miércoles, 15 de junio de 2011

MAESTRO



MAESTRO
CATALINA SOJOS
“El azar determina nuestro destino” fue la reflexión, provocada por la luminosidad de su pensamiento, la semana pasada.
Sólo el azar obliga a la confluencia de causalidades que nos llevan a determinado sitio o acción a lo largo de nuestra existencia.
Y he aquí Maestro que, una vez más, el destino sonríe cuando, gracias a la gentil invitación del Ministerio de Cultura, debo intentar unas breves palabras en torno a su vocación de poeta.
Y así, el albur combinado con mi audacia han determinado que sea yo, quizá su menos indicada discípula, la que confirme dicha regla.
Confieso que prefiero el silencio, y sin embargo, como dice Octavio Paz, “estamos hechos de palabras. Ellas son nuestra única realidad o, al menos, el único testimonio de nuestra realidad. No hay pensamiento sin lenguaje, ni tampoco objeto de conocimiento: lo primero que hace el hombre, frente a una realidad desconocida es nombrarla, bautizarla. Lo que ignoramos es lo innombrado. Y aun el silencio dice algo, pues está preñado de signos. No podemos escapar del lenguaje” fin de cita.
Esa revelación del lenguaje con la que usted ha signado a la literatura ecuatoriana de los últimos tiempos es la causa, raíz y fundamento que nos ha obligado a seguir por un sendero riguroso en torno al oficio poético, al maderamen de la poesía, a su estructura, su fondo y forma impecables.
Su lección de severidad, tenacidad y sapiencia, ejercida a diario en las aulas universitarias y en la cotidianidad, ha establecido que la cosecha de críticos, especialistas en el lenguaje, artistas y escritores, sea incuestionable.
Ahora bien, el campo de experimentación lingüística fue, para usted inagotable, así asevera:
.../ “Pero yo descubrí, que en cambio, si uno contextuaba debidamente las palabras podía liberarles de la significación y darles nuevos significados, crear nuevos campos semánticos,...!yo creo que ese es uno de los valores más perdurables de mis textos poéticos .../ haber liberado el lenguaje para crear una especie de lenguaje auroral casi del hombre primitivo, del niño cuando enfrenta el universo”
Ese universo tan íntimo suyo pleno de soledades y reinventos de la palabra en el que no hubo cabida más que a su pasión escritural;
“El éxito tampoco me ha fascinado.- dice- su llamamiento artero no ha encontrado eco en mi vida. Me ha obsedido la prestancia de la obra, su construcción orgánica, lo extremado de la perfección formal, no su resonancia en la crítica y en el público. En oportunidades, en vez de halagarme me desconcierta la benevolencia con que es recibida mi poesía”
Y es que su humildad Efraín, se manifiesta a cada instante, como cuando afirma en una carta inédita escrita allá en las Galápagos:
.../ “inadvertido como un algarrobo o un pájaro, Pero tal desconocimiento o insipiencia son condición esencial para que nada perturbe la entrega paciente y modesta al trabajo, única justificación para mi permanencia en Floreana y de mi existencia toda”.../
Y continúa:
.../ Obsedido por la soberanía de mi trabajo poético, no presté atención ni a las lisonjas ni a los halagos comunes de la vida, pero a su debido tiempo y sin que lo buscara me fueron concedidos: amor, fortuna y prestigio. Mas las ocasiones para mi alegría son diferentes: saborear un fruto, sumergirme en la lectura de un libro que me convenza de la no forzosidad de dormir; recorrer la inabarcable extensión de los muslos de la mujer; arrobarme en la música; degustar el buen licor con una conversación inteligente; gozar con el olor embriagante de los alimentos en los mercados; escuchar por horas y horas, felicitándome por el insomnio, el resuello anhelante del océano, como el del animal iracundo dentro de la jaula, cuyo bramido al aposentarse en mi alma se apacigua y adquiere el rigor geométrico de la cristalización de la escritura. Este alborozo alguien lo puede acrecentar, pero nadie arrebatar. Me pertenece y ahora presumo que en mí se consuma y agota.../
Esta verdad Maestro se expresa en mi silencio con el cual convoco a sus palabras para hacer una semblanza de su pasión y vocación creadora. Así como el pincel se rasga en manos del artista plástico, estas hilachas no intentan, nada más, que reflejar su yo poético, más allá de toda elucubración académica y compartirla hoy con aquellos que amamos su poesía.
Intentar el reflejo Efraín, la sombra, la significación de la huella dejada por su quehacer escritural.
Y fue esa confluencia de causalidades la que nos obligó a compartir algunos momentos significativos como cuando fuimos vecinos de barrio y le miraba pasar junto a Jacinto Cordero, Eugenio Moreno y aquellos poetas que formaron el Elan, seguidos de los estudiantes de la Universidad de Cuenca, aquella en la que su cátedra debía significar momentos irremplazables y mágicos, y fue el azar que me llevó al gozo de los encuentros de literatura organizados por usted como pilar fundamental.
Esas mismas causalidades que confluyeron en la Casa de la Cultura para cooperar con usted como nuestro presidente y que, además de redactar oficios y demás actividades propias de la ocupación cultural las horas se nos fueran entre charlas interminables con los poetas ecuatorianos y lecturas de sus amados Ezra Pound, T.S. Elliot, Rainer Maria Rilke, Paul Valery. Experiencias que yo absorbía desde mi sed de bibliófila y devoradora de poesía.
Porque con usted Maestro, apasionado de la música contemporánea y sus innovaciones, el tiempo se nos iba entre la música electroacústica, aleatoria y la composición seriada. Así conocí a Pierre Boulez, Stockhausen, Messian y aprendí que provocamos el azar, como asevera en sus analogías.
Afirmar que Efraín Jara Idrovo es una de las cifras más altas de la poesía ecuatoriana de todos los tiempos resulta ocioso; insistir en las múltiples facetas que se pueden estudiar dentro de su esplendoroso venero poético es excesivo, además de que la crítica ya se ha encargado de ello, únicamente insistir en el asombro que golpea mi vida cada vez que usted, a las once en punto de la mañana, llega hasta la puerta de ese rincón patrimonial amado y fraternalmente tomamos un café y releemos sus textos, con esa felicidad real de aprender las lecciones inéditas que me ofrece.
Permítame pues concluir con su sentencia:
.../ La felicidad es real, si bien cada cual la imagina a su manera. Para mí la felicidad consiste en am¬bicionar, inclusive en los momentos de privación y desposeimiento, úni¬camente lo que ya me pertenece y aún eso considerarlo como un exce¬so- afirma- Lástima que no se dispensen me¬dallas a los hombres felices y ena¬morados de la vida. Nada me hubiera envanecido tanto como ser con¬decorado por haber gozado pagana¬mente la vida y haber enseñado a amarla.../
Pues usted ya lo ha hecho. ¡Gracias por ello!

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