miércoles, 27 de enero de 2010

POEMA DE LOS DONES Jorge Luis Borges


POEMA DE LOS DONES
Jorge Luis Borges

Nadie rebaje a lágrima o reproche 
esta declaración de la maestría de Dios, 
que con magnífica ironía 
me dio a la vez los libros y la noche. 
De esta ciudad de libros hizo dueños
a unos ojos sin luz, 
que sólo pueden leer en las bibliotecas
de los sueños los insensatos párrafos 
que ceden las albas a su afán. 
En vano el día les prodiga sus libros infinitos, arduos como los arduos manuscritos 
que perecieron en Alejandría. 
De hambre y de sed 
(narra una historia griega)
muere un rey entre fuentes y jardines; 
yo fatigo sin rumbo los confines 
de esta alta y honda biblioteca ciega.
Enciclopedias, atlas, 
el Oriente y el Occidente,
siglos, dinastías, símbolos, 
cosmos y cosmogonías brindan los muros,
pero inútilmente.
Lento en mi sombra, 
la penumbra hueca exploro 
con el báculo indeciso, yo, 
que me figuraba el Paraíso 
bajo la especie de una biblioteca. 
Algo, que ciertamente no se nombra 
con la palabra azar, rige estas cosas; 
otro ya recibió en otras borrosas tardes 
los muchos libros y la sombra.
Al errar por las lentas galerías 
suelo sentir con vago horror sagrado 
que soy el otro, el muerto, 
que habrá dado los mismos pasos en los mismos días. 
¿Cuál de los dos escribe este poema
de un yo plural y de una sola sombra? 
¿Qué importa la palabra que me nombra 
si es indiviso y uno el anatema? 
Groussac o Borges,
miro este querido mundo que se deforma 
y que se apaga en una pálida ceniza vaga 
que se parece al sueño y al olvido.

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