viernes, 29 de enero de 2010

YURAK


YURAK

Mi gato persigue su sombra, lame el aire y se enreda con los rayos del sol.

Acerca sus ojos a mi rostro y olfatea mi café. Es el aroma del mar en sus pupilas, es el sabor de lo agrio en mi lengua.

Mi gato esperaba detrás de la puerta, antes de que yo naciera. Llega desde su propia esencia de gato.

Su nombre es blanco, porque le corresponde. Yurak como el lenguaje de los inkas.

Libre, sin ataduras, todavía persiste en permanecer a mi lado y me mira, como si fuéramos eternos.

Voluble, caprichoso, a veces se vuelve negro. Entonces la oscuridad inunda mi corazón de mujer adoptada por su gato.

Clava sus garras en mi piel, brota la sangre y sus arañazos se transparentan en mis manos. Son las marcas de mis caricias desacostumbradas a una fiera.

Debajo de mi poesía hay un gato.

En tanto yo devoro palabras, el se alimenta de los días. Cuando llueve y todo se vuelve gris, mi gato trepa a las últimas líneas de mis versos.
Entonces maúllo y me rasco las orejas.

En medio de mis nebulosas, he aprendido que los gatos nos traen a domicilio el misterio de la poesía, el ronroneo de la imaginación.

Y es que en la mirada de Yurak se columpia mi corazón.

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