miércoles, 28 de marzo de 2012

QUILLA RAIMI/LA FIESTA DE LA LUNA

CUENTO INFANTIL INÉDITO



Una lluvia de plumas cayó desde la luna, Miles de colores poblaron los montes y los ríos adquirieron sus destellos. Las aguas brillaban en cada gota y su canto hacía suspirar a los colibríes. El Cajas cubrió con su neblina a las achupallas, en tanto la quinua se vistió de gala con los velos finísimos del dorado.
¿Qué sucedía? ¿Por qué la luna hizo llover plumas esa noche clarísima de septiembre?
El aguacero plumífero invadió la selva y florecieron las orquídeas. Los colores saltaban entre las ramas y perseguían a los animales. Las chucurillas se escondieron en la cueva de Chobshi y los ojos verdes de los pumas se abrían desorbitados ante tanta maravilla.
La luna seguía alborotada, lanzando plumas como si en ello se le fuera la vida.
_ Son las guacamayas que vienen - dijo el Yachag del pueblo. Son las aves que buscan a los cañaris, sentenció taciturno.
- No comprendo respondió Don José Nivicela Cacique de Suscal.
- Lo que sucede es que son hijos de las Guacamayas y ahora andan desparramados por toda la tierra. Ellas quieren que vuelvan.
Don José sin decir más, tomó la bocina y comenzó a tocar con todas sus fuerzas. El sonido del instrumento llenó las montañas de Narrío y Quilloac, bajó las hondonadas de Cochancay y se extendió hacia el mar.
La música se llenó de plumas, y llegó hasta el Yurac Rumi, donde habitan los espíritus protectores de los cañaris.
¿Qué habrá sucedido? preguntaron - y se dirigieron velozmente hacia la tierra.
- Las guacamayas no encuentran a sus hijos - dijo el Yachac.
¡Vamos a buscarlos! gritaron los espíritus y salieron disparados a los confines de la Pachamama.

En un vuelo rasante pasaron por los montes más altos, Las Rocallosas y el Cañón del Colorado en Estados Unidos, los Alpes, los Pirineos en Europa.
Mientras tanto las cataratas se llenaron de plumas. En el Salto del Ángel, en las del Niágara y en Iguazú una explosión de colores inundaba el agua que caía a borbotones.
Luego las plumas revolotearon hacia los nevados y volcanes. El Everest, el Aconcagua y el Chimborazo se miraron alelados.
¡La tierra era una sola bola de plumas¡
¡Dónde están los cañaris! gritaba el viento, y los monzones inundaban con su eco los desiertos.
En el Sahara los camellos estornudaban y en Nazca las líneas comenzaron a perder sus formas.
Todo era un gran revoltijo.
¡Es el calentamiento global! sollozaban las musarañas.
¡No es eso! porque hace mucho frío - explicaron los delfines.
¿Habrá muerto el viejo George, en las Galápagos? se preguntaban las jirafas al otro lado del mundo.

Sin hacer caso, los espíritus ancestrales continuaron su viaje. ¡Había que encontrarlos, de otra forma la luna perdería su cabeza! y ellos sabían muy bien lo que sucedía cuando se volvía loca.
Sigamos su rastro en las ciudades - dijo el más inteligente.
De acuerdo, contestaron y tras averiguar en muchas de ellas, bajaron a Madrid.
Junto a la puerta de Alcalá, en el Retiro, los encontraron. ¡Allí estaban! reunidos, como en una gran pampa mesa.
- Pero no están todos, dijo el más pequeño.
- Dividámonos, propuso otro. Y salieron en grupos.
En Nueva York, en Murcia y en los alrededores de Roma permanecían los restantes.
¿Y ahora qué hacemos?
¡Volvamos a contarle al viejo Yachag! él sabrá qué hacer para que regresen.
Y así lo hicieron.

El sabio cañari tomó su bastón de mando cuajado de jeroglíficos; llenó con chicha un aríbalo ceremonial de Tacalshapa y en un quipi escondió maíz, las semillas sagradas.
Emprendió el viaje. Pasó por Hatum Cañar donde las antiguas tradiciones ordenaban el Quilla Raimi, la fiesta de la luna, descendió Los Andes y atravesó el mar.
Caminaba despacito, igual a las mujeres de su tierra, que saben que la Pachamama está embarazada en época de siembra.
- ¡Volverán! se repetía y tomaba un poco de chicha para el cansancio.
La luna se escondió y volvió a salir muchas veces...tan largo fue su viaje.
Cerca de Queens encontró a Kevin, un muchachito con rostro cañari.
- ¡Acompáñame! ordenó. Vamos a buscar a tus hermanos.
El chico movió la cabeza, negando. Mis papis me tienen prohibido hablar con extraños - dijo. Y se alejó corriendo.
El Yachac retomó su camino. ¡Tenía que hablar con todos, pero no sabía cómo!
Así decidió hacer el ritual. En un sitio que nadie conoce, habló nuevamente con los espíritus.
¡Tienen que ayudarme! suplicó. Estoy viejo y cansado. Debe haber una forma para que ellos se reúnan.
¡Está bien! vamos a convocar a la Gran Serpiente, es nuestra última oportunidad, contestaron los espíritus.

Entonces se formó un consenso en la tierra y en el cielo. Un enorme trueno se escuchó y los cañaris se encontraron, de pronto, en una gran explanada. Sin saber cómo, todos ellos, estaban juntos nuevamente.
Y habló el Yachag.
- Nuestra diosa la luna se siente mal, dijo, lanza plumas todo el tiempo, porque las guacamayas se están quedando calvas de pena.
Deben saber que en su tierra, las cosechas ya no existen.
Los retazos de colores que veíamos con las pampas moradas de la flor de papa, los amarillos del trigo y el maíz, los verdes y rojos del ají han desaparecido. Ya no hay quien trabaje los zamarros para el frío, y los sombreros de lana, ¡tan hermosos! junto con las cuzhmas se han olvidado.
Únicamente en los Museos exhiben las fajas que contaban su historia, y a pesar de que, se siguen usando sus palabras terminadas en ay, como Azuay y achachay, además de los nombres terminados en eg, y en ig como Chordeleg, Déleg y Sigsig, todo lo demás ha sido olvidado.
Los cuyes ya no tienen yerba, y los conejos de monte huyeron. El atug, es perseguido y en el aguarongo el capulí, el tocte y el guabisay tiemblan de frío.
Entonces los ojos de los bravos cañaris se humedecieron.
Recordaron el cañaro, (el árbol rojo del cual tomaron su color para la guerra con los incas) y su mente se iluminó con la fragancia de la ruda, la malvarrosa, el cedrón; se acordaron de Don José Nivicela, el único cacique vivo todavía en Suscal y comenzaron a contarse, entre ellos, sus historias.
Hablaron de la música, de la quipa y la bocina. De los atardeceres rojos de Chil-chil en los calientes de Cañar, de las azhangas y los quesillos, del sabor del poroto y el melloco.
Y decidieron volver.
Formaron una gran hilera con las semillas del maíz sagrado, y emprendieron el regreso. La columna se movía como una gran serpiente atravesando la tierra.
Entonces las guacamayas abrieron sus alas. La luna se sintió sonámbula de placer y la tierra se despojó de las plumas.
Todo volvió a su sitio.
Y los cañaris también.





































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