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| CUENTO INFANTIL INÉDITO |
Una
lluvia de plumas cayó desde la luna, Miles de colores poblaron los
montes
y los ríos adquirieron sus destellos. Las aguas brillaban en cada
gota y su canto hacía suspirar a los colibríes. El Cajas cubrió
con su neblina a las achupallas, en tanto la quinua se vistió de
gala con los velos finísimos del dorado.
¿Qué
sucedía? ¿Por qué la luna hizo llover plumas esa noche clarísima
de septiembre?
El
aguacero plumífero invadió
la selva y florecieron las orquídeas. Los colores saltaban entre las
ramas y perseguían a los animales. Las chucurillas se escondieron en
la cueva de Chobshi y los ojos verdes de los pumas se abrían
desorbitados ante tanta maravilla.
La
luna seguía alborotada, lanzando plumas como si en ello se le fuera
la vida.
_
Son las guacamayas que vienen - dijo el Yachag del pueblo. Son las
aves que buscan a los cañaris, sentenció taciturno.
-
No comprendo respondió Don José Nivicela Cacique de Suscal.
-
Lo
que sucede es que son hijos de las Guacamayas y ahora andan
desparramados por toda la tierra. Ellas quieren que vuelvan.
Don
José sin decir más,
tomó la bocina y comenzó a tocar con todas sus fuerzas. El sonido
del instrumento llenó las montañas de Narrío y Quilloac, bajó las
hondonadas de Cochancay y se extendió hacia el mar.
La
música se llenó de plumas, y llegó
hasta el Yurac Rumi, donde habitan los
espíritus protectores
de los cañaris.
¿Qué
habrá sucedido?
preguntaron - y se dirigieron velozmente hacia la tierra.
-
Las
guacamayas no encuentran a sus hijos - dijo el Yachac.
¡Vamos
a buscarlos! gritaron
los espíritus y salieron disparados a los confines de la Pachamama.
En
un vuelo rasante pasaron por los montes más altos, Las Rocallosas y
el Cañón del Colorado en Estados Unidos, los Alpes, los Pirineos en
Europa.
Mientras
tanto las cataratas se llenaron
de plumas. En el Salto del Ángel, en las del Niágara y en Iguazú
una explosión de colores inundaba el agua que caía a borbotones.
Luego
las plumas revolotearon hacia
los nevados y volcanes. El Everest, el Aconcagua y el Chimborazo se
miraron alelados.
¡La
tierra era una sola bola de plumas¡
¡Dónde
están los cañaris! gritaba el viento, y los monzones inundaban con
su eco los desiertos.
En
el Sahara los camellos estornudaban y en Nazca
las líneas comenzaron a perder sus formas.
Todo
era un gran revoltijo.
¡Es
el calentamiento global! sollozaban las musarañas.
¡No
es eso! porque hace mucho frío - explicaron los delfines.
¿Habrá
muerto el viejo George, en las Galápagos? se preguntaban las
jirafas al otro lado del mundo.
Sin
hacer caso,
los espíritus ancestrales continuaron su viaje. ¡Había que
encontrarlos, de otra forma la luna perdería su cabeza! y ellos
sabían muy bien lo que sucedía cuando se volvía loca.
Sigamos
su rastro
en las ciudades - dijo el más inteligente.
De
acuerdo, contestaron y
tras averiguar en muchas de ellas, bajaron a Madrid.
Junto
a
la puerta de Alcalá, en el Retiro, los encontraron. ¡Allí estaban!
reunidos, como en una gran pampa mesa.
- Pero no están todos, dijo el
más pequeño.
-
Dividámonos,
propuso otro. Y salieron en grupos.
En
Nueva York, en Murcia y en los
alrededores de Roma permanecían los restantes.
¿Y
ahora qué hacemos?
¡Volvamos
a contarle al viejo Yachag! él sabrá qué hacer para que regresen.
Y así lo hicieron.
El
sabio cañari tomó su bastón de mando cuajado de jeroglíficos;
llenó con
chicha un aríbalo ceremonial de Tacalshapa y en un quipi escondió
maíz, las semillas sagradas.
Emprendió
el viaje. Pasó por Hatum Cañar donde las antiguas tradiciones
ordenaban el Quilla Raimi, la fiesta de la luna, descendió Los Andes
y atravesó el mar.
Caminaba
despacito, igual a las
mujeres de su tierra, que saben que la Pachamama está embarazada en
época de siembra.
- ¡Volverán! se repetía y
tomaba un poco de chicha para el cansancio.
La
luna se escondió y volvió a salir muchas veces...tan largo fue su
viaje.
Cerca
de Queens encontró a Kevin,
un muchachito con rostro cañari.
- ¡Acompáñame! ordenó. Vamos
a buscar a tus hermanos.
El
chico movió la cabeza, negando. Mis papis me tienen prohibido hablar
con extraños - dijo. Y se alejó corriendo.
El Yachac retomó su camino.
¡Tenía que hablar con todos, pero no sabía cómo!
Así
decidió
hacer el ritual. En un sitio que nadie conoce, habló nuevamente con
los espíritus.
¡Tienen que ayudarme! suplicó.
Estoy viejo y cansado. Debe haber una forma para que ellos se reúnan.
¡Está bien! vamos a convocar a
la Gran Serpiente, es nuestra última oportunidad, contestaron los
espíritus.
Entonces
se formó un consenso en la tierra y en el cielo. Un
enorme trueno se escuchó y los cañaris se encontraron, de pronto,
en una gran explanada. Sin saber cómo, todos ellos, estaban juntos
nuevamente.
Y
habló el Yachag.
-
Nuestra diosa la luna se siente mal, dijo, lanza plumas todo el
tiempo, porque las guacamayas se están quedando calvas de pena.
Deben saber que en su tierra,
las cosechas ya no existen.
Los
retazos de colores
que veíamos con las pampas moradas de la flor de papa, los amarillos
del trigo y el maíz, los verdes y rojos del ají han desaparecido.
Ya no hay quien trabaje los zamarros para el frío, y los sombreros
de lana, ¡tan hermosos! junto con las cuzhmas se han olvidado.
Únicamente
en los Museos exhiben las fajas que contaban su historia, y a pesar
de que,
se siguen usando sus palabras terminadas en ay, como Azuay y
achachay, además de los nombres terminados en eg, y en ig como
Chordeleg, Déleg y Sigsig, todo lo demás ha sido olvidado.
Los cuyes ya no tienen yerba, y
los conejos de monte huyeron. El atug, es perseguido y en el
aguarongo el capulí, el tocte y el guabisay tiemblan de frío.
Entonces
los ojos
de los bravos cañaris se humedecieron.
Recordaron
el cañaro, (el
árbol rojo del cual tomaron su color para la guerra con los incas) y
su mente se iluminó con la fragancia de la ruda, la malvarrosa, el
cedrón; se acordaron de Don José Nivicela, el único cacique vivo
todavía en Suscal y comenzaron a contarse, entre ellos, sus
historias.
Hablaron
de la música, de la quipa y la bocina. De los atardeceres rojos de
Chil-chil en los calientes de Cañar, de las azhangas y los
quesillos, del sabor del poroto y el melloco.
Y decidieron volver.
Formaron una gran hilera con las
semillas del maíz sagrado, y emprendieron el regreso. La columna se
movía como una gran serpiente atravesando la tierra.
Entonces las guacamayas abrieron
sus alas. La luna se sintió sonámbula de placer y la tierra se
despojó de las plumas.
Todo volvió a su sitio.
Y los cañaris también.

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