martes, 14 de junio de 2011

ALBERTO ORDÓÑEZ


ALBERTO ORDÓÑEZ ORTIZ

La poesía de la Antología Personal de Catalina Sojos, auspiciada y editada dentro de la Colección Palabra Viva de la de la Casa de la Cultura Ecuatoriana-Matriz es, si se me concede la insolencia de etiquetarla: una túnica bordada por tréboles de cuatro hojas, porque nos enfrenta a esa gracia mayor: la posibilidad -suerte, dicho, con propiedad- de exaltarnos frente al deslumbrante milagro de la verdadera poesía. La que conmueve hasta el punto de rebasar las constelaciones de nuestra capacidad de asombro. La que bajo la bóveda celeste de sus sucesivos relámpagos nos conduce con premedita dulzura a una deflagración gozosamente admitida: terminar como fragmentos de la alegórica copa de cristal de nuestro Ser. La que, en suma, nos coloca -permítanme la dislocante alusión- bajo las garrapatas del recuerdo.

Poesía de ritmo y estatura ceremonial. El ingreso a su catedral no puede ser cualquiera, ni para cualquiera. Es preciso que avancemos con unción, porque entre el címbalo de sus torres, en el ondear de la luz perdidamente enamorada de los capiteles, en el ascético recogimiento de su altar mayor, vibra a rabiar la vida y, a la vida hay que respetarla o vivirla hasta el exterminio total, porque es menester entender que a la muerte hay que hacerle trampa y, no dejar para su hambre, hueso sano. Entre las lucernas de sus cúpulas y los vitrales de sus arcos laterales, la poesía nos prende como a teas y nos conduce entre sus solemnes acordes, mientras el incienso, la mirra y el olíbano nos enfiestan el aire y de pronto flotamos en dirección a todas y a ninguna parte.

En “La Espera”, su poema liminar, Catalina nos dice entre un susurro de cucardas y un arco iris de mariposas: “escucha como brota mi silencio…” “…mira como se queda el pensamiento/ agazapado en la esquina/ de tu aliento…” “…regálame las hebras de tu luz/ para tejer la espera.” La añoranza -la suya que, también es nuestra en la medida de nuestros testimonios de similar andadura- nos esparce entre sus aspas. Lunas rojas y un sabor a nunca marcan el tránsito de la procesión de sus conmovedores versos enmarcados por los pétalos que a su paso lanzamos sus insomnes fieles. La luz –mejor dicho, la poesía- se hace una contigo y marcha a campo traviesa, se instala entre las radas que fulguran en la noche, rompe la bóveda mayor del espacio y finalmente la vence.

Empero, su poesía no se queda en ese dintel, porque por encima de los istmos que se le puedan endosar, es poesía de tambores, burbujas de miel y salmuera, como de incesantes rupturas. Bajo esa impronta, nos dice: “No recuerdo desde cuando estoy aquí…la soledad embota. Sin embargo es lo único que resisto…” Y en “Galatea” nos abre la alacena de sus cañaverales y nos enrostra: “tu que descubriste el recodo/ donde sorber la luz/ en mi garganta/ preparas el perfil de la ausencia/ yo/ escucho los huecos de la noche” Poesía destinada a perdurar. Poesía que nos envía a mirar al centro de nosotros. Donde está todo. Incluida la bahía que al leer a Catalina, estalla entre mis ojos.

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