no había clases de cocina.

Años más tarde supe que la cultura tenía que ver con los libros y que quién más leía era más culto. O sea que Pepito era una bestia porque los únicos libros que había leído en su vida eran los textos del colegio. En mi irrenunciable afán de ser una persona culta me empeciné en leer cuanto libro cayera en mis manos. Desgraciadamente en mi casa no había una buena biblioteca, sino los mismos libros que hay en la mayoría de casas de este país. No me desanimé y ese año leí: la Biblia, que todos opinan por alguna razón que es el mejor libro de todos, aunque es muy difícil de leer, y también la guía de teléfonos, que es un poco aburrida, a pesar de que es un libro grueso e importante para saber cómo comunicarse con todos los que viven en la ciudad.

Un día llegaron a mi casa unos señores que se sabían la Biblia de memoria. Mi papá discutió con ellos y luego los botó de la casa alegando que eran unos ignorantes. Sus palabras fueron una cuchillada para mí, porque dijo que su problema era que sólo sabían la Biblia y nada más. Yo le pregunté que cuántos libros debía leer una persona para ser culta, a lo que él respondió que la cultura no era sólo leer libros sino tener una mente abierta. Pero, ¿cómo se tiene una mente abierta?

Mamá opinaba que las personas que viajan, que conocen otras latitudes, tienen la mente abierta, y que por lo tanto son cultas. O sea mi prima Yoli, que se fue a Alemania a trabajar de empleada doméstica y después a Italia, donde cuidó a unos viejitos que pronto se murieron, y después pasó a Suiza donde vivió tres meses hasta que la deportaron. A la fiesta de navidad, en la que se reunió toda la familia, asistió mi prima Yoli, la más culta de la familia, y le pidieron a ella que hiciera el brindis, pero, oh sorpresa, después de tres años de ausencia, mi prima Yoli ya se había olvidado de hablar el español. De regreso a casa mi papá opinó que la prima Yoli era una bruta porque no hablaba ni español, ni alemán, ni italiano, peor suizo, ni tampoco podía decir una frase coherente en ningún idioma.

En esta desesperación por ser una persona culta, descubrí que los cultos son aquellos que tienen título universitario. No uno solo sino varios. Como don Jaime, nuestro vecino, que maneja un taxi a pesar de tener tres profesiones: él es profesor, ingeniero de sistemas y taxista, claro, aunque para esto último no tiene titulo universitario, sino sportman. Pero mi ambición no es manejar un taxi, sino ser persona culta, cultísima.

Ya de adulto me volví a encontrar con Pepito. Había terminado el colegio con honores y acababa de regresar del extranjero donde había estudiado un montón de carreras –toditas aprendidas de memoria- y traía varios títulos. Como es de familia rica estaba bien conectado y tenía un excelente trabajo con un sueldazo. Él llenaba mis expectativas de cultura, pero cuando nos pusimos a conversar, pues... Conversaba de lo mismo que conversan todos los señores adultos de esta sociedad.

¡Ay, la cultura! En un libro dice que la cultura abarca muchas cosas y que lo más importante de la cultura es la identidad. O sea la cédula de identidad. Por fin comprendí que para ser culto hay que comenzar por tener cédula de identidad, y lo más importante: que el instituto estatal que se encarga de la cultura en el país es el Registro Civil.
LUIS MIGUEL CAMPOS Cuba 1960. Autor y Director de teatro. Investigador y Consultor. Escribe didáctica, ensayo, novela. Es guionista para televisión cine, video y radio. Entre sus múltiples publicaciones constan: TEATRO: 1986 “Juana de Jesús”, 1991 “San Sebastián”, “La Marujita se ha muerto con Leucemia”1993. “La mierda” 1999 “El secreto de la azucena” 2001 NOVELA: “La zorrilla del Cañaveral”1987, “Leche de luna”, 1997 ENSAYO: “Mariana de Jesús, entre terremotos y malos gobiernos” 1999.Primer Premio en el Concurso Nacional de Teatro de la Casa de la Cultura Ecuatoriana, por su obra dramática “San Sebastián”. 1990 Quito. Segundo Premio en el Concurso Nacional de Narrativa, por su novela “La zorrilla del cañaveral”. 1985 Quito.

2 comentarios:

  1. La lectura y el escribir desde adentro tomando muestras desde afuera son caminos que nos llevan hasta cierto punto a ser un poco màs honestos. El sistema nos tilda de peligrosos a tod@s los diferentes que pensamos distinto, a tod@s los que escojimos o nacimos con el corazòn por delante. La locura y la cordura son elemetos de la misma moneda, pero quien estè libre de culpa que lance la primera piedera.

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    1. Definitivamente tiene razón. Aquello del "corazón por delante" lo delata como poeta, es decir subversivo y distinto. Abrazos fraternos desde "la piedra de la locura"

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