LUIS
MIGUEL CAMPOS*
* YO LE PREGUNTÉ QUE
CUÁNTOS LIBROS DEBÍA LEER UNA PERSONA PARA SER CULTA, A LO QUE ÉL
RESPONDIÓ QUE LA CULTURA NO ERA SÓLO LEER LIBROS SINO TENER UNA
MENTE ABIERTA. PERO, ¿CÓMO SE TIENE UNA MENTE ABIERTA?
*¡AY, LA CULTURA! EN
UN LIBRO DICE QUE LA CULTURA ABARCA MUCHAS COSAS Y QUE LO MÁS
IMPORTANTE DE LA CULTURA ES LA IDENTIDAD. O SEA LA CÉDULA DE
IDENTIDAD.
Era niño cuando tuve
mi primera aproximación a la cultura. De regreso del colegio leí un
letrero en el pasillo del bus que decía: “sea culto, arroje los
papeles por la ventana”, así que yo, en mi afán de ser culto,
hice caso al letrero y me deshice de todos los libros y cuadernos que
traía.
No adquirí el titulo
del niño más culto, sino del más estúpido. A partir de entonces
la vida para mí no giró en torno al bien y al mal, sino a la
cultura y a la estupidez.
Pepito, mi compañero
de banca, sí era el más culto de todos. Él sabía siempre las
lecciones y sacaba veinte sobre veinte en todas las asignaturas. El
secreto de su éxito era una excelente memoria ya que podía
almacenar en la mente todo lo que decía el profesor y también las
cosas que estaban en los libros, tal cual habían sido escritas.
Entonces, la cultura era como una enorme bodega en la que se
guardaban cosas, y ser culto dependía de conocer el sitio exacto
dónde estaban y qué contenían. Sin embargo mi memoria no era
precisamente buena, así que mejor me olvidé de la cultura y me
dediqué a ser buen deportista.
Los buenos deportistas,
sobre todo los que juegan bien al fútbol, tienen un éxito enorme en
los colegios y son tan admirados como los que tienen buena memoria.
Pero hay muchos deportistas y la mayoría tienen pésima memoria. Por
otro lado, hay niños que son los primeros de la clase y que son
pésimos en el fútbol, sin embargo el mundo está hecho así: solo
hay cabida para lo uno u lo otro, los demás son mediocres.
El caso es que no fui
el mejor en el fútbol ni tampoco tenía buena memoria, por lo tanto
nunca descollé como hubiera querido. A los ocho años estaba
condenado a la mediocridad.
Diosito, que siempre es
grande, mandó un día una reforma educativa al colegio en la que se
decía claramente que la memoria ya no valía –con lo cual Pepito
fue destronado, aunque siguió siendo el primero de la clase- y que
ahora lo que servía era la investigación. Había que ser
investigadores para ser cultos, con lo cual vi mi tabla de salvación
para dejar de ser mediocre. (La reforma educativa no dijo nada sobre
los jugadores de fútbol).
En la investigación no
me fue mal, pero Pepito seguía siendo el primero de la clase. Ahora
ya no decían que Pepito era culto, sino solo aplicado, y que los
buenos investigadores eran los realmente cultos, así que me forcé
por ser un excelente investigador, pero cuando estaba por serlo,
llegó otra reforma educativa en la que se decía que ya no era
importante la investigación sino la creatividad.
La licenciada López, maestra del
sexto grado, era la que más impulsaba la creatividad, pero Pepito,
que nunca en su vida había creado nada, seguía teniendo veinte
sobre veinte. Entonces deduje que la investigación y la creatividad,
en el sistema educativo, eran sinónimos de buena memoria. A todo
esto mi mamá opinaba que las personas más creativas del país eran
las amas de casa de escasos recursos, que con dos papas daban de
comer a cinco hijos, pero desgraciadamente en el colegio no había
clases de cocina.
Años más tarde supe que la cultura
tenía que ver con los libros y que quién más leía era más culto.
O sea que Pepito era una bestia porque los únicos libros que había
leído en su vida eran los textos del colegio. En mi irrenunciable
afán de ser una persona culta me empeciné en leer cuanto libro
cayera en mis manos. Desgraciadamente en mi casa no había una buena
biblioteca, sino los mismos libros que hay en la mayoría de casas de
este país. No me desanimé y ese año leí: la Biblia, que todos
opinan por alguna razón que es el mejor libro de todos, aunque es
muy difícil de leer, y también la guía de teléfonos, que es un
poco aburrida, a pesar de que es un libro grueso e importante para
saber cómo comunicarse con todos los que viven en la ciudad.
Un día llegaron a mi
casa unos señores que se sabían la Biblia de memoria. Mi papá
discutió con ellos y luego los botó de la casa alegando que eran
unos ignorantes. Sus palabras fueron una cuchillada para mí, porque
dijo que su problema era que sólo sabían la Biblia y nada más. Yo
le pregunté que cuántos libros debía leer una persona para ser
culta, a lo que él respondió que la cultura no era sólo leer
libros sino tener una mente abierta. Pero, ¿cómo se tiene una mente
abierta?
Mamá opinaba que las
personas que viajan, que conocen otras latitudes, tienen la mente
abierta, y que por lo tanto son cultas. O sea mi prima Yoli, que se
fue a Alemania a trabajar de empleada doméstica y después a Italia,
donde cuidó a unos viejitos que pronto se murieron, y después pasó
a Suiza donde vivió tres meses hasta que la deportaron. A la fiesta
de navidad, en la que se reunió toda la familia, asistió mi prima
Yoli, la más culta de la familia, y le pidieron a ella que hiciera
el brindis, pero, oh sorpresa, después de tres años de ausencia, mi
prima Yoli ya se había olvidado de hablar el español. De regreso a
casa mi papá opinó que la prima Yoli era una bruta porque no
hablaba ni español, ni alemán, ni italiano, peor suizo, ni tampoco
podía decir una frase coherente en ningún idioma.
En esta desesperación
por ser una persona culta, descubrí que los cultos son aquellos que
tienen título universitario. No uno solo sino varios. Como don
Jaime, nuestro vecino, que maneja un taxi a pesar de tener tres
profesiones: él es profesor, ingeniero de sistemas y taxista, claro,
aunque para esto último no tiene titulo universitario, sino
sportman. Pero mi ambición no es manejar un taxi, sino ser persona
culta, cultísima.
Ya de adulto me volví
a encontrar con Pepito. Había terminado el colegio con honores y
acababa de regresar del extranjero donde había estudiado un montón
de carreras –toditas aprendidas de memoria- y traía varios
títulos. Como es de familia rica estaba bien conectado y tenía un
excelente trabajo con un sueldazo. Él llenaba mis expectativas de
cultura, pero cuando nos pusimos a conversar, pues... Conversaba de
lo mismo que conversan todos los señores adultos de esta sociedad.
¡Ay, la cultura! En un
libro dice que la cultura abarca muchas cosas y que lo más
importante de la cultura es la identidad. O sea la cédula de
identidad. Por fin comprendí que para ser culto hay que comenzar por
tener cédula de identidad, y lo más importante: que el instituto
estatal que se encarga de la cultura en el país es el Registro
Civil.
LUIS
MIGUEL CAMPOS Cuba 1960.
Autor y Director de teatro. Investigador y Consultor. Escribe
didáctica, ensayo, novela. Es guionista para televisión cine, video
y radio. Entre sus múltiples publicaciones constan: TEATRO: 1986
“Juana de Jesús”, 1991 “San Sebastián”, “La Marujita
se ha muerto con Leucemia”1993. “La mierda” 1999 “El secreto
de la azucena” 2001 NOVELA: “La zorrilla del Cañaveral”1987,
“Leche de luna”, 1997 ENSAYO: “Mariana de Jesús, entre
terremotos y malos gobiernos” 1999.Primer Premio en el Concurso
Nacional de Teatro de la Casa de la Cultura Ecuatoriana, por su obra
dramática “San Sebastián”. 1990 Quito. Segundo Premio en el
Concurso Nacional de Narrativa, por su novela “La zorrilla del
cañaveral”. 1985 Quito.

La lectura y el escribir desde adentro tomando muestras desde afuera son caminos que nos llevan hasta cierto punto a ser un poco màs honestos. El sistema nos tilda de peligrosos a tod@s los diferentes que pensamos distinto, a tod@s los que escojimos o nacimos con el corazòn por delante. La locura y la cordura son elemetos de la misma moneda, pero quien estè libre de culpa que lance la primera piedera.
ResponderEliminarDefinitivamente tiene razón. Aquello del "corazón por delante" lo delata como poeta, es decir subversivo y distinto. Abrazos fraternos desde "la piedra de la locura"
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