Uno de los argumentos centrales del pensamiento de la posmodernidad consiste en que el espacio se desdibuja para dar paso a una posición neutral, la cual no tiene relación directa con la identidad, las diferencias culturales y la memoria histórica. El concepto es que la globalización conduce a un flujo permanente de personas, culturas y capitales que contribuyen a la desterritorialización. Malkkí afirma que las personas ahora son crónicamente móviles y rutinariamente desplazadas, por eso, deben inventar lugares y espacios a través de la memoria y otros artificios en ausencia de bases territoriales. Habla de una "condición generalizada de orfandad geográfica" (Malkkí, 1992).
Esta ausencia de bases territoriales provoca que las distintas culturas identitarias se construyan de manera relacional y se retroalimenten unas a otras más allá de sus espacios geográficos y su relación de pertenencia. Los referentes país, nación, paisaje, geografía ceden espacio a un universo global en el que transitan sujetos cuyos vinculados de pertenencia se definen más bien por su calidad de mujeres, indígenas, jóvenes, homosexuales, ecologistas, que por su lugar geográfico de origen, por su condición de ecuatorianas, cuencanas, guayaquileñas, andinas, o latinoamericanas.
De esta forma, un estudio exhaustivo sobre la unipolaridad, el mimetismo ideológico, el expansionismo y la pulverización del espacio es indispensable para entender esta era y su relación con el ser humano y específicamente con la literatura.
En la literatura de la diáspora, los espacios son inciertos y efímeros, los mapas narrativos rompen fronteras, estiran límites, se ubican en todas y en ninguna parte. El referente deja de ser un país, una región y se convierte en una esfera transnacional.
Ese nomadismo ideológico es definido por Deleuze y Guattari como “un vector de desterritorialización" (citado por Román de la Campa, 1996) y ubica exactamente la problemática que afirmamos.
Así, a pesar de que se sufran las consecuencias de un cierto “aislamiento” al habitar en lugares alejados de los centros de poder, la paradoja consiste en que a través de las vías cibernéticas nos encontramos con que estamos en la capacidad de acceder a la información global y que, de alguna forma, nuestro proceso escritural se ve influenciado por dicha experiencia.
Sin embargo, en cuanto a la praxis en el hecho de los accesos a publicaciones formales, (libros editados y visibilización de los autores, escritores, artistas y afines en el contexto nacional e internacional) es todavía incierto y en la mayoría de los casos imposible.
Y si a ello sumamos la rémora del pasado, en cuanto al tema de la mujer y su proceso escritural, afirmamos que ha constituido una presencia-ausencia, como un ser idealizado y obviamente deformado; una inclusión-exclusión intermitente según la etapa que le haya tocado en suerte vivir (escribir); la memoria histórica así nos lo confirma.
El salto que la mujer de finales del siglo XX se vio obligada a asumir, desde su posición de mujer versificadora, muchas veces, de poemitas ramplones, cursis, apegados a su condición virginal y doméstica los cuales guardaba celosamente en el más recóndito lugar, a la ejecutiva de hoy, aquella que se comunica vía internet con el mundo, es digno de reflexión. Un cambio de situación drástico y en un espacio muy corto de tiempo, la obligó a atesorarse de conocimientos rápidamente, y en muchos casos a la acción más que a la reflexión, a la prisa por atiborrarse de las últimas tendencias, más que al deleite de la obra escrita y leída por ella y para ella. Paradójicamente en los ochenta y noventa cuando la globalización se hace presente, es cuando el ser humano encuentra más difícil la comunicación, el diálogo, la conciencia individual.
Todos sabemos que vivimos una época de desconcierto, de caos; y es así como, en medio de este marasmo de ideas, de estos desencuentros del espíritu, de esta desterritorialización, que la mujer intenta hacer un alto, despojándose de este velo de irracionalidad dejándolo también a la orilla, intentando un único e individualísimo lenguaje.
Tarea ardua, por cierto, ya que la globalización y su sistema han perfeccionado la absorción de la identidad institucionalizándola o marginándola. Cortando el hilo de las ideas, éstas se empobrecen, se estancan y quedan en la mitad de su historia como un constante pendiente imposible.
El lenguaje traspasa las barreras antes expuestas. Estamos concientes de que la diversidad cultural es una realidad y la tendencia a disminuirla también; por ello un factor de supervivencia de una cultura se halla en su apertura al mundo, sin perder su propia capacidad de creación, su autenticidad, su sensibilidad y fortaleza espiritual. Visto de esa manera, solamente nosotros podremos evitar que una cultura se pierda o sea asimilada por otras.
El mantenimiento de la diversidad cultural se hace hoy más necesario que nunca, ante el riesgo de que se uniformicen patrones de comportamiento siguiendo un modelo único que ya es predominante en muchos aspectos.
Un aspecto de la homogenización cultural surge con el predominio de la llamada "cultura de masas" que, en lugar de ser una cultura democrática, accesible a todos, en muchos casos viene a ser producto de empresas que buscan ganancias explotando la frivolidad de la diversión.
La importancia de la creación y el fomento del intercambio cultural, como mecanismo para fortalecer la diversidad cultural es urgente; y es allí donde los líderes políticos, los gestores culturales, las instituciones afines tienen la palabra.
La provincia dentro de un país, no sólo es una región geográfica, es fundamentalmente un ente vivo, un inmenso código habitado por diversas culturalidades. De allí que una gestión que busque establecer semióticas de alternabilidad es imprescindible.
Esa visión integradora como reto a la imaginación creadora por medio de políticas culturales inéditas que la propicien intentando escarbar en las raíces de identidad y cultura del pueblo, más allá de una función de propaganda y hedonismo.
Más de una vez hemos afirmado que publicar en provincia es quedarse inédito, ya que los grandes círculos de poder evitan la difusión de proyectos que no puedan dar réditos al markenting y al orden constituido.
Pocos son los escritores nacionales como Jorge Enrique Adoum, lamentablemente fallecido hace poco tiempo, que hayan logrado traspasar las fronteras nacionales. Así, nos encontramos con una verdadera matrioshka, (utilizando la muñeca rusa como ejemplo para aclarar el concepto) en donde la provincia, el país, latinoamérica, etc. se encuentran imbricadas una en otra, pero aisladas en el concierto mundial.
Según la Cámara del Libro se publican en el Ecuador alrededor de 700 títulos al año, en un promedio –austero- de mil ejemplares por cada uno. Las materias son variadas y la mayoría tienen que ver con la educación formal en todos sus niveles atinentes al pénsum de estudios, también libros de arte, fotografía, historia, filosofía, divulgación y quizás los más esperados o importantes de todos, de literatura.
De estos 700 libros muy pocos son de creación, de poesía y narrativa, y menos aún corresponden a autores de provincia y a mujeres escritoras. ¿Por qué? el dilema está en lo anteriormente expuesto; el margen de comercialización es ínfimo, además de que se afirma paladinamente que el ecuatoriano no lee.
Esta aseveración es demasiado apresurada porque los estudios comprueban que muchos de los jóvenes invierten su tiempo en lecturas de literatura ligth y obras seriales; de allí que la oferta y la demanda cursan por factores económicos, antes que de cultura y educación integrales.
Por otro lado la problemática del escritor ecuatoriano es dolorosa. La publicación de sus textos lo obliga a un verdadero vía crucis ya que, habiendo conseguido el dinero para financiar la diagramación, diseño e impresión de su libro comienza la errante brega por venderlo o, por lo menos, colocarlo en algunas vitrinas libreras y ofrecerlo al público.
Algunos autores recurren a sellos editoriales nacionales para que se encarguen de todos los detalles relacionados a la publicación y que incluye la distribución y difusión de estos títulos, luego, claro está, de cobrar por tales servicios. En tanto otros no muy reconocidos, pero con cierta ascendencia en el área cultural, consiguen que una empresa editorial los publique corriendo con los gastos y riesgos de ventas. Los pocos consagrados por su trabajo constante y avalado, supuestamente tienen las puertas abiertas para publicar y son difundidos con profesionalismo. No faltan por ahí autores que son financiados por instituciones del Estado.
Este manejo discriminatorio y doméstico influye para la mediatización de la cultura y deja de lado la individualidad, el libro publicado en papel, además de influir en la desesperanza y en el dilema de la importancia de escribir y publicar con oficio.
El dilema de los autores ecuatorianos es profundo, disyuntiva en el que se encuentran inclusive los escritores de reconocido prestigio y que nos han dado obras de verdadera calidad. Sin embargo, las ventas coyunturales de ciertos títulos no representan a la totalidad de verdaderos creadores que escriben tesoneramente para dar a luz una obra de calidad.
Para concluir, es de esperar que las nuevas políticas culturales y educacionales se configuren dentro de lo que consideramos políticas de estado y en ningún caso obedezcan únicamente a corrientes políticas ocasionales de gobierno, permitiendo de este modo, recuperar la posibilidad de la libertad y la rebeldía creadora en lo íntimo, lo privado y lo público y, a partir de allí, comenzar a cuestionar el andamiaje instalado que sostiene la lógica del dominio en todos los ámbitos de la vida.

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