sábado, 23 de junio de 2012

ELEGÍA



ELEGÍA
CÉSAR ANDRADE Y CORDERO

Te fuiste y es lo mismo; porque todo
Conspira entre mis hombros:
El machacado rostro de la ausencia,
Tu sombra destrozada y su tumulto,
Y la mano que sube ardiendo entre latidos
A posar en la sien su mariposa;
Mis pasos en la acera, en alta noche,
Y este olor de congoja y de viejos papeles
Que mueren entre besos y palabras.
Te fuiste y es lo mismo. Con los ojos
Toco la tierra de mis noches. Tiene
Una música tierna y una luz de manzana
Como esa que traías en tus mejillas claras.
Te fuiste y es lo mismo, porque siempre
Caminarás conmigo ese viejo camino.
Oigo tus pasos ahora como entonces,
Oigo tus pasos ahora como tú oyes los míos,
Visitando lugares, subiendo
Paredes solitarias, viejos patios,
Catedrales de sueño, muros de altas ventanas,
Suspirando conmigo entre dos muertes,
Buscándole los pulsos a las fotografías,
Y el alma a los perfumes,
Y el grito a las guitarras,
Y el llanto a las canciones.
Y tengo tu calor, tengo el latido
De tu pausa entreabierta y anhelante,
Como la silla de tijeras donde
Vertiste tu desmayo esa mañana.
Y lo recuerdo todo aunque tú no me escuches,
Aunque, ebria, el alma ladre; y aunque todo
Muera como esas rosas en el vaso.

.....
Doblegando tu ausencia, tu inconstancia,
Tus pequeños cuchillos de nostalgia,
Por delgadas costillas de honda tierra
Bajo a tí, sin embargo, como el germen
Inundando en la sombra de tu recuerdo; oculto
Como un viejo pañuelo.
La gota de agua, el trébol,
El encendido rostro de las begonias jóvenes,
Suceden hoy distintos; y sucede
El olor de la tierra mojada,
Y ha cambiado el color del miosotis nacido
En el quieto abandono de la vieja vereda
Que tú contemplabas. Y sucede
Un espeso silencio de altos árboles,
Un silencio de azules lejanías,
Un silencio tan terso que en tu pelo era grito,
Y el patio se extasía en las ventanas,
Oliéndose a tu nombre que empaparon
Mis fuentes silenciosas y mis viejos orígenes.

....

Te fuiste y es lo mismo: la casita
Sobre el límpido verde se desnuda
Los pies en el arroyo y te hace guiños
De lejos, con su grito de ventanas.
Tras su clausura blanca que nos llama,
Tras su pecho de cal, oigo tu risa,
El hilo de agua pura de tus dulces palabras,
Tu gemido de amor que se abre en manantiales
Fluyendo rotas sílabas de aguzados cristales.
Oigo tu frente quieta, oigo tu arrobo,
Oigo tus ojos fúlgidos que giran,
Tu ventarrón disperso de suspiros.
Oigo el arco triunfal que va en tus muslos
Y oigo el molusco de ágata que dormita en tu sexo.
Oigo el día que muge de ola en ola
Y respira anheloso navegando
Entre oleajes de sangre, entre galopes,
Entre huracán y asalto, entre cadenas,
En mi visita de varón perfecto.
Oigo tus veleidades de campana
Junto a mi soledad de ventisquero.
Llevabas a cuestas todavía
Mi lámpara salobre; aunque en las tardes
Iba ya declinando, en muerte de ave;
Esta cuita anhelosa, ya sin raíces,
Esta vieja congoja de naufragios,
Esta cueva de llantos y de besos.

....
Te fuiste y es lo mismo. Aquí golpea
El mismo sueño al borde del Otoño
Con sus dedos de viento. Aquí, amarilla,
Deja caer mi voz su aguda flecha,
Su luz vacía en intemperies quieta.
Cae mi voz, y, polvorienta,
Mi tarde se refugia en tu vestido
Y lame tu silencio de violeta.

Te fuiste y es lo mismo. Golondrinas
De sílice dispara la mañana
Destrozando cristales del verano.
Un olivo en el viento: un viejo olivo
Solitario eres, con sangre y alto azufre.
Y humaredas de cánticos y rezos
Y lujuria y latines se te envuelven
Entre roncas palabras y pálidas sibilas,
Entre ajenjos benditos y reproches,
Entre murmuraciones y navajas,
Y huesudos silencios de estantigua,
Y catafalcos, y ángeles, y estiércol,
Y un coro de mancebos y de arpías.

Te fuiste y da lo mismo. Aunque hoy partieran
Mi pan distintas manos; y se pierda
En un raudo galope y polvo de astros
El palafrén celeste que contigo cabalgo.
Aunque hoy fuese ya otra la mujer que se acerca
A cambiarme las rosas en el vaso.
Y a correr las cortinas.
Y a partirme un gemido,
Una ráfaga alegre,
Una lección de alcoba,
Un vaivén de penumbra,
Un flujo de alto cielo,
Y un domingo ceñido al nudo de sus brazos!

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