viernes, 29 de enero de 2010

FERNANDO CAZÓN VERA





FERNANDO CAZÓN VERA

Catalina Sojos parece haber recibido con entusiasmo la irreverente sugerencia de Gabriel García Márquez que considera a la ortografía como una obsolescencia. Y de esta suerte asume el consejo del narrador colombiano con mayor derecho dada su condición de poeta. Y ello porque en el género fundamental de la literatura, por sí y ante sí, se han establecido las consabidas licencias poéticas que permiten la irracionalidad de un lenguaje libérrimo, es decir que, puede y debe el poeta prescindir no sólo del significado lógico y tradicional de las palabras, sino también y consecuentemente de esos nexos a que nos obliga la gramática para la redacción de los textos. León Felipe, en su famosa Arte Poética, había anotado que cuando todo lo que se dice y lo que se escribe quede definitivamente agotado, exterminado, concluido, eso será, en realidad, la Poesía. No se diga de los signos de puntuación de los que prescinde nuestra autora en la necesidad de romper ataduras y de presentarnos un mensaje limpio de cualquier ingerencia formal. Como para que la respiración y los latidos proyectados en la escritura se sientan en su justo y necesario ritmo.

Ya con esta libertad que ella misma se asigna, Catalina Sojos vuela con sus propias alas. Pero, el volar no significa, sin embargo, una total evasión. Y es que el ser humano le debe dependencia a su entorno y a su tiempo. No puede fugar ni de los suyos ni de su realidad. Las memorias, las vivencias, las nostalgias lo atan, sobre todo, a esas piedras barrocas o al caprichoso decurrir de los cuatro ríos que hacen la realidad y la leyenda de su ciudad natal.
Desde la pesantez de lo pétreo al liviano transcurrir fluvial, Cuenca va reapareciendo, pero no con los simplistas y exagerados tonos de un chauvinismo comarcal, sino rescatando una esencia que deviene, precisamente, de las cosas más sencillas y cotidianas. En fin, de lo que forma parte de la vida, sin necesidad de inventar alegorías ni de aplicar entelequias.

Es libre, entonces, para no salirse de su morlaquía natal. Y asume la ciudad en que nació, donde vive, donde ama, donde sufre, donde busca sus júbilos, en todas las dimensiones posibles para volver siempre al mismo centro. Esa es la paradoja del amor, una libertad que nos vuelve esclavos del ser, de la entidad amada. Es, no cabe la menor duda, parte del imponderable destino de cada cual.

Ningún género como el poético para multiplicar las alternativas de la creación. Siendo la poesía el comienzo de todo, de la ciencia y la filosofía incluidas no tiene, sin embargo, un fin previsto. De lo que colegimos que su juego apuesta a la eternidad. Por ello el lenguaje lírico – alguna vez lo fue también el épico – es flexible, mimético, cambiante, aleatorio. Y el poeta se mete en la encrucijada de muchos caminos, aunque, a veces, piense que de lo que se trata, en realidad, es de buscar una salida en el laberinto. Mas con la poesía de Catalina Sojos, estas complejidades se van resolviendo, toda vez que se trata, la suya, de una obra que no exige de intermediarios retóricos. Fluye con sencillez, aunque lejana al facilismo y cada verso penetra en la sensibilidad del lector o del escucha con toda una carga de misterios. Hace de su comunicación un secreto a grandes voces. Y siendo que cada poeta tiene como obsesión y como objetivo convertir a la suya en una voz diferente, inédita y revolucionaria, indudable es que con estos poemas que surgen de la tierra y del pavimento, de las memorias y del devenir, Catalina, con la trascendencia que implica ser realmente creador, cumple con el axioma más elemental que sentencia lo de “toda cosa es igual a la misma”

Pero esta ausencia de comas, de mayúsculas, de puntos seguidos o aparte, no es la única novedad de este original libro que hoy tenemos el gusto de presentar. Se trata de una obra con dos portadas y con dos textos que comienzan dentro de sus propias e intransferibles génesis pero que mantienen en su fluir dos intenciones.

Dos intenciones que, finalmente, se encuentran transgrediendo la ley de las líneas paralelas en un punto de la edición, pero no para rechazarse contracorriente, sino para integrarse al mismo principio vital en donde la poesía, como un mar totalizador, recibe todos los tributos fluviales sin absolver o borrar los cauces que desembocaron en sus calmas y en sus tormentas oceánicas.

Y es que en “Laminas de la Memoria” Catalina surge desde lo más íntimo de su ser para expresarnos sus actos de fe, para rescatarse del pecado original, para seguir incendiándose con el fuego que le hemos ido robando a los dioses: la poesía, en suma define a su autora. Y en “Cantos de piedra y agua” es el sensual redescubrimiento de la ciudad que ama y que, posiblemente también, abomina para cumplir a cabalidad con esa vieja expresión popular que afirma que “del odio nace el amor”
El centro de gravedad del libro es esta imbricación de objeto y sujeto, de personaje y entorno, de la integración de dos temáticas.
La razón de ser de este libro es, repito, un encuentro de la autora con su ciudad, de Catalina en Cuenca, de la creadora con su musa.
Y como el orden de los factores no alterará el producto, lo vamos a leer varias veces, desde cualquiera de sus dos puntos de partida.

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