miércoles, 3 de febrero de 2010

AMADO JORGE ENRIQUE


ASÍ

Con esa despiadada ternura, con el abrazo sin tiempo de la mujer amada, con los últimos besos pegados en la arcilla, descendió la vasija a la humedad de la tierra fecunda. Se deslizó sin peso, como si levitara, llevando en su vientre las cenizas amadas. Y la poesía quedó desconcertada, esperando su pieza clave, su instrumento; por un brevísimo instante recorrió la corteza y el árbol, la voz de aquellos que entonaban su adiós de barro y viento. Así, entrañable y prodigiosamente la vasija abrazó la finitud y selló su destino; con la humildad de la arcilla, con la sabiduría del tiempo recuperado, sin ambages, de cerca y de memoria, el útero de la poesía se envolvió en el silencio. “A veces soy feliz, pero amanece” vuelve la voz desde la tierra y jubilosa ordena un nuevo aprendizaje, otras lecturas, en tanto “afuera sigue la ciudad/ yo renuncio a su fulgor bajo tu lengua” Esas lenguas que tornarán sin tiempo a moldear y a repetir los poemas del desterrado de sus huesos. Y porque los árboles mudan sus hojas, y el sol cae puntual para secar el barro, y la lluvia es una bóveda de trinos, así, y para siempre, Jorge Enrique Adoum continuará desenterrando el amor entre sus versos.

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