
ASÍ
Con esa despiadada ternura, con el abrazo sin tiempo de la mujer amada, con los últimos besos pegados en la arcilla, descendió la vasija a la humedad de la tierra fecunda. Se deslizó sin peso, como si levitara, llevando en su vientre las cenizas amadas. Y la poesía quedó desconcertada, esperando su pieza clave, su instrumento; por un brevísimo instante recorrió la corteza y el árbol, la voz de aquellos que entonaban su adiós de barro y viento. Así, entrañable y prodigiosamente la vasija abrazó la finitud y selló su destino; con la humildad de la arcilla, con la sabiduría del tiempo recuperado, sin ambages, de cerca y de memoria, el útero de la poesía se envolvió en el silencio. “A veces soy feliz, pero amanece” vuelve la voz desde la tierra y jubilosa ordena un nuevo aprendizaje, otras lecturas, en tanto “afuera sigue la ciudad/ yo renuncio a su fulgor bajo tu lengua” Esas lenguas que tornarán sin tiempo a moldear y a repetir los poemas del desterrado de sus huesos. Y porque los árboles mudan sus hojas, y el sol cae puntual para secar el barro, y la lluvia es una bóveda de trinos, así, y para siempre, Jorge Enrique Adoum continuará desenterrando el amor entre sus versos.
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